El último invierno de Simón
—¡Simón, baja de ahí! —gritó Laura, la mujer con la que compartí mi vida, mientras yo me acurrucaba en el radiador, buscando el último resquicio de calor en ese piso de la calle Toro. Pero esa noche, el tono de su voz era distinto, más frío que el viento que se colaba por las ventanas. No entendía nada. Desde hacía semanas, todo había cambiado: los muebles se movían, los olores eran distintos y un llanto agudo llenaba la casa. El bebé. Ese pequeño ser que, sin quererlo, me robó el lugar en el regazo de Laura y la paciencia de Daniel, el hombre de la casa.
—No podemos arriesgarnos, Laura. ¿Y si el niño es alérgico? —decía Daniel, con esa voz de quien cree tener siempre la razón. Yo solo veía sus zapatos, moviéndose nerviosos por el pasillo, mientras mi estómago rugía de hambre y mi corazón de miedo.
Aquella noche, Daniel me metió en el transportín. No hubo caricias, ni palabras dulces. Solo el sonido de la puerta cerrándose tras de mí y el frío cortante de la madrugada. Me dejaron en un patio ajeno, entre cubos de basura y sombras. «Seguro que alguien lo recoge», escuché antes de que el motor del coche se perdiera en la distancia. Nadie me recogió. Salamanca en enero es un cuchillo de hielo. Las farolas apenas alumbraban la tristeza de mis ojos, y el hambre era un animal más feroz que cualquier perro callejero.
Los días se sucedieron en una rutina de supervivencia: esquivar coches, buscar restos de comida, huir de los gritos de los vecinos que me echaban de los portales. «¡Fuera, bicho!», me chilló una anciana una mañana, mientras barría la acera con furia. Yo, que había dormido en camas de algodón, ahora me conformaba con el calor de un tubo de escape.
Una tarde, mientras la nieve caía silenciosa sobre los tejados, me refugié bajo un banco del parque de la Alamedilla. El frío me calaba los huesos y el cansancio me vencía. Cerré los ojos, resignado a dejarme llevar por el sueño eterno. Pero entonces, un maullido débil me sacó de mi letargo. Abrí los ojos y vi dos pequeñas bolitas de pelo, temblando bajo el mismo banco. Eran dos gatitos, apenas unos meses de vida, con los ojos grandes y asustados.
—¿Estáis solos? —maullé, aunque sabía que no me entenderían. Se acercaron, buscando el poco calor que mi cuerpo podía ofrecer. Me recordaron a mí mismo, años atrás, cuando llegué a casa de Laura y Daniel, pequeño y asustado, pero lleno de esperanza.
Durante días, compartimos el poco alimento que encontraba. Les enseñé a buscar refugio, a evitar los peligros de la calle. Me convertí en su protector, su familia improvisada. Ellos, a cambio, me devolvieron algo que creía perdido: la voluntad de seguir adelante.
Una noche, mientras la ciudad dormía y el viento azotaba los cristales de los coches, escuché pasos acercándose. Era Lucía, una joven que paseaba a su perro cada noche. Nos vio acurrucados y se detuvo. Su perro, un labrador bonachón, nos olfateó curioso.
—Pobrecitos… —susurró Lucía, arrodillándose junto a nosotros. Sacó de su bolso una manta y nos envolvió con cuidado. Sentí el calor de sus manos y, por primera vez en semanas, una lágrima rodó por mi hocico.
Lucía nos llevó a su casa, un pequeño piso en el barrio del Oeste. Allí, los tres tuvimos una segunda oportunidad. Los gatitos, a los que Lucía llamó Alba y Mateo, se adaptaron rápido. Yo, en cambio, tardé en confiar. Cada vez que escuchaba un llanto de bebé en la tele, mi cuerpo se tensaba. El miedo a ser expulsado de nuevo era más fuerte que el hambre o el frío.
Pero Lucía era diferente. Me hablaba con dulzura, me acariciaba sin prisas, me dejaba dormir en su cama. Poco a poco, mi corazón se fue ablandando. Alba y Mateo jugaban por la casa, y yo los vigilaba desde la ventana, sintiendo que, pese a todo, aún tenía un lugar en el mundo.
Un día, mientras Lucía tomaba café con su vecina Carmen, escuché su conversación desde el pasillo.
—¿De dónde sacaste a esos gatos? —preguntó Carmen, curiosa.
—Los encontré en el parque, abandonados. El mayor tenía una mirada… tan triste. No entiendo cómo alguien puede hacerles eso —respondió Lucía, con rabia contenida.
—La gente es así. Cuando algo les molesta, lo tiran. Como si fueran basura —sentenció Carmen, suspirando.
Sus palabras me dolieron más que el frío de la calle. ¿Era yo solo un estorbo? ¿Un mueble viejo que se puede desechar cuando ya no encaja en la decoración?
Los meses pasaron y la primavera llegó a Salamanca. El sol calentaba los balcones y los parques se llenaban de niños y risas. Alba y Mateo crecían sanos, y yo recuperaba fuerzas. Pero el miedo nunca desaparecía del todo. Cada vez que Lucía salía de casa, temía que no volviera. Cada vez que escuchaba una discusión en la escalera, mi corazón se aceleraba.
Una tarde, mientras Lucía leía en el sofá y yo dormía a su lado, me despertó el sonido de su móvil. Era Laura. Reconocí su voz al instante, aunque sonaba más cansada, más rota.
—Lucía, sé que tienes a Simón. He visto las fotos en Facebook. Daniel y yo… lo sentimos mucho. El niño está bien, no tiene alergia. Pero Simón… era parte de la familia. ¿Crees que podríamos verle? —preguntó Laura, con un hilo de voz.
Lucía me miró, como si esperara mi aprobación. Yo bajé la cabeza, sin saber qué sentir. ¿Perdón? ¿Rabia? ¿Tristeza?
Días después, Laura vino a casa. Traía una caja de mis juguetes antiguos y una manta con mi olor. Me acarició con manos temblorosas, mientras las lágrimas le caían por las mejillas.
—Perdóname, Simón. No supe hacerlo mejor. Tenía miedo… y te fallé —susurró, abrazándome.
Yo ronroneé, porque el rencor no cabe en el corazón de un gato. Pero no quise volver con ella. Mi hogar ahora era otro, con Lucía, Alba y Mateo. Laura lo entendió y se marchó en silencio, llevándose consigo el peso de su culpa.
Hoy, mientras escribo estas palabras desde el alféizar de la ventana, viendo cómo el sol se cuela entre las cortinas, me pregunto: ¿Por qué los humanos abandonan a quienes más les necesitan? ¿Cuántos Simones hay ahora mismo temblando de frío en las calles de España? ¿Y cuántos Lucías dispuestas a tenderles una mano?
Quizá nunca lo sepa. Pero sé que, gracias a dos pequeños gatitos y a una joven de corazón grande, mi último invierno no fue el final, sino un nuevo comienzo. ¿Y tú, qué harías si te cruzaras con un Simón en tu camino? ¿Mirarías hacia otro lado o te atreverías a cambiar su destino?