Entre el amor y la culpa: Cuando mi esposo eligió a su madre

—¿Y si no quiero? —dije, con la voz temblorosa, mientras miraba a Ernesto a los ojos. Él apretó los labios, evitando mi mirada, y el silencio se hizo tan denso que sentí que me ahogaba. Afuera, la lluvia golpeaba los vidrios como si quisiera entrar y arrastrar todo lo que habíamos construido juntos.

—Es mi mamá, Lucía. No puedo dejarla sola —respondió finalmente, con ese tono que usaba cuando ya había tomado una decisión y solo buscaba que yo la aceptara.

Mi mundo se partió en dos en ese instante. Sabía que doña Rosa estaba enferma, que los médicos le habían dicho que necesitaba cuidados constantes. Pero también sabía lo que significaba para mí: volver a sentirme invisible en mi propia casa, como cuando recién nos casamos y ella venía a supervisar hasta cómo cocinaba los frijoles.

—¿Y nuestros hijos? ¿Y nosotros? —pregunté, casi suplicando. Ernesto suspiró y se pasó la mano por el cabello.

—No seas egoísta, Lucía. Es solo por un tiempo —dijo, pero en su voz no había espacio para negociar.

Me sentí pequeña, culpable, como si estuviera traicionando a todos por pensar en mí. Pero no era solo miedo al cambio; era miedo a perderme otra vez. Desde que nació Camila, nuestra hija mayor, mi vida giraba en torno a los demás: la escuela, la comida, las tareas, las visitas de la familia. ¿Dónde quedaba yo?

Esa noche no dormí. Escuché a Ernesto hablar por teléfono con su hermana, Mariana, organizando todo para traer a doña Rosa desde Veracruz. Al día siguiente, la casa se llenó de cajas y de un olor a medicinas que me revolvía el estómago. Camila y Emiliano, mi hijo menor, miraban todo con ojos grandes y asustados.

—¿La abuela va a vivir aquí para siempre? —preguntó Camila en voz baja.

No supe qué responderle. Solo la abracé fuerte y le prometí que todo estaría bien, aunque ni yo misma lo creía.

Los días siguientes fueron un torbellino de rutinas nuevas. Doña Rosa necesitaba ayuda para bañarse, para comer, para ir al baño. Ernesto trabajaba todo el día y cuando llegaba estaba tan cansado que apenas me preguntaba cómo estaba. Mariana venía de vez en cuando, pero siempre tenía prisa o excusas.

Una tarde, mientras le cambiaba las sábanas a doña Rosa, ella me miró con esos ojos duros que siempre me hicieron sentir menos.

—Nunca has entendido lo que es sacrificarse por la familia —me dijo sin rodeos.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era cierto? ¿Era yo incapaz de darlo todo por los demás? Recordé a mi propia madre, allá en Puebla, diciéndome siempre que una mujer debe ser fuerte y aguantar por sus hijos. Pero ¿y si ya no podía más?

Las peleas con Ernesto se volvieron diarias. Yo reclamaba ayuda; él me acusaba de insensible. Los niños empezaron a encerrarse en sus cuartos. La casa se volvió un campo de batalla silencioso donde nadie ganaba.

Una noche, después de una discusión especialmente amarga, Ernesto me miró con una tristeza que nunca le había visto.

—Si no puedes con esto, tal vez deberías irte —me dijo en voz baja.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Irme? ¿Dejar a mis hijos? ¿A mi casa? Pero también sentí un alivio oscuro: tal vez así podría respirar otra vez.

Empaqué una maleta pequeña y salí sin mirar atrás. Me fui a casa de mi hermana Ana en Xalapa. Los días pasaron lentos y pesados. Lloré mucho; dormí poco. Ana me abrazó fuerte y me dijo:

—No eres mala persona por querer cuidarte, Lucía. Nadie puede dar lo que no tiene.

Pero la culpa me perseguía como una sombra. Llamé a los niños todos los días; ellos lloraban y me pedían volver. Ernesto no contestó mis mensajes. Mariana me mandó uno solo: «Espero que algún día entiendas lo que es ser madre».

¿Acaso no lo entendía ya? ¿No era precisamente por ser madre que quería proteger a mis hijos de una casa llena de tensión y reproches?

Pasaron semanas antes de atreverme a regresar por mis cosas. La casa estaba igual pero distinta: más fría, más vacía. Doña Rosa ya no estaba; Mariana la había llevado a un asilo privado porque su salud empeoró. Ernesto apenas me miró cuando entré.

—¿Por qué no luchaste por nosotros? —le pregunté con la voz rota.

Él solo encogió los hombros.

—Tú tampoco luchaste por mi mamá —respondió.

Salí de ahí sintiéndome más sola que nunca. Ahora vivo en un departamento pequeño con mis hijos; Ernesto los ve los fines de semana. A veces me despierto pensando si pude haber hecho algo diferente, si debí ceder más o pelear menos. Pero también pienso en todo lo que sacrifiqué durante años y en cómo nadie pareció notarlo hasta que ya era demasiado tarde.

¿De verdad fui egoísta por querer paz para mí y mis hijos? ¿O simplemente fui humana al poner un límite? A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres más callan sus necesidades por miedo a ser llamadas egoístas? ¿Ustedes qué harían en mi lugar?