“Con 11 años aprendió a comprobar si había comida antes de preguntar por qué su madre no volvía”
Tengo 38 años y todavía no consigo dormirme del todo si sé que mi hermano está pasando una mala racha.
No es que me levante a llamarle cada noche ni nada así. De hecho, intento no agobiarle. Él tiene 34, vive con su pareja en Alcalá de Henares y trabaja de repartidor para una empresa de paquetería. Tiene su vida. O debería tenerla, al menos.
Pero si tarda dos días en contestar un mensaje, yo empiezo a hacer cuentas sin querer. Si habrá tenido horas, si le habrá llegado para el alquiler, si estará comiendo bien. Es absurdo. Lo sé mientras lo hago. Y aun así lo hago.
La semana pasada me pidió 180 euros.
No fue ni dramático. Me mandó un audio desde el portal de su bloque, con coches pasando detrás.
—Dani, perdona. Me da una vergüenza horrible. Se me ha juntado una multa con el recibo de la luz. Te lo devuelvo en cuanto cobre.
Yo estaba en el supermercado, delante de los yogures, con una cesta ridícula donde llevaba pan de molde, café y detergente. Le hice la transferencia antes de terminar el audio.
Luego me enfadé.
No con él exactamente. Conmigo. Con esa rapidez. Con la sensación conocida de que, si no lo solucionaba yo en ese momento, algo malo iba a pasar. Como si mi hermano siguiera teniendo seis años y estuviera sentado en la cama con el abrigo puesto, esperando a que volviera nuestra madre.
Mi madre no era una mala persona en el sentido sencillo de la palabra. Eso es lo que más cuesta explicar. No nos pegaba. No bebía. Cuando estaba bien, hacía lentejas para tres días, nos compraba cromos en el quiosco y nos llevaba al parque del barrio. Se reía fuerte, de una manera que llenaba la cocina.
Pero tenía depresiones muy largas. Entonces desaparecía de todo. Primero dejaba de ir a trabajar. Después dejaba de contestar el teléfono. A veces se encerraba en su habitación y no salía casi nada. Otras se iba diciendo que necesitaba despejarse y volvía al día siguiente, o a los cuatro días, con los ojos hinchados y bolsas de plástico llenas de cosas que no necesitábamos.
Vivíamos en un bajo en Usera. Un piso con humedad detrás del sofá y una lavadora que sonaba como si fuera a despegar. Yo aprendí pronto a no preguntar cuándo volvería mamá, porque a Óscar le ponía peor. Él preguntaba por todo.
—¿Y si le ha pasado algo?
—No le ha pasado nada —le decía yo.
No tenía ni idea.
La primera vez que recuerdo haber sentido miedo de verdad fue una noche de enero. Yo tendría once años. Mi madre se había ido por la mañana diciendo que iba al médico. A las diez de la noche seguía sin volver. Óscar tenía fiebre y lloraba sin hacer ruido, con esa forma de llorar de los niños que intentan no molestar.
Encontré unas pastillas para la fiebre en el botiquín, pero no sabía cuántas darle. Llamé a mi abuela, la madre de mi padre, y le dije que mamá estaba dormida y que Óscar tenía un poco de fiebre. Mentí porque me daba miedo que se lo llevaran. No sé quién iba a llevárselo ni por qué, pero ése era mi miedo: que viniera un adulto y decidiera que yo no servía para cuidar de él.
Mi abuela me explicó por teléfono lo de la dosis según el peso. Yo apuntaba todo en una libreta de matemáticas. Después calenté leche, aunque él ya no quería leche porque decía que le daba asco. Se la tomó igual, a sorbitos.
Mi madre volvió al amanecer. Traía el pelo mojado y olía a tabaco, aunque ella decía que no fumaba. Me encontró sentado en el suelo del pasillo, sin haber dormido.
No me pidió perdón. Me dijo:
—Eres muy mayor para tu edad, Dani.
Durante mucho tiempo pensé que era un elogio.
Ahora me da una rabia que no sé colocar.
Mi padre se fue cuando Óscar era un bebé. Mandaba dinero algunos meses, otros no. Llamaba por Navidad y por nuestros cumpleaños. Una vez me regaló una camiseta del Atlético dos tallas más grande, porque no sabía cuánto medía. Cuando yo tenía quince años, dejó de llamar. Supimos por una prima que se había ido a vivir a Murcia con otra mujer y que tenía una hija.
No le guardo un odio limpio. Ojalá fuera tan fácil. Hay días en que imagino que se murió y que nadie nos avisó. Otros pienso que nos recuerda y le da igual. No sé cuál de las dos cosas me duele más.
A los catorce empecé a hacer pequeños trabajos: descargar cajas en la frutería de un vecino, pasear un perro, ayudar a un señor con el ordenador. Decía que quería tener dinero para mis cosas, pero era para comprar comida cuando en casa no había. Óscar no lo sabía todo. Yo intentaba que no lo supiera.
Le decía que cenar tostadas era divertido. Que no encendiéramos la calefacción porque era mejor dormir con mantas. Que mamá estaba cansada, no triste.
También fui cruel con él a veces. Esto me cuesta decirlo. Cuando él se ponía pesado o me seguía por toda la casa, yo le gritaba que me dejara en paz. Una vez le tiré al suelo su estuche porque había perdido un bocadillo que le había preparado para el colegio. Después le vi recoger los lápices sin llorar y me sentí una mierda. Pero no supe pedirle perdón. Sólo le compré otro bocadillo al día siguiente.
Nuestra madre murió hace seis años. Un ictus. Llevaba una temporada mejor, con tratamiento y trabajando algunas horas en una residencia. Yo ya vivía en Parla, compartiendo piso, y Óscar acababa de empezar un módulo de electricidad.
En el tanatorio, él no paró de llorar. Yo me ocupé de hablar con la funeraria, de buscar papeles, de atender a familiares que aparecieron de golpe con sus recuerdos sobre ella. Una tía me abrazó y me dijo que yo había sido “el hombre de la casa”.
Tuve que salir fuera porque me faltaba el aire.
No quería ser el hombre de ninguna casa. Quería tener once años y que alguien me dijera que podía irme a dormir, que mi hermano estaba atendido, que mi madre iba a volver o que, si no volvía, habría un adulto para nosotros.
Hace dos días, después de mandarle el dinero, Óscar me llamó otra vez. Yo esperaba que fuera para darme las gracias o decirme que ya había arreglado algo. Pero me dijo que su pareja estaba embarazada.
Se le quebraba la voz. No sabía si de alegría, de miedo o de las dos cosas.
—No sé hacerlo, Dani —me soltó—. No sé ser padre.
Yo estaba sentado en el borde de la cama, con los zapatos todavía puestos. Le dije lo primero que me salió:
—Nadie sabe hacerlo al principio.
Luego se quedó callado.
Y yo también.
No le dije que yo tampoco sé dejar de ser su hermano mayor. Que cada vez que pienso en ese bebé me entra una necesidad casi física de tener un colchón preparado, comida en la nevera y dinero guardado por si todo se tuerce.
Esta mañana he mirado mi cuenta y he calculado cuánto podría apartar al mes. Después he cerrado la aplicación, porque tengo una hipoteca pequeña, un contrato temporal en la gestoría y no soy el salvador de nadie.
O eso intento repetirme.
Óscar me ha mandado una foto de una ecografía. No se distingue casi nada. Debajo ha escrito: “Mira, tío”.
La he guardado en el móvil. Todavía no sé qué voy a hacer con ese miedo que me ha vuelto al cuerpo, como si nunca se hubiera ido.