“No puedo cuidar de tres personas a la vez”: el día que dejé de fingir que podía con todo
—¿Pero cómo que no vas a ir al hospital? ¡Es mi madre, Lucía!
Javier golpeó la encimera con la palma abierta. No fue muy fuerte, pero el vaso que estaba junto al fregadero tembló. Mi hijo, Mateo, dejó de hacer girar su cochecito de plástico y me miró con los ojos enormes desde el pasillo.
Eran las siete y veinte de la mañana. Yo todavía llevaba el pijama, tenía una tostada quemándose y a mi madre sentada en el salón, con la pierna derecha rígida y la mirada perdida en la televisión apagada.
—Tu madre lleva tres noches en cuidados intensivos —dije, bajando la voz para que Mateo no se asustara más—. Mi madre necesita que la ayude a levantarse para ir al baño. Mateo entra al cole a las nueve. Y yo llevo dos horas despierta porque se ha hecho pis en la cama. No puedo partirme en tres, Javier.
Él se pasó las manos por la cara. Tenía ojeras, sí. También estaba sufriendo. Pero eso no hacía desaparecer lo que yo llevaba meses tragándome.
—Siempre encuentras una excusa —murmuró.
Aquella frase me dolió más de lo que debería. O quizá no. Quizá dolió exactamente lo que tenía que doler después de tantos días sintiendo que mi vida era una lista infinita de pastillas, pañales, comidas trituradas, llamadas médicas y horarios que nadie respetaba.
Mi madre, Carmen, había sufrido un ictus dos meses antes. Fue un martes, mientras preparaba lentejas. La encontraron los vecinos sentada en el suelo de la cocina, con la cuchara aún en la mano y media cara caída. Cuando llegué al hospital, no podía hablar bien. Me apretó los dedos y lloró. Yo le prometí que no la iba a dejar sola.
No sabía que esa promesa iba a convertirse en una piedra encima del pecho.
Al principio parecía posible. Mi hermana Pilar vive en Zaragoza y decía que bajaría “en cuanto pudiera”. Mi hermano Sergio trabaja repartiendo mercancía y siempre tenía una ruta imposible. Javier me aseguró que entre todos nos organizaríamos.
Pero “entre todos” acabó significando yo.
Yo pedía cita con rehabilitación. Yo preparaba la medicación en una cajita con los días de la semana. Yo la ayudaba a ducharse mientras ella, avergonzada, me decía:
—Hija, perdóname. No quiero darte trabajo.
Y yo contestaba que no pasaba nada, aunque por dentro estuviera contando cuánto faltaba para acostar a Mateo, poner una lavadora y revisar los correos del trabajo. Porque seguía trabajando desde casa para una gestoría pequeña, cuatro horas al día, cuando Mateo me dejaba. O cuando mi madre dormía. O cuando el mundo, por pura casualidad, se quedaba quieto media hora.
Luego vino lo de Rosario, la madre de Javier.
Una insuficiencia respiratoria, dijeron. Ingreso urgente. Neumonía complicada. Al principio pensamos que saldría pronto, porque Rosario siempre había sido una mujer fuerte, de las que suben cuatro pisos con bolsas del mercado y aún te regañan por no comer suficiente. Pero empeoró. La sedaron. Empezaron las palabras que nadie quiere oír: “estado crítico”, “pronóstico reservado”, “hay que esperar”.
Javier se instaló prácticamente en el hospital. Lo entendía. Era su madre.
Lo que no entendía era que, cuando volvía a casa roto de cansancio, esperaba encontrar la cena hecha, al niño dormido, a mi madre atendida y a mí disponible para abrazarlo sin decir ni una palabra.
Una noche, mientras le calentaba un plato de tortilla, me vio llorando en silencio frente al microondas.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó.
Ni siquiera lo dijo con maldad. Lo dijo agotado. Y eso fue peor.
—No sé cuándo fue la última vez que me senté sin que alguien me necesitara —le respondí.
Javier dejó la mochila en el suelo.
—Lucía, mi madre se está muriendo.
—Y yo me estoy hundiendo delante de ti.
Se quedó callado. Yo también. Desde la habitación, Mateo tosió entre sueños. Mi madre llamó mi nombre muy bajito desde el salón porque no encontraba el mando de la televisión.
Fui hacia ella antes de que Javier dijera nada. Como siempre.
A la mañana siguiente tuve un ataque de ansiedad en la puerta del colegio. Mateo se agarraba a mi abrigo porque no quería entrar. Mi madre estaba en casa con la cuidadora que habíamos contratado dos horas, pagadas de mi bolsillo porque Javier decía que ya íbamos “muy justos”. Y yo sentí que no podía respirar.
No lloré. Ni siquiera tuve fuerzas para eso.
Me senté en un banco, con el móvil vibrando. Era Sergio.
“Este mes no puedo ir, Lu. Ya sabes cómo está todo.”
Después Pilar.
“Podríais mirar un centro de día para mamá, pero ella se va a sentir abandonada.”
Abandonada.
Esa palabra me perseguía. ¿Abandonar era buscar un sitio donde la ayudaran a rehabilitarse, donde hablara con gente de su edad y no pasara las tardes viendo concursos mientras yo corría de una habitación a otra? ¿O abandonarme a mí misma era lo correcto, porque era hija, esposa y madre?
Esa tarde hablé con la trabajadora social del centro de salud. Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, tenía la garganta seca.
—No es usted mala hija por necesitar apoyo —me dijo—. Cuidar también es saber hasta dónde se puede llegar.
Salí de allí con información sobre ayuda a domicilio, dependencia y un centro de día a veinte minutos en autobús. Guardé los papeles en el bolso como si escondiera una traición.
Javier explotó cuando se lo conté.
—¿Quieres mandar a tu madre a un sitio para quitártela de encima?
Sentí una rabia tan limpia que me temblaron las manos.
—No la quiero quitar de encima. Quiero poder seguir siendo su hija y no convertirme en una cuidadora enfadada que le habla mal porque no puede más.
—Pues mi madre jamás iría a una residencia.
—Tu madre está en la UCI, Javier. Y si sale, tampoco voy a ser yo quien se encargue sola de ella. No voy a hacerlo.
Él me miró como si no me reconociera.
—¿Cómo puedes decir eso ahora?
—Porque si no lo digo ahora, voy a acabar en urgencias o voy a acabar odiándoos a todos. ¿Eso es lo que quieres?
Mateo estaba detrás de la puerta del salón. No nos había oído todo, pero sí lo suficiente. Tenía el labio temblando.
—Mamá, ¿la abuela Carmen está malita por mi culpa?
Me arrodillé delante de él y lo abracé tan fuerte que me dolieron los brazos.
—No, cariño. Nadie tiene la culpa. Pero mamá también necesita que la cuiden un poco.
Esa misma noche, Javier no fue al hospital. Se quedó sentado en la cocina, mirando la mesa llena de papeles. Solicitudes. Teléfonos. Precios. Horarios.
—No sabía que estabas así —dijo al fin.
Me reí, pero no tenía gracia.
—Claro que lo sabías. Lo veías. Solo que los dos hemos decidido mirar a otro lado.
Dos semanas después, Rosario falleció. Javier estuvo destrozado. Lloró contra mi pecho como un niño, y yo lo sostuve. No porque hubiera olvidado lo que me dijo, sino porque el dolor no se mide como una deuda.
Mi madre empezó a ir al centro de día tres mañanas por semana. El primer día no quiso hablarme al despedirse. Me sentí horrible. Pero al volver, me contó que había hecho ejercicios con una terapeuta y que una señora llamada Dolores le había enseñado fotos de sus nietos.
—No está tan mal —admitió, sin mirarme directamente—. Pero no te acostumbres, ¿eh?
Me reí por primera vez en mucho tiempo.
Javier y yo repartimos un calendario en la nevera. Él se encarga de llevar a mi madre a rehabilitación los martes. Sergio viene dos sábados al mes, aunque a veces pone excusas y aún tenemos discusiones. Pilar aporta dinero para la ayuda a domicilio. No es perfecto. Nada lo es.
Pero ya no soy la única que sabe dónde están las recetas, las llaves, los informes médicos y los pañales de repuesto.
A veces me sigo sintiendo culpable. Supongo que se me pasará despacio. Lo que sí sé es que querer a los tuyos no debería obligarte a desaparecer.
¿En qué momento nos enseñaron que una mujer tiene que poder con todo? ¿Y por qué pedir ayuda sigue pareciendo una derrota?