Heredé el piso de la mujer a la que cuidé durante años, pero el barrio me convirtió en la villana

—¡No pongas un pie en ese piso, Lucía! ¡Es de nuestra madre, no tuyo!

Mi cuñada no era quien gritaba. Era Carmen, la hija mayor de doña Amparo. Estaba plantada en el portal, con los ojos hinchados y un abrigo negro que le quedaba demasiado grande. Detrás de ella, su hermano Julián apretaba la mandíbula como si estuviera conteniéndose para no pegarle una patada a la puerta.

Yo llevaba en la mano un manojo de llaves y una bolsa con ropa limpia. Habían pasado seis días desde el entierro.

—Vengo a recoger unas cosas personales —dije, aunque me temblaba la voz—. Y a regar las plantas. Ella no soportaba que se secaran.

Carmen soltó una risa amarga.

—Claro. Ahora también sabes lo que le gustaba a nuestra madre mejor que sus hijos.

No contesté. Porque sí, lo sabía. Sabía que a doña Amparo le dolía más la cadera los días de cierzo. Que tomaba el café con leche muy caliente y dos sacarinas, aunque luego protestara porque sabía a cartón. Sabía que antes de dormir repasaba tres veces si había cerrado el gas. Y sabía que, cuando hablaba de Carmen y Julián, bajaba la voz como si estuviera pidiendo perdón por tener pena.

Mi marido, Rafael, llegó unos minutos después del trabajo. Al verlos, se quedó quieto a mi lado.

—No montéis esto aquí —les pidió—. Acaba de morir vuestra madre.

Julián dio un paso hacia él.

—Tú cállate. Has estado esperando como un buitre a que firmara los papeles.

Aquella frase se me quedó dentro. No por lo cruel que fue, sino porque, desde ese día, empezó a repetirse en todas partes.

Doña Amparo había sido vecina de mi madre durante muchos años, en un edificio antiguo del centro de Zaragoza. Su piso era grande, de esos con techos altos, suelos de madera y balcones que daban a una calle llena de ruido. Yo la conocía de saludarla en el ascensor. Nada más.

Todo cambió cuando mi madre enfermó y yo iba cada tarde a llevarle la compra. Un día encontré a doña Amparo sentada en el rellano. Se había mareado al subir las escaleras porque el ascensor estaba averiado. Tenía una bolsa rota a sus pies y naranjas rodando por todas partes.

—Qué vergüenza me da esto, hija —me dijo—. Antes podía con dos bolsas y ahora mira.

La ayudé a entrar en casa. Le hice una tortilla francesa porque apenas había comido. A partir de ahí, empecé a pasar por su piso de vez en cuando. Primero para llevarle medicamentos. Luego para acompañarla al ambulatorio. Después para cosas más pequeñas: cambiar una bombilla, poner una lavadora, escucharla cuando se le hacía larga la tarde.

No era una santa, ni quiero que nadie me pinte así. A veces me cansaba. Tenía mi trabajo en la gestoría, una hija adolescente y a mi padre delicado. Hubo días en que veía su número en el móvil y pensaba: «No puedo más». Pero entonces recordaba su voz diciendo: “No te preocupes, Lucía, ya me las arreglo”. Y sabía que no se las arreglaba.

Sus hijos vivían en la misma ciudad. Carmen estaba a veinte minutos en coche. Julián, a media hora. Venían en Navidad, algún cumpleaños y cuando necesitaban que su madre firmara algún papel del banco. Doña Amparo nunca los insultaba. Los justificaba siempre.

—Tienen mucho lío, mujer. Los hijos ahora viven corriendo.

Una tarde, mientras le peinaba el pelo antes de una cita médica, me miró por el espejo.

—Cuando me muera, se van a acordar de mí.

—No diga esas cosas.

—Pues claro que las digo. A mi edad una piensa en eso. Lo que no quiero es que tú te quedes sola con el disgusto. Has hecho por mí más de lo que debía pedirte.

Yo le cogí la mano.

—No me debe nada, Amparo.

Ella no respondió. Solo apretó mis dedos.

Dos años después, murió mientras dormía. La noche anterior le había dejado un caldo hecho y la radio puesta bajita. Me besó en la mejilla al despedirme.

—Mañana no vengas tan temprano. Descansa un poco, que te tengo explotada.

Fue lo último que me dijo.

El notario nos citó una semana después. Rafael y yo pensamos que sería para algún trámite, porque doña Amparo nos había nombrado albaceas junto a un abogado. Cuando aquel hombre abrió la carpeta y leyó que el piso quedaba a mi nombre, sentí que el aire no me llegaba a los pulmones.

Carmen se levantó tan deprisa que tiró la silla.

—Esto es una vergüenza.

Julián me señaló con un dedo.

—La has engañado. Una anciana enferma, sola, vulnerable… ¿Qué le metiste en la cabeza?

—Nada —logré decir—. Nunca le pedí nada. Ni sabía que había hecho esto.

Pero daba igual. Para ellos, y pronto para mucha gente, yo era la mujer que se había ganado la confianza de una anciana para quedarse con su casa.

Presentaron una demanda. Alegaron que doña Amparo no estaba en plenas facultades y que yo había ejercido una influencia indebida. Durante casi dos años vivimos pendientes de cartas certificadas, citas con abogados y preguntas que me hacían sentir sucia.

—¿Le hablaba usted de sus hijos?

—Cuando ella quería hablar.

—¿Tenía acceso a sus cuentas?

—Solo le sacaba efectivo cuando ella me daba la tarjeta y me apuntaba hasta los céntimos.

—¿Sugirió usted que cambiara el testamento?

—Jamás.

Rafael perdió trabajos de electricidad porque Julián conocía a mucha gente en el barrio. A mí dejaron de hablarme dos compañeras de la gestoría. Una, Pilar, me dijo a la cara que prefería no meterse “en asuntos tan feos”. Como si acompañar a una mujer a urgencias fuese feo. Como si llevarle pañales o limpiar vómito a las tres de la mañana fuese una estrategia para robarle un piso.

Mi hermana, Beatriz, fue todavía peor.

—Lucía, aunque tengas razón legalmente, podrías renunciar. Así se termina todo.

La miré sin entenderla.

—¿Renunciar a qué? ¿A la casa o a lo que Amparo decidió?

—A vivir señalada. Tienes una hija.

Eso dolió más que la demanda. Porque tenía razón en una cosa: mi hija, Martina, empezó a escuchar comentarios en el instituto. “Tu madre se quedó con la casa de una vieja”. Llegó un día llorando y me preguntó si era verdad que yo había engañado a alguien.

Ese día me encerré en el baño y lloré sin hacer ruido. Rafael llamó a la puerta.

—No podemos seguir así —me dijo.

—¿Y qué hacemos? ¿Les damos el piso para que nos dejen en paz?

Él tardó en responder.

—No sé, Lucía. Pero tampoco quiero que Martina pague por algo que no has hecho.

Ganamos el juicio. El juez fue claro: doña Amparo había otorgado el testamento ante notario, con informes médicos favorables, y no existía prueba de manipulación. Recuerdo la sensación rara de salir del juzgado con una sentencia en la mano. Habíamos ganado, sí. Pero Carmen estaba en la acera de enfrente, llorando de rabia, y Julián ni siquiera me miró.

Nos mudamos al piso meses después. No porque quisiéramos presumir, sino porque nuestra vivienda de alquiler se nos hacía imposible. Aun así, cada vez que subo en el ascensor, me pregunto si alguno de los vecinos estará pensando lo mismo que ellos.

He conservado la butaca de doña Amparo junto a la ventana. A veces me siento ahí al atardecer y miro la calle. No sé si hice bien en aceptar aquella herencia. Sé que ella quiso dejarme ese piso. También sé todo lo que nos ha costado.

¿Habríais renunciado para recuperar la paz? ¿O defenderíais hasta el final la voluntad de una persona que os quiso de verdad?