Me fui de casa para estudiar y todavía escucho a mi hermana preguntarme por qué la abandoné

—¿También te vas a ir tú?

Mi hermana Lucía estaba sentada en el suelo de la cocina, con las rodillas pegadas al pecho y el pijama manchado de leche. Tenía nueve años. A mi lado, mi madre lloraba frente al fregadero, repitiendo que había alguien escondido en el patio, que nos vigilaban desde las ventanas de los vecinos.

Mi padre dormía en el sofá con la tele encendida y una botella vacía debajo de la mesa.

Yo tenía dieciocho años, una maleta abierta en mi habitación y una beca para estudiar Enfermería en Salamanca.

No supe qué responderle a Lucía.

Porque sí. Me iba.

Pero no era tan sencillo como meter cuatro camisetas, unos apuntes y el cepillo de dientes. Irme significaba dejar sola a una niña que, desde hacía años, me llamaba cuando tenía fiebre, cuando no encontraba los deberes o cuando mamá se encerraba en el baño durante horas sin contestar.

Mi madre, Carmen, nunca tuvo un diagnóstico claro. En el pueblo decían que era “muy nerviosa”. Mi abuela decía que se le pasaría si dejaba de pensar tanto. Mi padre, Julián, decía que exageraba y luego se iba al bar.

Yo sabía que no era nerviosismo.

Había días en los que mamá nos preparaba torrijas en agosto y bailaba por el pasillo con la radio a todo volumen. Nos besaba la frente, prometía que íbamos a ir a la playa, que todo iba a cambiar. Y después venían los otros días. Los días en que no se levantaba de la cama, en que nos acusaba de moverle las cosas, en que miraba a Lucía como si no la reconociera.

—No hagas ruido, Alba —me susurraba mi hermana—. Si mamá duerme, está mejor.

Y yo, con doce años, calentaba leche, revisaba mochilas y aprendía a hacer lentejas siguiendo las instrucciones de una vecina por teléfono.

Mi padre trabajaba a temporadas en una nave de materiales de construcción. Cuando cobraba, durante dos o tres días parecía otro hombre. Traía bollos para Lucía, me preguntaba por las notas y hasta se reía. Luego desaparecía el dinero y aparecía el olor a vino barato en el pasillo.

Una noche lo encontré intentando abrir la puerta de casa con las llaves del coche.

—Papá, esas no son.

Me miró con los ojos rojos, ofendido.

—No me hables como si fueras mi madre.

No le respondí. Porque, de alguna forma horrible, yo ya era la madre de todos.

Estudiaba de madrugada. Cuando Lucía se dormía y mi padre roncaba, me sentaba en la mesa de la cocina con una manta sobre los hombros. Quería sacar buenas notas. No por orgullo. Quería una salida. Quería un sitio donde nadie gritara mi nombre desde otra habitación porque no encontraba las pastillas, porque había que pagar la luz, porque el desayuno se había acabado.

Cuando llegó la carta de la beca, la escondí dos días debajo del colchón.

Me daba vergüenza alegrarme.

Al tercer día, mi profesora de Biología, doña Pilar, me paró al salir de clase.

—Alba, Salamanca no queda al otro lado del mundo.

Me eché a llorar delante de ella, así, sin poder evitarlo.

—Para Lucía sí —le dije—. Para ella queda lejísimos.

Doña Pilar me puso una mano en el hombro.

—Tu hermana necesita una hermana viva y con futuro. No una niña sacrificada que se quede aquí hasta romperse.

Quise creerla. De verdad que quise.

La noche antes de irme, mi padre llegó borracho. Vio la maleta junto a la puerta y se quedó quieto. Por un segundo pensé que iba a decir algo bonito. Que me iba a pedir perdón. Que iba a prometer cuidarlas.

En cambio, soltó una risa seca.

—Muy bien, hija. Tú también a escapar. Se ve que aquí el único malo soy yo.

—No estoy escapando —le dije, aunque me temblaban las manos—. Voy a estudiar.

—¿Y quién va a hacer lo que haces tú? ¿Eh? ¿Quién va a aguantar a tu madre cuando le dé una de sus cosas?

Miré a mamá. Estaba sentada en una silla, con la mirada perdida en la pared. Ni siquiera parecía escuchar.

—Tú eres su marido —contesté—. Y eres nuestro padre.

Él dio un golpe en la mesa. Lucía salió corriendo de su cuarto y se agarró a mi cintura.

—No grites, papá, por favor —dijo.

Ese “por favor” tan pequeño me partió por dentro.

A la mañana siguiente, mi madre estaba más tranquila. Me ayudó a cerrar la maleta. Metió dentro una foto de las tres en las fiestas del pueblo, cuando Lucía llevaba una corona de cartón y yo tenía los dientes llenos de chocolate.

—Vas a volver, ¿verdad? —me preguntó mamá.

—Sí, mamá. Todos los fines de semana que pueda.

—No te olvides de nosotras.

Me abrazó fuerte. Olía a crema de manos y a café frío. Durante un instante quise deshacer la maleta, llamar a la universidad y decir que no podía ir. Que mi sitio estaba allí, sujetando una casa que se caía a pedazos.

Pero Lucía me miró desde la puerta.

—Si te haces enfermera, ¿podrás curar a mamá?

No supe mentirle.

—Voy a intentarlo todo para que la ayuden.

Salamanca fue difícil. Trabajaba limpiando mesas en una cafetería los sábados y algunas noches no cenaba más que un bocadillo. Aun así, cuando caminaba por la facultad con mis apuntes apretados contra el pecho, sentía algo parecido a la libertad. Después llegaban las llamadas.

“Papá no ha venido a dormir.”

“Mamá dice que no abra la puerta.”

“No tenemos dinero para el gas.”

Yo cogía autobuses de madrugada, volvía al pueblo, hacía compra, hablaba con el médico de cabecera, discutía con mi padre y dejaba comida congelada etiquetada en el congelador. El domingo por la tarde regresaba a Salamanca con un nudo en el estómago y la sensación de ser una traidora.

Un martes, Lucía me llamó llorando.

—Mamá se ha tomado muchas pastillas. Está dormida y no se despierta bien.

Sentí que se me helaban las piernas.

Le dije que llamara al 112, que abriera la puerta a los sanitarios, que no tuviera miedo. Llegué al hospital cuatro horas después. Mi madre salió adelante. Aquella vez, al menos.

Mi padre estaba en el pasillo, sobrio y encogido como nunca lo había visto.

—No sé hacerlo, Alba —me dijo sin mirarme—. No sé cuidar de nadie.

Yo quería gritarle que ya era tarde para admitirlo. Quería decirle que yo tampoco sabía, que nadie me había preguntado si quería aprender a los doce años. Pero Lucía dormía apoyada en mi hombro y me limité a llorar en silencio.

Después de aquello, conseguimos que mi madre recibiera atención de salud mental. Fue lento, lleno de citas perdidas y recaídas. Mi padre empezó un tratamiento para dejar de beber, aunque cayó varias veces. Lucía creció. Ahora tiene diecisiete años y dice que quiere estudiar Magisterio.

Hace poco, durante una discusión tonta por teléfono, me soltó:

—Tú te fuiste y nos dejaste con todo.

No lo dijo con maldad. Lo dijo desde una herida que yo conozco demasiado bien.

Me quedé callada. Porque una parte de mí sigue siendo aquella chica frente a la maleta, escuchando a una niña preguntarme si también iba a abandonarla.

La quiero con toda mi alma, pero no sé si algún día entenderá que irme no fue dejar de quererlas. Fue la única manera que encontré de no hundirnos todas.

¿Hice bien al elegir mi vida, aunque ellas se quedaran en medio del caos? ¿O hay culpas que una hermana mayor lleva para siempre, por mucho que intente perdonarse?