Quince minutos de silencio: ¿Dónde termina el cuidado y comienza la culpa?
—¿Estás segura, Elvira? —la voz de mi mamá, doña Carmen, temblaba apenas, pero yo la sentí como un trueno en el pecho.
—Solo serán quince minutos, mamá. Tengo que ir al banco antes de que cierren —le respondí, apretando a Emiliano contra mi pecho. Tenía apenas ocho meses y nunca lo había dejado con nadie más. Ni siquiera con su propio padre, porque Rubén siempre estaba trabajando o, como él decía, “luchando por nosotros”.
Mi mamá me miró con esos ojos oscuros llenos de historias y cicatrices. Ella había criado sola a cuatro hijos en un barrio de Ciudad del Este, entre apagones y promesas rotas. Sabía de sobra lo que era cuidar, pero yo… yo no podía evitar sentir que nadie podía cuidar a Emiliano como yo.
—Anda tranquila, hija. Yo me encargo —dijo finalmente, aunque su voz sonaba más a resignación que a seguridad.
Salí de la casa con el corazón hecho un nudo. El calor del mediodía latinoamericano pegaba fuerte; el asfalto olía a sol y a miedo. Caminé rápido, casi corriendo, mientras mi cabeza se llenaba de imágenes: Emiliano llorando desconsolado, mi mamá distraída mirando la novela, un accidente absurdo…
En el banco, la fila era interminable. Miraba el reloj cada treinta segundos. Quince minutos. Solo quince minutos. Pero cada segundo pesaba como si estuviera dejando a mi hijo en otro continente.
Cuando regresé, la puerta estaba entreabierta. Escuché el llanto de Emiliano y el murmullo de mi mamá tratando de calmarlo:
—Shhh, mi amor, ya viene tu mamá…
Entré casi corriendo. Mi mamá estaba sentada en la mecedora, sudando, con Emiliano en brazos. Él lloraba con fuerza, rojo como un tomate. Mi mamá me lo entregó enseguida, como si le quemara las manos.
—No sé qué le pasa, Elvira. Le di su mamadera pero no quiso…
Lo abracé y sentí cómo su cuerpito se relajaba apenas me olió. Lloré también yo, de alivio y de culpa.
—Perdón, mamá —susurré—. No debí dejarte sola con él.
Mi mamá me miró herida.
—¿Crees que no sé cuidar un bebé? ¿Acaso no te crié a vos y a tus hermanos?
No supe qué decirle. La herida quedó flotando en el aire como una nube negra.
Esa noche, Rubén llegó tarde como siempre. Le conté lo que había pasado y solo encogió los hombros:
—Tu mamá ya está grande, Elvira. Mejor no la cargues con responsabilidades…
Sentí rabia. ¿Por qué todo recaía sobre mí? ¿Por qué nadie confiaba en nadie? ¿Por qué la maternidad era una carga tan solitaria?
Los días pasaron y la relación con mi mamá se volvió tensa. Ella venía menos seguido a casa y cuando lo hacía, apenas tocaba a Emiliano. Yo me sentía atrapada entre la necesidad de ayuda y el miedo a delegar.
Un domingo cualquiera, durante el almuerzo familiar, la tensión explotó:
—¿Por qué no me dejas cuidar a Emiliano? —preguntó mi hermana Lucía—. Mamá me contó lo que pasó…
—No es eso —mentí—. Solo que… no quiero molestar a nadie.
Mi mamá dejó caer los cubiertos.
—¡Molestar! ¿Eso es lo que piensas? Yo solo quiero ayudarte, hija. Pero si no confías en mí…
Rubén intervino:
—Ya basta. Todos estamos cansados. Mejor cada quien que haga lo suyo.
El silencio fue más pesado que nunca. Emiliano jugaba en su silla sin entender nada, pero yo sentí que algo se había roto para siempre.
Esa noche no pude dormir. Pensé en mi infancia: en cómo mi mamá nos dejaba solos mientras iba a limpiar casas ajenas para darnos de comer; en cómo Lucía me cuidaba cuando tenía fiebre; en las veces que yo misma cuidé a mis sobrinos mientras sus madres trabajaban.
¿En qué momento perdimos la confianza? ¿Cuándo dejamos de ser una familia donde todos se ayudan?
Al día siguiente fui a casa de mi mamá. Llevé a Emiliano conmigo y toqué la puerta con el corazón en la mano.
—Mamá… —empecé a decir apenas abrió—. Perdón por todo lo que dije y lo que no dije. Tengo miedo todo el tiempo. Miedo de fallar como madre, miedo de perderte…
Mi mamá me abrazó fuerte.
—Elvira, todas tenemos miedo. Pero también tenemos que aprender a confiar unas en otras. Si no nos ayudamos entre nosotras, ¿quién lo va a hacer?
Lloramos juntas un buen rato. Emiliano nos miraba curioso desde el cochecito.
Desde ese día empecé a dejarlo más seguido con mi mamá o con Lucía. Aprendí a soltar un poco el control, aunque el miedo nunca se fue del todo.
Pero también aprendí algo más: la maternidad en Latinoamérica es una red tejida entre mujeres cansadas pero valientes; entre abuelas que cargan nietos aunque les duelan los huesos; entre hermanas que se turnan para sobrevivir al día a día.
Hoy Emiliano tiene tres años y corre por toda la casa de mi mamá mientras ella le canta canciones guaraníes y Lucía prepara tereré para todos.
A veces todavía siento culpa cuando lo dejo con ellas para ir al trabajo o simplemente para descansar un rato. Pero ahora sé que confiar también es una forma de amar.
Me pregunto: ¿cuántas mujeres viven atrapadas entre el miedo y la culpa? ¿Cuándo aprenderemos a pedir ayuda sin sentirnos menos madres por hacerlo?