Después de 29 años de matrimonio, Isabel entendió que seguir por costumbre también podía romper a una familia
Hace unos meses tiré a la basura una lista de la compra y me puse a llorar en la cocina. Era una lista normal: leche sin lactosa para Paco, café, detergente, tomates, comida para Lolo, el perro. Llevaba escrita de mi letra, con una mancha de aceite en una esquina.
Me dio una vergüenza tremenda llorar por eso. Cincuenta y seis años, dos hijos que ya viven fuera, una farmacia donde trabajo desde que era prácticamente una cría, y yo agarrada a un papelito como si se hubiese muerto alguien.
No se había muerto nadie. Ese era precisamente el problema.
Paco y yo llevábamos veintinueve años casados. Vivimos en un pueblo de Valladolid, de los que tienen una calle principal, dos bares donde siempre hay alguien conocido y una parroquia en la que se sabe quién ha faltado a misa antes de que termine el domingo. Nos conocíamos desde el instituto. Él era tranquilo, trabajador, de los que no levantan la voz. Yo siempre he sido más nerviosa, más de hacer tres cosas a la vez y luego no saber dónde he dejado las gafas.
No puedo decir que Paco me tratara mal. Nunca me pegó, nunca me controló el móvil, nunca hubo una cosa concreta que yo pudiera contar y que hiciera que los demás dijeran: claro, normal que se haya ido.
Lo que hubo fue otra cosa. Años de hablar únicamente de facturas, de la caldera, de si Álvaro venía a Navidad o de si Lucía seguía disgustada con su novio. Años de dormir al lado de una persona a la que quería, supongo, pero con la que ya no sabía estar. A veces él se quedaba viendo la tele hasta tarde y yo fingía que estaba dormida para no tener que hacer el esfuerzo de preguntarle qué tal el día.
Y él hacía lo mismo, creo. No quiero cargarle a él con todo. Paco también vivía metido en una rutina que le quedaba demasiado grande. Cuando cerró la carpintería donde había trabajado media vida y empezó a hacer repartos para una empresa de materiales, se quedó raro. Más callado todavía. Yo intentaba animarle y él respondía con un “ya se pasará”. Todo se tenía que pasar solo en esa casa.
La primera vez que hablé de verdad con Marisa fue por una tontería. Vino a la farmacia a por unas medias de compresión para su madre y me preguntó si eran las mismas que había comprado el mes anterior. La conocía de vista. Es profesora en el instituto, aunque ahora está de baja por la espalda, y vive en un piso encima de la gestoría.
Me dijo que su madre se quejaba de que las medias le hacían parecer una morcilla. Yo me reí. Ella también. Y nos quedamos hablando cinco minutos más de la cuenta.
Después empezó a venir a veces a por cualquier cosa. Una crema, ibuprofeno, una caja de tiritas. No soy tonta; sé que había excusas. Pero al principio me gustaba pensar que era casualidad. Luego empezamos a tomar café los jueves, cuando yo salía de la farmacia y ella tenía rehabilitación en el centro de salud.
No pasó nada durante mucho tiempo. Nada que se pudiera señalar con el dedo. Hablábamos. De su divorcio, que había sido hace años y bastante feo. De mi hija, que quería pedir una excedencia para irse a Irlanda. De lo cansadas que estábamos las dos de ser las personas que siempre tranquilizan a todo el mundo.
Una tarde, en noviembre, llovía de lado. Estábamos en el coche de Marisa porque el bar estaba lleno y no nos apetecía entrar. Ella me cogió la mano al despedirse. Fue un gesto muy pequeño. Ni siquiera me miró de golpe; la dejó encima de la mía, como esperando a que yo la apartara.
No la aparté.
Volví a casa con el corazón desbocado y con una sensación horrible, como de haber hecho algo imperdonable. Paco estaba en el salón con una manta sobre las piernas. Me preguntó si había llovido mucho. Le dije que sí. Luego calenté unas croquetas que habían sobrado del día anterior y cenamos sin hablar.
A partir de ahí empecé a hacer lo que peor se me da: posponer. Dejé de ver a Marisa dos semanas. Le contestaba con mensajes cortos. Ella no insistía demasiado, y eso casi me dolía más. Yo esperaba que me exigiera una decisión, que me facilitara enfadarme con ella y volver a mi sitio de siempre. Pero no. Solo puso: “No quiero ser otra carga para ti”.
La frase se me quedó clavada.
Se lo dije a Paco un sábado por la mañana. No le conté todos los detalles porque ni yo sabía explicarlos. Le dije que no estaba bien, que llevaba años sin estar bien, que había conocido a alguien y que necesitaba irme unos días a casa de Lucía, a Madrid.
Paco no gritó. Se quedó de pie junto a la mesa, con el pan sin cortar delante. Lo primero que preguntó fue si nuestros hijos lo sabían. Me enfadé, porque me pareció que le preocupaba más quedar mal que perderme. Luego entendí que quizá era lo único que podía preguntar en ese momento.
—¿Es una mujer? —me dijo después.
Asentí.
No hubo una escena. Ojalá hubiera habido una, a veces lo pienso. Habría sido más fácil recordar algo claro. Él se sentó, se frotó la cara y dijo: “No sé qué hacemos ahora”.
Yo tampoco lo sabía.
Lucía me dejó dormir en el sofá de su piso durante cuatro noches. La primera no paré de llorar. La segunda llamé a Paco y él no cogió. La tercera Álvaro me dijo por teléfono que necesitaba tiempo y que no quería que le contara “cosas que no le correspondían”. Esa frase me hizo más daño del que esperaba. Al final son hijos, aunque tengan treinta y dos y veintiocho años; una sigue queriendo que entiendan todo.
Volví al pueblo, pero no a casa. Marisa tiene un apartamento pequeño que heredó de una tía, a las afueras, cerca de la carretera. No me fui a vivir con ella. Me instalé allí unas semanas porque estaba vacío y porque yo no tenía fuerzas para buscar nada. Aun así, la gente decidió lo que le pareció.
Una compañera de la farmacia dejó de contarme cosas. Mi prima me mandó un audio larguísimo diciéndome que estaba “confundida”. Dos clientas bajaron la voz cuando entré en la trastienda, aunque seguramente ni hablaban de mí. En un pueblo, cuando una tiene miedo, todo parece una conversación ajena.
Paco y yo hemos hablado varias veces desde entonces. Estamos mirando cómo hacer con el piso, sin prisa pero sin esconderlo debajo de la alfombra. Él alterna días de mucha frialdad con otros en los que me pregunta si necesito que me acerque algo. Eso es lo que más me desarma de él. Su manera de seguir cuidando incluso cuando está dolido.
No sé si Marisa y yo vamos a durar. Me gustaría decir que estoy segura, pero sería mentira. Hay días en que me despierto en ese apartamento y echo de menos hasta el ruido de Paco buscando las llaves. Otros días vuelvo de trabajar, abro la puerta y siento un alivio tan grande que me asusta.
La semana pasada compré mi propia leche, café normal y tomates. También una planta para la ventana, aunque se me dan fatal y seguramente se me morirá.
La lista de la compra la guardé en el bolsillo del abrigo hasta llegar al coche. Esta vez no lloré.