Mi madre empezó a llamarme diez veces al día… y cuando dejé de responder, mi hermana dijo que la estaba abandonando

El día que puse el móvil en silencio no sentí alivio. Sentí miedo.

Lo dejé boca abajo sobre la mesa del salón, al lado de una taza con café ya frío, y me quedé mirándolo como si fuera a empezar a arder. Tenía 37 años, un piso de alquiler en Carabanchel, un trabajo normal en una empresa de mantenimiento y, aun así, la sensación de estar haciendo algo terrible por no contestar una llamada de mi madre a las once y veinte de la mañana.

No era una emergencia. O, por lo menos, no lo parecía. Antes de esa llamada había habido otras cuatro desde las ocho.

Mi madre, Pilar, tiene 68 años. Se quedó viuda hace seis, cuando murió mi padre de un infarto. Desde entonces vive sola en el piso de toda la vida, en Usera. Es una mujer fuerte, de las que han trabajado de todo: limpiando casas, en una cocina, cuidando a una señora mayor. No es frágil ni despistada. Va a hacer la compra, queda con sus amigas los martes para jugar a las cartas y sabe manejarse mejor con el banco que yo.

Pero conmigo empezó a pasar algo raro poco a poco.

Al principio era normal. “Hijo, ¿has llegado bien?”, “¿te acuerdas de que el domingo comemos?”, “mira si puedes venir a cambiarme una bombilla”. Cosas de madre, pensé. Yo iba. También porque mi padre había sido muy de estar por ella, y después de morir me salió solo ocupar ese sitio en algunas cosas.

El problema fue que aquel sitio se fue haciendo cada vez más grande.

Si no respondía al momento, llamaba otra vez. Si estaba en una reunión y no podía cogerlo, después tenía varios audios: que si se había puesto nerviosa, que si no sabía nada de mí, que si para qué tenía móvil entonces. Alguna vez llamaba al trabajo. No a mi oficina directamente, porque no tiene el número, pero sí al móvil de empresa cuando se lo di por si algún día me pasaba algo en carretera.

Yo también tuve culpa de acostumbrarla. Contestaba aunque estuviera con amigos. Me salía de un cine para hablar dos minutos. Cancelaba planes porque le dolía una rodilla y quería que la acompañase a urgencias, aunque luego resultaba ser una contractura y mi hermana, Laura, vivía a veinte minutos andando de ella.

Laura tiene 42, está casada, tiene dos hijas adolescentes y trabaja en una gestoría. Siempre ha dicho que ella no puede estar tan pendiente porque tiene “una familia que atender”. Yo no tengo hijos y vivo solo, así que, sin decirlo claramente, parecía que mi tiempo era de todos un poco menos mío.

Cuando empecé a salir con Inés, hace algo más de un año, se hizo evidente. No porque ella me pusiera ninguna condición. De hecho, intentó entenderlo mucho tiempo. Pero yo era capaz de estar cenando con ella y levantarme tres veces de la mesa para hablar con mi madre.

Una noche estábamos en su casa, viendo una serie. Mi madre llamó para preguntarme si le quedaba bien una chaqueta que se había probado para una boda. No era ni una foto urgente. Me mandó seis seguidas.

Inés no dijo nada mientras hablaba. Cuando colgué, siguió mirando la tele y soltó, sin enfado siquiera:

—Tu madre no te llama porque te necesite siempre. Te llama porque sabe que siempre estás.

Me molestó muchísimo. Le dije que no entendía lo que era perder a un padre, que mi madre estaba sola, que no iba a dejarla tirada. Inés se quedó callada. Luego dijo que no me estaba pidiendo dejarla tirada, sino poder cenar una vez sin que yo estuviera con media cabeza en otro sitio.

No hablamos mucho más esa noche. Yo me fui a mi casa bastante convencido de que ella había sido egoísta. Ahora me da vergüenza recordarlo.

El punto de inflexión llegó por una tontería. Un sábado tenía planeado irme dos días a una casa rural con Inés y otra pareja. Era la primera vez en meses que organizábamos algo fuera. Mi madre sabía que me iba.

La mañana de salir me llamó diciendo que tenía que acompañarla a mirar una lavadora. La suya funcionaba, pero hacía un ruido raro al centrifugar y ella quería aprovechar una oferta. Le dije que podía ir Laura, o que yo la acompañaba el lunes al volver.

Se hizo un silencio larguísimo.

—Claro —dijo al final—. Ya no pasa nada.

Esa frase me dejó el cuerpo helado. Le dije que no era eso, que simplemente tenía un viaje organizado. Ella respondió que no quería molestar y colgó.

A los diez minutos me escribió Laura. “Mamá está llorando. Dice que te has puesto hecho una fiera.” No me había puesto hecho una fiera. Ni siquiera había levantado la voz. La llamé, y Laura empezó con que yo no sabía cómo estaba mamá, que desde que salía con Inés estaba distinto, que ella no podía cargar con todo.

Ahí perdí los nervios. Le dije que ella llevaba años sin “cargar con todo”, que aparecía para las comidas de Navidad y para opinar, y que yo también tenía derecho a hacer mi vida.

Laura me dijo algo que todavía me duele: “Pues hazla, pero no la hagas a costa de que mamá se sienta sola”.

Me fui al viaje igual, aunque fue una decisión a medias. Estaba físicamente allí, pero cada vez que vibraba el móvil se me cerraba el estómago. El domingo por la mañana vi que tenía diecisiete llamadas perdidas. Diecisiete. Durante unas horas pensé que le había pasado algo de verdad.

La llamé temblando. Estaba bien. Había querido saber a qué hora volvía porque una vecina le había dicho que quizá iban a cortar el agua en el edificio y no entendía el aviso que habían dejado en el portal.

No sé qué me pasó, pero hablé muy seco. Le dije que no podía llamarme diecisiete veces por eso. Que si había una urgencia llamase al 112, a Laura o a una vecina, pero que yo no podía vivir pendiente del teléfono. Que los fines de semana también eran míos.

Ella no gritó. Eso casi fue peor.

—Entendido, hijo —me dijo—. No te preocupes. Ya aprenderé a no necesitarte tanto.

Después estuvo casi una semana sin llamarme. Yo esperaba sentir paz y lo que sentí fue una especie de agujero. Miraba el móvil más que antes. Le escribí un par de veces. Me contestaba con mensajes correctos, cortos. “Todo bien.” “No hace falta que vengas.” “Ya lo ha mirado Laura.”

El jueves fui a verla sin avisar. Estaba en la cocina pelando judías verdes. Tenía la tele puesta bajita y una bolsa del Mercadona en una silla. Parecía enfadada, pero también cansada.

Le pedí perdón por el tono. Ella me dijo que entendía que yo tuviera vida, que no quería ser una carga. Y yo le dije que no era una carga. Pero al decirlo me di cuenta de que tampoco era del todo verdad: a veces sí sentía su necesidad como un peso, y me odiaba por sentirlo.

No arreglamos nada aquel día. Acordamos una cosa bastante práctica: hablaríamos por la noche, después de cenar, salvo que hubiera algo serio. También le enseñé a hacer videollamadas y a guardar el número de Laura como favorito. Se enfadó cuando le propuse lo de la teleasistencia municipal; dijo que no era una inválida. No insistí.

Han pasado cuatro meses. Hay días mejores y días en que vuelve a llamarme tres o cuatro veces seguidas. Yo a veces contesto por culpa, no por ganas, y luego me enfado conmigo mismo. Laura y yo seguimos hablando poco. Inés no ha vuelto a sacar el tema, aunque noto que se fija cuando suena el teléfono.

Esta tarde mi madre me ha mandado una foto de una lavadora nueva. La ha elegido con Laura. Me ha escrito: “No hace tanto ruido, menos mal”.

Le he puesto un corazón y he seguido trabajando. Me ha costado, pero no la he llamado inmediatamente.