Durante años, ella vivió en Alemania con una maleta siempre a medio hacer, turnos largos y la culpa pegada al cuerpo. Cada transferencia que enviaba a España llevaba el mismo deseo: que sus dos hijas tuvieran lo que ella no pudo darles de cerca.
Cuando por fin regresó definitivamente, creyó que empezaba la parte más bonita: desayunos juntas, conversaciones pendientes, domingos en familia. Pero se encontró con dos jóvenes que apenas sabían cómo estar con ella… aunque sí sabían perfectamente cuándo necesitaban dinero.
Entre facturas, silencios incómodos y peticiones que le duelen más de lo que quiere admitir, ella empieza a preguntarse si todavía está a tiempo de ser madre para ellas o si debe aprender, por primera vez, a cuidarse a sí misma. Descubre su historia completa más abajo 👇👇