¿Cuándo será suficiente? La vida de Mariana cocinando para Julián

—¿Otra vez arroz, Mariana?— La voz de Julián retumba en la cocina, mezclándose con el vapor que sale de la olla. Me detengo un segundo, cuchara en mano, y respiro hondo para no dejar que la frustración me quiebre la voz. —Es lo que hay, Julián. No tuve tiempo de ir al mercado hoy— respondo, intentando sonar tranquila, aunque por dentro siento que me estoy desmoronando.

Desde hace años, mi vida gira en torno a la cocina. Cada mañana me levanto antes que el sol, preparo café, corto cebolla, pelo papas, sazono carne. Todo para que Julián tenga comida fresca, porque él nunca, jamás, acepta comer lo que sobró de ayer. “La comida recalentada sabe feo”, dice, como si fuera una ley universal. Al principio, cuando recién nos casamos, me parecía una manía simpática. Ahora, después de quince años, siento que es una cadena que me ata a una rutina interminable.

Mi hija Camila, de doce años, me mira desde la mesa con esos ojos grandes que heredó de mi madre. —¿Por qué no le dices que te ayude, mamá?— susurra, como si temiera que Julián la escuchara. Yo solo sonrío, cansada, y le acaricio el cabello. ¿Cómo explicarle que en esta casa las cosas siempre han sido así? Que mi suegra, doña Rosa, me enseñó desde el primer día que “una buena esposa siempre tiene la comida lista y caliente para su marido”.

A veces, mientras pico verduras, me pregunto en qué momento dejé de ser Mariana y me convertí solo en la señora que cocina. Recuerdo cuando era joven, cuando soñaba con ser maestra, cuando bailaba en las fiestas del pueblo y reía a carcajadas con mis amigas. Ahora, mis días se miden en recetas y en el tiempo que tarda el arroz en cocerse. Mis manos huelen a ajo y mis sueños se han ido desvaneciendo entre el humo de la estufa.

—¿No hay frijoles frescos?— pregunta Julián, revisando las ollas como si buscara un tesoro perdido. —No, Julián. Hoy solo hay arroz y pollo— repito, sintiendo cómo la paciencia se me escapa entre los dedos. Él resopla, se sienta a la mesa y prende la televisión. Yo sirvo los platos en silencio, tragándome las ganas de gritar.

A veces, en las noches, cuando todos duermen, me siento en la cocina a oscuras y lloro en silencio. No por Julián, ni por la comida, sino por mí. Por la Mariana que ya no reconozco en el espejo. Por la mujer que se perdió entre ollas y cucharas, que dejó de soñar porque la vida le exigió ser fuerte, ser madre, ser esposa, ser todo menos ella misma.

Mi hermana Lucía me llama de vez en cuando desde Veracruz. Ella sí logró irse a la ciudad, estudiar, trabajar en una oficina. —¿Por qué no le dices que ya no puedes más?— me pregunta siempre. —Porque aquí las cosas no son tan fáciles, Lucía— le respondo, aunque sé que en el fondo tengo miedo. Miedo de que Julián se enoje, de que la familia me juzgue, de que mis hijos sufran. Miedo de quedarme sola.

El otro día, Camila me sorprendió con una pregunta que me dejó helada. —Mamá, ¿tú eres feliz?— Me quedé muda, sin saber qué responder. ¿Feliz? ¿Qué significa eso cuando cada día es igual al anterior? Cuando tus deseos se quedan guardados en un cajón porque siempre hay algo más urgente que hacer.

A veces, cuando Julián se va a trabajar y la casa queda en silencio, me siento frente a la ventana y veo pasar a las vecinas. Algunas van apuradas al mercado, otras llevan a sus hijos a la escuela. Me pregunto si ellas también sienten este cansancio, si alguna vez quisieron gritar que ya no pueden más. Pero aquí, en nuestro barrio de Xalapa, nadie habla de esas cosas. Aquí las mujeres aguantan, porque así nos enseñaron.

Un domingo, después de una semana especialmente dura, decidí no cocinar. Me senté en la sala con Camila y Emiliano, mi hijo menor, a ver una película. Cuando Julián llegó y no olió comida, su cara se transformó. —¿No vas a cocinar hoy?— preguntó, como si fuera lo más absurdo del mundo. —No, Julián. Hoy quiero descansar— le dije, temblando por dentro. Él no dijo nada, pero su silencio fue más fuerte que cualquier grito. Se encerró en el cuarto y no salió hasta la noche.

Esa noche, mientras lavaba los platos de la cena fría que improvisamos, Camila me abrazó por la espalda. —Te quiero, mamá— susurró. Y yo sentí que, por primera vez en mucho tiempo, alguien veía mi esfuerzo, mi cansancio, mi dolor.

Desde ese día, empecé a cambiar pequeñas cosas. Un día sí, otro no, cocino menos. A veces guardo sobras y las sirvo al día siguiente, aunque Julián se queje. He empezado a salir a caminar por las tardes, a leer un libro cuando tengo tiempo. No es fácil, porque la culpa me persigue, porque la voz de doña Rosa todavía resuena en mi cabeza. Pero también escucho la voz de Camila, preguntándome si soy feliz.

Una tarde, mientras preparaba café, Julián entró a la cocina. —¿Por qué ya no cocinas como antes?— preguntó, serio. Lo miré a los ojos y, por primera vez, no bajé la mirada. —Porque estoy cansada, Julián. Porque también merezco descansar. Porque quiero que mis hijos vean que su mamá es algo más que la señora que cocina— le dije, con la voz temblorosa pero firme. Él no respondió, solo salió de la cocina. No sé qué pasará mañana, pero por primera vez siento que estoy recuperando un pedacito de mí.

A veces me pregunto si las demás mujeres sienten lo mismo. Si alguna vez se han sentido invisibles en su propia casa, si han soñado con algo más. ¿Hasta cuándo vamos a seguir cargando con todo solas? ¿Cuándo será suficiente para que también podamos ser felices?

¿Y tú, alguna vez te has sentido así? ¿Cuándo fue la última vez que pensaste en tu propia felicidad?