Le dije a mi marido que ya no podía seguir fingiendo que estábamos bien, y su respuesta me dejó más sola todavía
“No sé qué quieres que te diga a estas alturas”. Eso fue lo que me soltó mi marido anoche, sin levantar casi la vista del plato, cuando le dije que me sentía sola viviendo con él.
Así empezó todo de verdad, aunque en realidad esto viene de mucho antes.
Llevamos más de veinte años juntos. Hipoteca, hijos, trabajos, padres mayores, la compra del Mercadona, las citas del ambulatorio, los grupos de WhatsApp del cole primero y luego del instituto… la vida normal de cualquiera. Desde fuera, supongo que damos imagen de matrimonio estable. Nunca hemos sido de montar numeritos ni de ir dejándolo y volviendo. Más bien de aguantar, cumplir y tirar.
Y yo también he tirado. Igual demasiado.
Hace años que noto que en casa funcionamos como compañeros de piso organizados. Él trabaja, llega cansado, pone la tele, mira el móvil, pregunta si hay algo para cenar. Yo tampoco es que me siente a recibirle con una sonrisa, para qué voy a mentir. Entre mi trabajo, la casa y estar pendiente de mi madre, muchas veces he ido en automático. Pero una cosa es la rutina y otra sentir que, si un día desaparezco, lo único que cambiaría es que alguien tendría que poner la lavadora.
Lo peor es que no se lo he dicho claro hasta ahora. He soltado indirectas, silencios, malas caras, algún “haz lo que quieras”, pero sentarme y decir “oye, no me siento querida” lo hice anoche por primera vez. Y claro, él me miró como si le estuviera hablando en otro idioma.
Me dijo: “Pues haberlo dicho antes”.
Y yo salté: “¿De verdad no lo has visto?”.
Él se encogió de hombros y dijo: “He visto que estabas distante, borde muchas veces, que siempre estabas cansada o enfadada. Pero si tú no me cuentas lo que te pasa, yo no soy adivino”.
Me dolió muchísimo, pero una parte de mí sabe que no iba del todo desencaminado.
Porque yo también me fui cerrando. Al principio buscaba más contacto, hablar, hacer planes los dos, aunque fuera salir a tomar algo por el barrio o ir un domingo a dar una vuelta. Él casi siempre tenía una excusa: cansancio, fútbol, madrugar, ya veremos. Y yo, en vez de insistir o plantarle el tema de frente, me fui retirando. Como una tonta, pensé que si dejaba de pedir, dolería menos.
No dolió menos. Dolió distinto.
Creo que empecé a notarlo de verdad cuando los hijos ya fueron más a su aire y la casa se quedó más callada. Ahí me di cuenta de que entre nosotros apenas había nada que no fueran temas prácticos. “Hay que pagar el seguro del coche”. “Tu padre tiene revisión el jueves”. “He llamado al fontanero”. “Compra pan”. Así todos los días.
Y a ver, él no es un monstruo. Esto lo digo porque cuando lo cuento, alguna amiga ya me dice “pues déjale”. Pero no es tan simple. Nunca me ha faltado al respeto de mala manera, ni me ha engañado que yo sepa, ni se ha desentendido de la familia. Ha trabajado siempre, ha estado cuando ha habido líos gordos, y con los hijos ha cumplido. Pero conmigo… conmigo es como si se hubiera quedado en una versión mínima. Correcta. Funcional. Sin más.
Anoche, después de decirme que no es adivino, me soltó algo que me dejó parada: “Yo también hace mucho que siento que contigo hay que medir cada palabra”.
Le pregunté qué quería decir.
Y me dijo: “Que nunca sé cuándo te va a sentar mal algo. Te pregunto y contestas seca. Te propongo planes y dices que te da igual. En tu cabeza yo soy el que pasa de todo, pero vivir contigo tampoco es fácil”.
Me entró una rabia… porque mi primera reacción fue pensar que estaba dándole la vuelta para no asumir nada. Pero luego me callé, porque recordé todas las veces que me preguntó “¿te pasa algo?” y yo contesté “nada”, cuando sí me pasaba. O cuando me dijo de ir un fin de semana al pueblo de su hermano y yo, como me parecía otro plan familiar de compromiso, le dije que hiciera lo que quisiera. Luego me molestó que fuese sin insistirme.
Es que al final yo quería que se diera cuenta solo. Quería sentirme importante sin tener que pedirlo. Y eso igual no es justo, pero era lo que me salía.
Seguimos hablando bastante rato. Bueno, hablando y callándonos. Hubo momentos incómodos de esos de mirar la encimera. Le dije que llevaba tiempo sintiendo que mi vida se me estaba quedando pequeña, que no recordaba la última vez que me abrazó porque sí, o que me miró con ganas de estar conmigo y no solo de convivir. Él dijo algo que todavía me retumba: “Pensé que esto era lo que queríamos los dos, tranquilidad”.
Tranquilidad.
Y claro, ahí me vi reflejada. Porque yo también he defendido muchas veces esa tranquilidad. No discutir, no remover, no complicarnos la vida. Bastante hay ya con llegar a fin de mes, con el trabajo como está, con nuestros padres haciéndose mayores, con la hipoteca todavía coleando. Yo misma he comprado ese pacto de paz rara durante años.
Pero una cosa es la paz y otra el vacío.
Le pregunté si él me quiere. Así, tal cual. Me dio hasta vergüenza decirlo con nuestra edad, pero se lo pregunté.
Tardó bastante en contestar. Y me dijo: “Claro que te quiero. Pero no sé si sé darte eso que me pides, porque tampoco sé exactamente qué es”.
No me sirvió y al mismo tiempo me pareció honesto.
Luego añadió: “Si para ti esto ya no llega, dímelo. Pero no me digas ahora que todo ha sido mentira”.
Y no, mentira no ha sido. Esa es la parte que más me lía. Hemos tenido una vida de verdad, con cosas buenas y malas, y supongo que nos hemos querido a nuestra manera. Pero yo últimamente vivo con una sensación muy fea, como de estar apagándome al lado de alguien que ya ni me mira de verdad. Y me da miedo pensar que me queden veinte años así. O más.
También me da miedo romper una vida entera por algo que igual no sé ni explicar bien. Porque no hay un gran motivo que cualquiera entienda al instante. No hay gritos, no hay traición, no hay escándalo. Solo esta soledad rara de cenar acompañada y sentirme sola igual.
Hoy casi no nos hemos escrito. Esta mañana me ha puesto un mensaje: “Luego hablamos si quieres”. Sin corazón, sin nada. Un mensaje normal. Y me he quedado mirándolo como si ahí estuviera la respuesta a todo.
No sé si he tardado demasiado en decirlo, si he esperado de él algo que no sabe dar, o si me estoy agarrando a una comodidad triste por miedo a empezar de cero. Solo sé que ayer, por primera vez en mucho tiempo, dije en voz alta que no estaba bien, y ahora ya no puedo hacer como si nada.
¿Vosotros qué haríais? ¿Intentar hablar y reconstruir algo a estas alturas, o aceptar que a veces no pasa nada “grave” y aun así una se puede sentir sola de verdad?