La última noche en la Plaza Mayor
La sonrisa de Mariana brillaba como si acabara de ganar un premio; yo, en cambio, sentí una calma extraña en el pecho. Una calma que solo se siente cuando sabes que ya nada te ata a un lugar. Sebastián le pasó un brazo por encima del hombro con una paciencia que jamás le había visto tener con nadie del trabajo —mucho menos conmigo— y ella, orgullosa, apoyó la cabeza en su hombro como si fuera la protagonista de una película que yo nunca quise ver.
—¿Te acuerdas de cuando nos perdimos en el Rastro? —preguntó Mariana, riendo, mientras jugaba con la servilleta entre los dedos.
—Claro, cómo olvidarlo —respondió Sebastián, mirándola con esos ojos que yo creía reservados solo para mí.
La Plaza Mayor estaba llena de turistas y madrileños, como cada viernes por la noche. Las luces de las farolas caían sobre las mesas de la terraza, y el murmullo de la ciudad era un telón de fondo constante. Yo observaba a mi alrededor, intentando grabar cada detalle en mi memoria, porque sabía que esa sería mi última noche en Madrid. Había conseguido un trabajo en Valencia, lejos de todo lo que conocía, y aunque la decisión había sido mía, ahora sentía que la ciudad me expulsaba, como si ya no quedara nada para mí aquí.
Mi madre me había llamado esa tarde, preocupada. “¿De verdad te vas sola? ¿No quieres que tu padre y yo vayamos a ayudarte con la mudanza?” Pero yo no quería despedidas largas ni lágrimas en el portal. Solo quería desaparecer, como si nunca hubiera estado aquí.
—¿No vas a comer nada, Lucía? —preguntó Mariana, fingiendo interés.
—No tengo hambre —mentí, apartando el plato de croquetas que ella había pedido para compartir.
Sebastián me miró de reojo, incómodo. Había algo en el aire, una tensión que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Mariana, en cambio, parecía disfrutar del momento, como si todo estuviera en su sitio. Me pregunté cuántas veces habrían compartido cenas como esta a mis espaldas, cuántas miradas, cuántos secretos.
La primera vez que sospeché de ellos fue en la fiesta de cumpleaños de Mariana, hace dos meses. Sebastián llegó tarde, con una excusa torpe, y Mariana no dejaba de mirarlo como si fuera el único en la sala. Yo intenté convencerme de que era mi imaginación, de que los celos no eran más que inseguridad. Pero las pequeñas señales se fueron acumulando: mensajes a deshoras, risas compartidas, silencios incómodos cuando yo entraba en la habitación.
—¿Te acuerdas de la verbena de San Isidro? —insistió Mariana, buscando mi complicidad.
—Sí, claro —respondí, forzando una sonrisa—. Aquella noche que acabamos bailando chotis con unos abuelos en la pradera.
—¡Eso fue divertidísimo! —rió Sebastián, pero su risa sonó hueca.
La camarera se acercó a preguntar si queríamos postre. Mariana pidió tarta de queso, su favorita. Yo negué con la cabeza. Sentía el estómago cerrado, como si una mano invisible me apretara por dentro.
—¿Sabes qué? —dije de pronto, incapaz de soportar más la farsa—. Me alegro de irme. Madrid ya no es lo que era.
Mariana me miró sorprendida, pero enseguida recuperó la compostura.
—Bueno, los cambios siempre vienen bien. Valencia es preciosa, y seguro que te va genial en el hospital.
Sebastián asintió, pero no dijo nada. Yo lo miré fijamente, buscando en sus ojos alguna señal de arrepentimiento, de culpa, de algo. Pero solo encontré vacío.
Recordé la primera vez que vi a Sebastián, en la biblioteca de la Complutense. Era invierno y él llevaba una bufanda roja que le daba un aire bohemio. Me ayudó a buscar un libro de anatomía y, desde entonces, nos hicimos inseparables. Compartimos noches de estudio, cafés en Malasaña, paseos por el Retiro. Pensé que habíamos construido algo sólido, algo que resistiría cualquier tempestad. Pero me equivoqué.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo en Valencia? —preguntó Mariana, fingiendo interés.
—No lo sé. Supongo que hasta que encuentre un motivo para volver —respondí, mirando a Sebastián.
Él bajó la mirada. Mariana se removió en la silla, incómoda por primera vez en toda la noche.
—Bueno, yo creo que deberíamos brindar —dijo, alzando su copa de vino—. Por los nuevos comienzos.
Levanté mi copa, pero no brindé. Solo la sostuve en el aire, esperando que alguien dijera la verdad. Pero el silencio se hizo más pesado, más denso.
Cuando terminó la cena, Mariana insistió en acompañarme a casa. Sebastián se despidió rápido, diciendo que tenía que madrugar. Mariana y yo caminamos por la Gran Vía, en silencio. Las luces de los teatros y los escaparates iluminaban la noche, pero yo solo veía sombras.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó de repente.
Me detuve en seco. La miré a los ojos, buscando a la amiga que había conocido en el instituto, la que me acompañó en los peores momentos, la que me prometió que nunca me fallaría.
—¿Por qué, Mariana? —pregunté, la voz temblorosa—. ¿Por qué él? ¿Por qué así?
Ella bajó la mirada, avergonzada.
—No lo planeamos, Lucía. Simplemente pasó. Yo… yo estaba sola, tú estabas tan ocupada con el hospital, y Sebastián…
—¿Y pensaste que lo mejor era traicionarme? —interrumpí, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.
—No quería hacerte daño, de verdad. Pero me enamoré de él. No pude evitarlo.
Me reí, amarga.
—Siempre has conseguido lo que querías, ¿verdad? Hasta esto.
Mariana no respondió. Caminamos el resto del trayecto en silencio. Al llegar a mi portal, se detuvo.
—¿Me vas a perdonar algún día? —preguntó, con lágrimas en los ojos.
—No lo sé, Mariana. Ahora mismo, solo quiero olvidaros a los dos.
Subí las escaleras sin mirar atrás. Mi piso estaba vacío, las cajas apiladas junto a la puerta. Me senté en el suelo, rodeada de recuerdos que ya no me pertenecían. Lloré, por todo lo perdido, por todo lo que nunca volvería.
Esa noche no dormí. Miré por la ventana cómo la ciudad seguía viva, ajena a mi dolor. Pensé en mi madre, en mi padre, en los veranos en la casa de campo de Segovia, en las risas de mi hermano pequeño. Pensé en todo lo que había dejado atrás por perseguir un sueño que ahora se desmoronaba.
A la mañana siguiente, mi madre me llamó de nuevo.
—¿Estás bien, hija?
—Sí, mamá. Solo cansada.
—¿Quieres que vayamos a buscarte?
—No, de verdad. Necesito hacerlo sola.
Colgué y me obligué a levantarme. Metí las últimas cosas en las cajas, cerré la puerta y bajé las escaleras con el corazón encogido. El taxi me esperaba en la calle. El conductor, un hombre mayor con acento andaluz, me ayudó a cargar las maletas.
—¿A dónde vamos?
—Atocha, por favor.
El trayecto fue silencioso. Miré por la ventanilla cómo la ciudad se alejaba, cómo los lugares que un día fueron mi hogar se convertían en simples paisajes. Sentí miedo, pero también una extraña libertad. Por primera vez en mucho tiempo, no debía nada a nadie.
En el tren a Valencia, repasé mentalmente todo lo que había pasado. Me pregunté si algún día podría volver a confiar en alguien, si encontraría un lugar donde sentirme en casa. Pensé en Mariana y Sebastián, en lo fácil que es perderlo todo en un instante.
Cuando llegué a Valencia, el sol brillaba con fuerza. Respiré hondo y sentí que, a pesar del dolor, aún quedaba esperanza. Caminé por las calles desconocidas, dispuesta a empezar de nuevo.
A veces me pregunto si la traición es el precio que pagamos por confiar, si la soledad es la única forma de encontrarnos a nosotros mismos. ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que la vida os obliga a empezar de cero cuando menos lo esperáis?