Finge ser mi mujer y baila conmigo: El multimillonario que cambió mi vida en una boda en Sevilla

—Baila conmigo.

La voz, profunda y suave, me sobresaltó. Giré tan rápido que la copa de vino blanco tembló en mi mano, a punto de derramarse sobre el vestido prestado de mi prima Lucía. Allí estaba él, un hombre de unos cuarenta años, alto, de cabello oscuro y ojos grises como el cielo antes de la tormenta. No era un invitado cualquiera. Su traje azul marino, perfectamente cortado, y la forma en que todos parecían apartarse a su paso, lo delataban. No era de la familia, ni amigo de los novios. Era Alejandro de la Vega, el empresario que había revolucionado media Andalucía con sus hoteles y bodegas, el hombre del que todos hablaban pero pocos conocían de verdad.

En ese instante, mi ex, Sergio, y su flamante novia —rubia, joven, con un vestido rojo que gritaba “mírame”— reían a carcajadas a pocos metros. Habían hecho de mi presencia una especie de broma cruel durante toda la tarde. Cada vez que pasaban cerca, Sergio me lanzaba miradas cargadas de lástima, como si quisiera recordarme que él había seguido adelante y yo solo era la madre soltera que no había sabido retenerlo. Mi hijo, Mateo, jugaba con otros niños en el jardín, ajeno a la tensión que me ahogaba.

—¿Me has oído? —repitió Alejandro, con una media sonrisa—. Finge ser mi mujer y baila conmigo. Hazlo por ti, o por mí, pero sobre todo, hazlo para callar a los que creen que pueden juzgarte.

No sé qué me impulsó a aceptar. Tal vez fue el orgullo herido, o el deseo de demostrarle a Sergio que yo también podía ser deseada. Tal vez fue la forma en que Alejandro me miró, como si viera algo en mí que ni yo misma recordaba. Dejé la copa en la mesa y tomé su mano. Estaba cálida, firme, segura.

La orquesta comenzó a tocar un pasodoble y él me guió al centro de la pista. Las miradas se clavaron en nosotros como alfileres. Sentí el rubor subir por mis mejillas, pero Alejandro me susurró al oído:

—No pienses en ellos. Solo mírame a mí.

Y lo hice. Por primera vez en años, me permití olvidar el juicio de los demás. Bailamos como si el mundo se hubiera reducido a ese círculo de luz y música. Alejandro era un bailarín excelente, pero lo que más me sorprendió fue su delicadeza. No intentó impresionarme, solo me acompañó, adaptándose a mis pasos torpes, sonriendo cada vez que tropezaba.

—¿Por qué haces esto? —le pregunté en voz baja, mientras girábamos.

—Porque sé lo que es sentirse solo en medio de una multitud —respondió, y en sus ojos vi una sombra de tristeza que no esperaba.

La canción terminó y los aplausos estallaron. Sergio me miraba, desconcertado, y su novia apretaba los labios, visiblemente molesta. Alejandro me llevó de la mano hasta una mesa apartada, lejos del bullicio.

—¿Quieres salir a tomar el aire? —preguntó.

Asentí, agradecida. Caminamos por los jardines iluminados por farolillos de papel. El olor a azahar y jazmín flotaba en el aire. Me sentía extrañamente ligera, como si el peso de los últimos años se hubiera desvanecido por un momento.

—¿De verdad quieres que finja ser tu mujer? —bromeé, intentando romper la tensión.

Él sonrió, pero su expresión se volvió seria.

—No tienes que fingir nada. Solo sé tú misma. Eso es más que suficiente.

Nos sentamos en un banco de piedra. Por un momento, ninguno habló. Escuchábamos el murmullo lejano de la fiesta, los grillos, el viento entre los naranjos.

—¿Tienes hijos? —preguntó de pronto.

—Sí, uno. Mateo. Tiene seis años. Es lo mejor que me ha pasado, aunque a veces siento que no soy suficiente para él.

Alejandro asintió, pensativo.

—Yo también tengo un hijo. Álvaro. Vive con su madre en Madrid. Apenas lo veo. Mi trabajo… —hizo una pausa—. Bueno, ya sabes cómo es esto. A veces el éxito te aleja de lo que más importa.

Sentí una punzada de empatía. No era el hombre frío y distante que imaginaba. Había algo roto en él, igual que en mí.

—¿Por qué viniste a esta boda? —quise saber.

—El novio es hijo de un viejo amigo de mi padre. No suelo venir a estas cosas, pero hoy… necesitaba distraerme. Y entonces te vi. Vi cómo te miraban, cómo te juzgaban. No lo soporto. La gente puede ser cruel, sobre todo en sitios como este, donde todos creen saberlo todo de todos.

Me reí, amarga.

—En los pueblos andaluces, los secretos no existen. O, mejor dicho, existen, pero todos los conocen y los usan como armas.

—¿Y si te dijera que podemos darles algo de qué hablar? —propuso, con una chispa traviesa en los ojos.

—¿A qué te refieres?

—A que pasemos el resto de la noche juntos. Que les demos el espectáculo que esperan. Que finjamos ser una pareja feliz, enamorada, y les mostremos que no pueden destruirnos con sus chismes.

La idea era absurda, pero tentadora. Por una vez, quería ser la protagonista de mi propia historia, no la víctima.

—¿Y qué gano yo con esto? —pregunté, medio en broma.

—Confianza. Y quizás, una nueva amiga —respondió, ofreciéndome su mano otra vez.

Acepté. Volvimos a la fiesta, esta vez de la mano, riendo, inventando anécdotas sobre nuestro supuesto matrimonio. Alejandro era un actor nato. Hablaba de nuestra “luna de miel en Granada”, de las “peleas por el mando de la tele”, de cómo “Mateo y Álvaro se harían grandes amigos”. La gente nos miraba, murmuraba, algunos incluso nos felicitaban por nuestra felicidad aparente.

Sergio no tardó en acercarse, con la novia colgada del brazo.

—Vaya, no sabía que tenías tan buen gusto, Marta —dijo, con una sonrisa forzada.

—Bueno, algunos aprendemos de nuestros errores —respondí, mirándolo a los ojos.

Alejandro intervino, cortés pero firme.

—Marta es una mujer increíble. No sé cómo alguien pudo dejarla escapar.

Sergio palideció. Su novia frunció el ceño, incómoda. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía el control de la situación.

La noche avanzó entre bailes, risas y copas de vino. Alejandro y yo hablamos de todo: de nuestros hijos, de los sueños que habíamos dejado atrás, de las heridas que aún dolían. Descubrí que, bajo la fachada de éxito y riqueza, había un hombre solo, cansado de fingir, igual que yo.

Cuando la fiesta terminó y los invitados empezaron a marcharse, Alejandro me acompañó hasta el coche. Mateo dormía en el asiento trasero, ajeno a todo.

—Gracias por esta noche —dije, sinceramente—. No sé qué habría hecho sin ti.

Él me miró, serio.

—No tienes que agradecerme nada. Me has recordado lo que es sentirse vivo. Si alguna vez necesitas algo, lo que sea, llámame.

Me entregó una tarjeta con su número. Dudé un momento, luego la guardé en el bolso.

—¿Y si esto no es más que un sueño? —pregunté, insegura.

—Entonces, que sea un sueño bonito —respondió, besándome suavemente en la mejilla.

Lo vi alejarse, su figura recortada contra las luces de la finca. Sentí una mezcla de tristeza y esperanza. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentía sola.

Esa noche, al acostar a Mateo y apagar la luz, me quedé mirando el techo, pensando en todo lo que había pasado. ¿Y si la vida me estaba dando una segunda oportunidad? ¿Y si, después de tanto dolor, aún era posible volver a empezar?

¿Vosotros qué haríais? ¿Os atreveríais a bailar con un desconocido y fingir una vida diferente, aunque solo fuera por una noche?