Su marido ingresó de urgencia por una intoxicación en Madrid… y ella descubrió que no había cenado donde dijo
La llamada entró a las dos y diecisiete de la madrugada. Me acuerdo de la hora porque miré el móvil medio dormida y pensé que sería mi hijo, que vive compartiendo piso en Valencia y a veces se le olvida que aquí no son las mismas horas de salir que cuando él tenía dieciocho años.
Pero era una voz de mujer, seria, que me preguntó si era la esposa de Javier Molina. Dijo que había ingresado por Urgencias en el Hospital Universitario La Paz con un cuadro fuerte de intoxicación alimentaria. Que estaba consciente, que le estaban poniendo suero y controlándolo, pero que convenía que fuera alguien de la familia.
Yo no pregunté casi nada. Me vestí con lo primero que encontré, cogí las llaves y pedí un Cabify porque no me veía conduciendo. Mientras bajaba en el ascensor recordé que Javier me había dicho al mediodía que cenaba con unos clientes. Me había mandado incluso un mensaje a las nueve y pico: “Se alarga esto, no me esperes”.
No me extrañó. Trabaja en una empresa de distribución, lleva cuentas grandes y las cenas de empresa, los viajes y los mensajes a horas raras han formado parte de nuestra vida desde hace años. A mí nunca me han gustado, pero supongo que me acostumbré. Como una se acostumbra a tantas cosas después de veinte años casada.
En la sala de espera había poca gente. Un señor mayor dormía sentado con la cabeza torcida y una chica hablaba bajito por teléfono junto a una máquina de café. Y, al fondo, vi a una mujer de unos cuarenta y tantos, con un abrigo beige y el rímel corrido. Tenía una bolsa de papel sobre las rodillas.
No la conocía.
Cuando dije el nombre de Javier en el mostrador, ella levantó la mirada. Fue solo un segundo, pero nos reconocimos sin habernos visto nunca. O, mejor dicho, yo entendí que ella sabía perfectamente quién era yo.
La enfermera me explicó que Javier estaba estable y que en cuanto terminaran unas pruebas podría pasar a verlo. Después señaló la bolsa que tenía aquella mujer.
—Ella ha traído sus cosas. Venía con él.
La mujer se levantó tan rápido que tiró la bolsa al suelo. Salieron el móvil de Javier, su cartera, las gafas y una cajita de pastillas para el estómago que yo le había comprado la semana anterior.
Me dijo que se llamaba Nuria. No sé si lo dijo antes o después de que yo preguntara quién era. Tengo ese rato como cortado, con imágenes sueltas. El suelo gris, una botella de agua a medio beber, sus manos temblando mientras recogía la cartera.
—Somos compañeros —dijo.
Yo asentí, porque era lo que se suponía que tenía que decir. Pero ella no dejó la frase ahí. Se quedó mirándome y añadió:
—Bueno… no solo eso.
Creo que podría haberle gritado. En mi cabeza, de hecho, lo hice. En la realidad me senté. Tenía las piernas flojas. Le pregunté cuánto tiempo, y ella se puso a llorar de una forma muy contenida, tapándose la boca para no hacer ruido.
—No quería que te enteraras así.
Esa frase me dio una rabia absurda. Como si hubiera una manera limpia de enterarse de algo así. Como si el lugar fuera el problema: una sala de espera de Urgencias, a las tres de la mañana, en vez de la mesa de mi cocina.
Nuria me contó que habían cenado solos en un restaurante cerca de Plaza de Castilla. Me dijo que Javier se empezó a encontrar mal al salir, que vomitó en la calle y que ella llamó al 112. No quiso entrar en detalles, pero tampoco hizo falta. Llevaban años. Años. No una aventura de una noche ni unos mensajes tontos.
Siete años, me dijo después.
Siete años.
Nosotros llevábamos veinte casados y veinticuatro juntos.
Cuando por fin me dejaron pasar, Javier tenía la cara amarillenta y una vía en el brazo. Parecía más pequeño de lo normal en aquella camilla. Al verme, cerró los ojos. Ni siquiera intentó preguntar por nuestro hijo, por mi madre o por cualquier cosa que pudiera retrasar el momento.
—Elena…
Le dije que no hablara. No por consideración, sino porque no podía soportar oír su voz diciendo mi nombre como todos los días.
Nuria se fue antes de que amaneciera. Oí cómo se despedía de una enfermera, aunque no la vi salir. Javier me dijo luego que ella también tenía pareja, que llevaba tiempo intentando dejar aquella relación, que habían roto varias veces. Lo dijo como si esos intentos fallidos convirtieran algo en menos grave.
No sé cuánto de todo lo que me contó esa mañana es verdad. Él asegura que no han vivido una doble vida “de verdad”, que no había una segunda casa ni gastos ocultos importantes, que jamás pensó en dejarme. Y esa última parte, curiosamente, es de las que más me ha dolido. Porque significa que para él era posible seguir conmigo, cenar conmigo los domingos, ir a ver a mi madre, celebrar los cumpleaños de nuestro hijo, y a la vez reservar una parte de su vida para otra persona durante siete años.
Yo también he repasado cosas. Viajes de trabajo que ahora no sé si fueron trabajo. Tardes en las que decía que se quedaba cerrando una presentación. Una Navidad en la que estuvo extrañamente callado. El cambio de contraseña del móvil, que justificó porque en su empresa les obligaban a renovarlas. Todo encaja y, al mismo tiempo, no encaja nada, porque el Javier que yo conocía también era el que me acompañó cada día al hospital cuando operaron a mi padre. Era el que se levantaba antes que yo para preparar café. El que se preocupaba demasiado por nuestro gato cuando estuvo enfermo.
Eso es lo que me está volviendo loca. Que no puedo colocarle en una sola casilla. No es un desconocido completo, pero tampoco sé quién era mientras yo hacía la compra, pagaba la hipoteca y pensaba que nuestra rutina era, aunque aburrida a veces, nuestra.
Han pasado tres semanas. Javier ya está bien de la intoxicación y duerme en el sofá desde que volvió del hospital. Nuestro hijo sabe que estamos pasando una crisis, pero no le hemos contado los detalles. Tiene veintidós años y bastante tiene con empezar a buscar trabajo al terminar el máster. Me siento cobarde por ocultárselo, aunque también me da vergüenza que se entere así de su padre.
Javier ha pedido cita con una psicóloga de pareja en Chamberí. La encontró él. Dice que irá aunque yo decida divorciarme, porque necesita entender por qué ha sido capaz de hacer esto. Yo todavía no sé si quiero sentarme delante de una desconocida y escuchar nuevas versiones de los hechos durante una hora cada semana.
Ayer, sin embargo, fui a una gestoría cerca de casa y pregunté qué papeles harían falta si decidiéramos separarnos. Solo pregunté. Salí con una lista doblada dentro del bolso y me fui a comprar pan, como si no acabara de informarme sobre cómo desmontar mi matrimonio.
Esta tarde tenemos la primera sesión. No he preparado nada. Javier me ha preguntado si quería ir en coche juntos y le he dicho que no, que iré andando. Está a media hora.
Puede que llegue tarde. Puede que ni siquiera entre. De momento, la lista sigue en mi bolso y él sigue durmiendo en el sofá.