Durante años, él fue quien cogía el coche cuando su padre llamaba de madrugada, quien adelantaba dinero para una reparación y quien intentaba que su hermana no cargara con más de lo que podía. Nunca llevó cuentas. Ni siquiera esperaba agradecimientos.
Pero una captura enviada al grupo familiar, un mensaje escrito con cansancio y una frase que sonó mucho peor de lo que él quería decir hicieron que todo cambiara. De pronto, su hermana creyó ver en él algo que nunca había querido ser: alguien que usaba sus sacrificios para echarle cosas en cara.
Él también cometió errores. Calló demasiado, acumuló resentimiento y, cuando por fin habló, lo hizo de la peor manera. Ahora no sabe si intentar recuperar aquella confianza merece volver a pasar por el mismo dolor.
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