Su pareja recibió unas capturas que parecían demostrar una infidelidad… y, aunque ella juró que eran falsas, él ya no pudo mirarla igual
Todavía tengo en el trastero ocho cajas cerradas con rotulador negro. En una pone «LIBROS EVA», en otra «COCINA, FRÁGIL» y en dos simplemente «MISCELÁNEA», porque llegó un momento en el que ya no sabía ni qué estaba guardando.
Las preparé para mudarme a casa de Raúl.
No era una decisión pequeña. Yo tenía cuarenta y seis años, llevaba toda la vida de alquiler en Getafe y había aprendido a no hacerme demasiadas películas. Raúl y yo llevábamos siete años juntos, cada uno con su casa, cada uno con sus costumbres. Él tenía un piso en Alcalá de Henares, comprado antes de divorciarse. Yo tenía mi consulta de fisioterapia compartida con otra compañera y una vida bastante sencilla. Nos veíamos casi todos los días, pero siempre quedaba ese momento de despedirse, de coger el coche o el Cercanías y volver a lo propio.
La mudanza había sido idea de los dos. Bueno, quizá yo tardé más en decir que sí. Raúl tenía una hija, Inés, de veintidós años, que estudiaba en Madrid y venía algunos fines de semana. Nunca nos llevamos especialmente mal, pero tampoco tuvimos esa confianza de llamarnos o tomarnos una caña a solas. Ella era educada, reservada, y yo procuraba no ocupar un lugar que no me correspondía.
Un domingo de noviembre, después de comer en casa de Raúl, noté que estaba raro. Había puesto el lavavajillas, pero no lo encendía. Iba de la cocina al salón con el móvil en la mano. Yo estaba sentada en el suelo, rodeada de cajas abiertas, decidiendo qué vajilla llevaría primero.
Me dijo que había recibido un correo anónimo.
No levantó la voz. Casi habría preferido que gritara.
Me enseñó unas capturas de pantalla de una conversación de WhatsApp entre yo y Sergio, un hombre con el que salí unos meses hacía más de diez años. En las imágenes se hablaba de vernos en un hotel cerca de Atocha. Había corazones, una frase sobre que Raúl «no se enteraba de nada» y hasta una referencia a un sitio donde, supuestamente, Sergio y yo habíamos cenado.
No recuerdo exactamente qué dije primero. Creo que solté: «Pero esto qué coño es».
Raúl me miró de una forma que no le había visto nunca. No era rabia. Era peor. Era como si estuviera intentando reconocerme y no pudiera.
Le dije que esos mensajes eran falsos. Que yo no hablaba con Sergio desde antes de conocerle a él. Que podía llamar a quien quisiera, enseñar mi teléfono, entrar en mis redes, revisar lo que le diera la gana. Y en el momento en que dije aquello me sentí fatal. No porque tuviera nada que esconder, sino porque estaba ofreciéndome a ser registrada para que el hombre con el que pensaba vivir creyera en mí.
Él deslizó las capturas con el dedo.
—Eva, aquí está tu foto. Tu número. Hay cosas que solo sabes tú.
—Pues precisamente por eso alguien ha usado cosas mías.
—¿Quién?
No supe responderle. Y ese fue el problema. No tenía un nombre, no tenía una explicación técnica impecable, no tenía una persona a la que señalar. Solo tenía mi certeza de que no había escrito aquello.
Raúl llamó a Sergio desde el número que encontró en una vieja agenda que yo aún tenía guardada. Me pareció humillante, pero no dije nada. Sergio respondió y, al principio, ni siquiera entendía de qué le hablaban. Luego dijo que no había quedado conmigo, que estaba casado y que no quería líos. Raúl colgó y me dijo que claro, que cualquiera negaría algo así.
Esa frase me dejó sin aire.
Porque era verdad, en parte. Si yo hubiese sido culpable, también habría dicho que no. Y de repente comprendí lo peligroso que era estar en ese sitio: no existía una manera limpia de demostrar una ausencia.
Me fui a mi casa esa tarde con una caja de copas en el maletero y un nudo en el estómago. No lloré hasta llegar al garaje. Lloré sentada dentro del coche, con el abrigo puesto, sin arrancar. Una vecina pasó con bolsas del Mercadona y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, por pura costumbre.
Durante dos semanas Raúl y yo hablamos poco. Él decía que necesitaba ordenar la cabeza. Yo decía que entendía, aunque no era verdad. Lo que entendía era que estuviera confundido. Lo que no podía entender era que me hubiera dejado sola dentro de esa duda tan fácilmente.
Había momentos en los que me enfadaba y le mandaba mensajes larguísimos que luego borraba. Otros días pensaba que quizá yo estaba siendo injusta, que las capturas eran muy convincentes, que si hubiese sido al revés probablemente también me habría puesto a temblar. Pero una cosa era temblar y otra tratar a la persona que dices querer como si ya estuviera condenada.
Inés vino a casa de su padre el puente de diciembre. Yo no fui. Raúl me escribió el lunes por la noche: «Necesito verte. No por teléfono.»
Quedamos en una cafetería cerca de la estación. Llegó con mala cara, sin afeitar y con los ojos hinchados. Me contó que Inés le había dicho que las capturas las había hecho ella.
Había usado una aplicación de esas que imitan conversaciones. Sabía datos de Sergio porque una vez, hacía años, vio una foto antigua en mi Facebook. También había escuchado a Raúl y a mí discutir por la mudanza. Según él, Inés no quería que yo me instalara allí. No quería perder su habitación, aunque llevaba más de un año viviendo entre residencia, piso compartido y casa de amigas. Y, sobre todo, no quería que su padre dejara de estar disponible para ella como siempre.
Al parecer, se arrepintió al verme desaparecer de su vida, pero tardó días en decirlo. Raúl me enseñó un audio suyo llorando. No quise escucharlo entero.
Él me pidió perdón muchas veces. Demasiadas. Me dijo que había sido un idiota, que debió creerme, que se dejó arrastrar por el miedo a que le engañaran otra vez después de su divorcio. Yo sabía que su ex le había sido infiel. Lo sabía desde el principio. Pero nunca pensé que acabaría pagando yo una herida que no había hecho.
No grité. Eso también me sorprendió. Le dije que agradecía saber la verdad, pero que la verdad no arreglaba lo que había pasado entre nosotros. Me había mirado durante dos semanas como si yo fuera capaz de reírme de él a sus espaldas. Había llamado a un hombre de mi pasado. Había dudado incluso cuando yo le estaba enseñando mi vida entera abierta de par en par.
Inés me mandó después una carta escrita a mano. Era torpe, muy de su edad aunque ya no fuera una niña. Me pidió perdón y dijo que no calculó las consecuencias. No le contesté durante bastante tiempo. Luego le mandé un mensaje corto: «Sé que has pedido perdón. Ahora necesito distancia.» No sabía qué más decir.
Raúl y yo seguimos juntos, supongo. No he roto con él, pero tampoco me he mudado. Las cajas siguen abajo. Algunas veces vamos a cenar o pasamos un domingo juntos como antes, y durante unas horas parece que todo está normal. Luego él coge mi móvil para buscar una foto o yo le veo quedarse callado cuando recibe una notificación, y noto algo raro, como una corriente fría.
Hace unos días me llamó el banco porque el preacuerdo de la cuenta común que íbamos a abrir seguía pendiente. Me preguntaron si quería continuar con el trámite.
Les dije que de momento no. Que ya llamaría yo.
Después bajé al trastero a buscar una manta y vi las cajas. No abrí ninguna.