Mi madre siempre decía que no quería depender de nadie, hasta que una mañana dejó de poder abrocharse una camisa

Ahora sé calcular más o menos cuánto duran siete días en pastillas. No porque sea especialmente bueno con los números, sino porque los domingos, después de comer, saco el pastillero de mi madre encima de la mesa de mi cocina y lo lleno con una concentración ridícula. Lunes por la mañana, lunes por la noche. Martes. Así hasta el domingo.

Mi hija, Lucía, dice que pongo la misma cara que cuando estoy haciendo la declaración de la renta. Tiene diecisiete años y ya sabe cuándo no estoy escuchando aunque le diga que sí.

Hace un año yo no tenía un pastillero en casa. Mi madre vivía sola en su piso de toda la vida, en Carabanchel, iba al mercado, bajaba a tomar café con Paqui, la vecina del tercero, y se quejaba de que yo no llamaba lo suficiente. Tenía setenta y seis años, pero era de esas personas que consideran una ofensa que les lleves una bolsa de la compra.

—Todavía tengo piernas, Dani —me decía.

Y yo lo celebraba, aunque no lo pensara así. Tener una madre autónoma era una de esas cosas que das por sentadas. Como que el ascensor funciona, que habrá leche en la nevera o que el mes que viene cobrarás lo mismo que este.

La llamada fue un martes a las ocho y veinte de la mañana. Yo estaba saliendo de casa para ir a la oficina. Trabajo llevando sistemas informáticos para una empresa pequeña de distribución, nada glamuroso: ordenadores que se quedan colgados, impresoras, contraseñas que alguien ha apuntado en un post-it y luego ha perdido.

Me llamó Paqui. No mi madre.

Dijo que había oído golpes en el rellano y que mi madre no abría. Yo no entendí nada durante unos segundos. Le repetía que igual se había dejado el móvil en otra habitación. Como si aquello pudiera arreglarse hablando despacio.

Lo siguiente fue el hospital, mi hermana Marta llegando desde Alcalá llorando y mi madre en una camilla, muy pálida, con una parte de la cara caída. Había tenido un ictus. Los médicos hablaban con calma, pero yo solo recogía palabras sueltas: observación, evolución, rehabilitación, secuelas.

Lo peor es que, al principio, parecía que iba a ser sencillo. Mi madre podía hablar. Movía las piernas. Nos dijeron que había tenido suerte dentro de lo malo. Y a mí me agarró una especie de alivio absurdo. Pensé: vale, esto es grave, pero se organiza. Se hacen turnos. Se pone una barra en el baño. Se compra una silla para la ducha. Se resuelve.

Yo siempre he sido de resolver.

Marta tiene dos niños pequeños y trabaja en una clínica dental con horarios partidos. Yo estoy divorciado, Lucía pasa conmigo semanas alternas y, en teoría, tenía algo más de margen. Así que fui yo quien habló con la trabajadora social, quien hizo fotos de la ducha, quien pidió presupuestos para adaptar el piso, quien buscó una auxiliar por horas. Me sentía útil. Cansado, pero útil.

Mi madre, en cambio, estaba furiosa.

No con nosotros exactamente. Con todo. Con su mano derecha, que tardaba una eternidad en responder. Con el bastón. Con las cucharas que se le caían. Con que Paqui la viera despeinada. Una tarde, mientras intentaba ponerse una rebeca, me soltó:

—No me mires así.

Yo ni siquiera sabía qué cara tenía.

—¿Así cómo?

—Como si ya no fuera yo.

Me salió decirle que claro que era ella, pero sonó falso incluso antes de terminar la frase. Seguía siendo mi madre, sí. La misma voz, la misma manía de guardar bolsas dentro de bolsas, el mismo carácter imposible. Pero algo se había movido y ninguno de los dos sabía nombrarlo.

A los dos meses me llamaron del trabajo. No para despedirme, ni nada tan dramático. Mi jefe me dijo que entendía la situación, que todos tenemos problemas familiares, pero que las incidencias no podían esperar a que yo saliera de rehabilitación con mi madre o de una consulta. Me propuso que cogiera una reducción de jornada temporal.

Le dije que sí demasiado rápido. Luego hice cuentas en el coche, aparcado en doble fila, y me entró un calor tremendo. La pensión de mi madre daba para sus cosas, pero la ayuda a domicilio que habíamos encontrado apenas cubría unas horas. Mi reducción significaba apretar aún más. Y Lucía quería hacer un curso de verano de inglés al acabar primero de bachillerato. No era imprescindible, ya lo sé, pero me dio rabia que la vida se pusiera a recortar justo por ahí.

No le dije nada durante días. Hacía como que miraba el móvil cuando ella hablaba del curso. Un sábado me preguntó directamente si pasaba algo.

—Nada, estoy cansado.

—Pues estás cansado todo el rato.

Me molestó que tuviera razón. Le respondí mal. Le dije que no podía estar explicándole cada cosa, que ya tenía bastante encima. Ella se encerró en su habitación y yo me quedé en el pasillo sintiéndome un imbécil.

Esa noche, por primera vez, llamé a Marta y le dije que no podía más. No “necesito que organicemos mejor los turnos”, ni “hay que mirar otra auxiliar”. Le dije exactamente eso: no puedo más.

Hubo un silencio raro. Pensé que iba a decirme que ella tampoco. Y lo dijo, pero después añadió que llevaba semanas esperando a que yo lo admitiera. Resulta que los dos estábamos haciendo el papel de persona responsable delante del otro. Como si reconocer que estábamos desbordados fuera a empeorar el ictus de mi madre.

Desde entonces las cosas no se han vuelto fáciles. Marta va dos tardes más de las que iba. Hemos solicitado la valoración de dependencia, aunque nos dijeron que puede tardar. Paqui sigue ayudando con una naturalidad que me da vergüenza y alivio a la vez. Mi madre tiene días buenos y días en los que me acusa de tratarla como a una niña. A veces tiene razón.

Lucía no hará el curso este verano. Me dijo que ya lo miraría el año que viene, y me sonrió demasiado deprisa. No sé si me perdonó que le gritara. Yo todavía no me he perdonado del todo.

El domingo pasado mi madre consiguió abrocharse sola una camisa de botones pequeños. Tardó bastante. Yo estaba a punto de acercarme y ayudarla, pero no lo hice. Cuando terminó, levantó la vista como esperando que yo dijera algo.

Solo le pregunté si quería café.

—Claro que quiero café —dijo—. Pero no ese aguachirri que haces tú.

Y por un momento fue casi normal. Casi.