“¿Ahora dices que le he abandonado?”: cuidé sola de mi padre tras el ictus, perdí el trabajo y hasta mi relación, y mi hermana solo apareció para juzgarme
“Tú lo que quieres es quitártelo de encima.” Eso me lo soltó mi hermana por teléfono el martes, así, tal cual, cuando le dije que no podía seguir sola con mi padre y que había pedido información en una residencia privada mientras esperamos la valoración de Dependencia.
Me quedé callada unos segundos porque me dolió, pero también porque una parte de mí ya sabía que esta conversación iba a acabar así.
Mi padre tuvo un ictus hace casi tres años. Al principio parecía que iba a recuperar bastante, estuvo ingresado, luego rehabilitación, y entre informes, citas en neurología y el centro de salud, fuimos tirando. Pero empezó con despistes, luego con cambios de carácter, luego ya con cosas más serias. Se dejaba el gas abierto, salía en zapatillas a la calle, confundía el día con la noche y algunas veces no sabía ni en qué casa estaba. Al final nos dijeron que el ictus había acelerado un deterioro cognitivo y que seguramente iba a más.
Mi hermana vive en otra provincia. Desde el primer momento dijo que me ayudaba en lo que hiciera falta, pero ese “lo que hiciera falta” al final era hacer una transferencia algunos meses y llamar para preguntar. Que sí, ayuda, no digo que no, pero el día a día no lo hacía ella.
Yo fui la que empezó a dormir en casa de mi padre “solo unas semanas”. La que pedía días en el trabajo para acompañarle a pruebas. La que hablaba con la trabajadora social del ayuntamiento. La que tramitó la Dependencia, que encima tardó una barbaridad. La que contrató a una señora unas horas por las mañanas cuando todavía podía permitírselo.
Y también fui la que metió la pata, porque seguí diciendo que podía con todo cuando ya no podía. Mi pareja me lo decía mucho: “No estás bien, esto te está pasando factura”. Y yo contestaba mal, o le decía que si no lo entendía era porque no le había tocado vivirlo. La verdad es que me fui aislando. Si él me proponía salir, yo pensaba en si mi padre se iba a poner nervioso. Si se quedaba a dormir en mi casa, yo estaba pendiente del móvil por si el vecino me llamaba. Al final discutíamos por cualquier cosa.
Hubo un episodio que me remató. Mi padre se cayó de madrugada y lo encontré en el suelo, empapado, desorientado y muy agresivo. Yo sola no podía levantarlo. Llamé al 112 llorando. Vinieron, lo valoraron, y aunque no tenía nada roto, me dijeron algo que yo no quería oír: “Así no puede seguir usted sola”. Llegué tarde al trabajo otra vez y a las pocas semanas me comunicaron que no me renovaban. Oficialmente fue por reorganización, pero yo llevaba meses entrando y saliendo, cogiendo reducciones, faltando para acompañarle a consultas o porque la cuidadora fallaba.
Mi hermana ahí me dijo que lo sentía, pero también me soltó que quizá yo me había empeñado en controlarlo todo y que no había querido escuchar otras opciones. Y no le faltaba algo de razón. Ella me dijo varias veces que valoráramos una residencia antes. Yo me negué en redondo porque mi padre siempre había dicho que no quería “que lo aparcaran”. El problema es que una cosa es lo que uno dice con salud y otra lo que pasa cuando ya no reconoce ni a su nieto algunos días.
La ruptura con mi pareja vino después, y tampoco fue de un día para otro. Un sábado me dijo: “Yo ya no sé dónde encajo en tu vida”. Y yo le contesté una barbaridad, que si quería atención exclusiva se buscara a otra. A la semana recogió sus cosas. No me fue infiel ni me dejó tirada por capricho. Se cansó, y yo también llevaba mucho tiempo tratándolo como si fuera un estorbo cuando en realidad era la única persona que me estaba diciendo que me estaba hundiendo.
Ahora estamos en el punto peor. Mi padre ya necesita supervisión casi continua. Yo he tirado de ahorros, del paro, de la ayuda de una vecina algunas tardes, y de una cuidadora por horas que pago como puedo. La plaza pública no llega. Entre la valoración, la lista y todo lo demás, nadie te sabe decir cuándo. Y la residencia privada que hemos visto cuesta más de lo que yo puedo asumir sola.
Mi hermana dice que vender el piso de mi padre sería precipitarse, que hay que esperar, que igual mejora en un centro de día y con más apoyo en casa. Pero el apoyo en casa, ¿quién lo coordina? ¿Quién se queda por la noche cuando se pone a gritar porque cree que tiene que ir a trabajar? ¿Quién limpia, compra, cocina y aguanta que te diga que eres una ladrona porque no se acuerda de ti? Yo. Siempre yo.
El martes, cuando me dijo que quería “lo cómodo”, exploté. Le dije que llevaba tres años opinando desde su salón, que viniera un mes entero y luego hablábamos. Ella se puso a llorar y me recordó que cuando nuestra madre enfermó fue ella la que se ocupó más porque yo estaba criando a mi hijo y trabajando a turnos. Y es verdad. No se me había olvidado, pero lo tenía apartado porque me convenía enfadarme.
También me dijo otra cosa que me dejó tocada: que cada vez que intenta organizar algo, yo acabo decidiendo sola porque desconfío de todo el mundo. Y si soy sincera, también es verdad. Con mi padre me volví controladora. Si la cuidadora le daba la medicación media hora más tarde, me ponía hecha una furia. Si mi hermana proponía mirar residencias en su zona, yo decía que no, que bastante tenía mi padre como para sacarlo de su barrio. Al final he querido sostener una idea de “cuidarlo bien” que me ha destrozado.
Pero una cosa no quita la otra. Yo estoy agotada de verdad. Económicamente estoy temblando. He llegado a pensar que, si entra en una privada, tendré que dejar mi piso de alquiler y volver con mi hijo a casa de mi suegra una temporada, y solo de escribirlo se me cae el alma.
Mañana tenemos cita con la trabajadora social otra vez. Mi hermana dice que vendrá y que esta vez no quiere discutir, quiere números y opciones reales. Yo ya no sé si confiar en eso o si es otra conversación de las que luego se quedan en nada.
Sé que ingresar a mi padre no significa que no le quiera. También sé que he llegado hasta aquí tarde por orgullo, por culpa y por no poner límites cuando tocaba. Pero me duele que, después de todo, parezca que tengo que pedir perdón por no poder más.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar: esperar la plaza pública como sea o tirar por una residencia privada aunque me hunda del todo?