Volvió a casa para cuidar de su padre y, sin darse cuenta, empezó a desaparecer de su propia vida
Tengo 43 años y desde hace un año vivo otra vez en el piso donde crecí, en Delicias, Zaragoza. No porque me hiciera ilusión volver ni porque estuviera mal con mi vida anterior. Volví porque mi padre tuvo un ictus leve y, aunque se recuperó bastante bien, empezó a tener despistes que daban miedo.
Una mañana dejó el gas encendido. Otra se bajó a por pan en zapatillas y no supo volver desde la avenida de Madrid. Son cosas que, contadas así, parecen pequeñas. Cuando te pasan cerca, ya no lo son.
Mi madre murió hace nueve años. Somos tres hermanos: Rubén, el mayor, vive en Huesca con su mujer y dos críos; Natalia está en Valencia y trabaja en una clínica dental; y luego estoy yo. Yo vivía de alquiler en un estudio por la zona de la Universidad, trabajaba como diseñadora gráfica por mi cuenta y no ganaba una barbaridad, pero me apañaba. Tenía mis clientes, mis rutinas, una amiga con la que iba a nadar los martes. Mi vida era bastante normal.
Cuando mi padre salió del hospital, hicimos una comida familiar en casa de Rubén. En realidad fue más una reunión que una comida. Había macarrones fríos para los niños y un ambiente raro, como de estar negociando algo sin decirlo claramente.
Rubén fue el primero en soltarlo.
—Papá no puede seguir solo.
Nadie discutió eso.
Natalia dijo que podía subir algunos fines de semana, aunque no todos, porque entre el trabajo y el tren… Ya se sabe. Rubén explicó que los niños tenían extraescolares, que su mujer hacía turnos, que Huesca estaba a una hora y pico si no había tráfico. Todo era verdad. No les estoy quitando razón.
Yo dije que podía pasarme un par de tardes a la semana, ayudar con la compra y acompañarlo a las revisiones que pudiera.
Mi padre, que hasta ese momento no había hablado casi nada, me miró y dijo:
—Tú eres la que mejor se maneja con estas cosas.
No sé ni qué quiso decir. Quizá que no tengo hijos. Quizá que trabajo desde casa. Quizá que soy mujer. Nunca se lo pregunté.
Dos semanas después ya había llevado cajas desde mi piso al suyo. Fue “de momento”, hasta que él estuviera más seguro. Dejé el alquiler porque se me hacía imposible pagar las dos cosas y porque mi casera tenía a otra persona esperando. En ese momento me pareció una decisión práctica. Incluso me sentí útil. Todo el mundo me daba las gracias.
Las gracias duraron poco. Las tareas, no.
Mi padre no es un hombre malo. Siempre ha sido seco, de los que demuestran cariño arreglándote una persiana o dejándote un tupper de lentejas en la nevera. Pero después del ictus se volvió más dependiente y más desconfiado. Quería saber adónde iba si salía más de una hora. Me llamaba al móvil aunque estuviera en la farmacia de abajo. Si quedaba con alguien, preguntaba a qué hora volvía.
Al principio lo entendía. Tenía miedo. Yo también.
Lo que empezó a desgastarme no fue solo él. Fue la manera en que mi familia empezó a hablar de mí como si yo fuera una extensión de la casa.
En el grupo de WhatsApp ponían: “¿Alguien puede llevar a papá al podólogo?”. Y antes de que yo leyera el mensaje, Rubén respondía: “Laura se encarga”.
O Natalia escribía: “Hay que mirar lo de la teleasistencia”. Y añadía: “Laura, tú sabrás qué papeles piden”.
Una vez estaba con fiebre, de verdad, en cama, y Rubén me llamó para decirme que el médico de cabecera había cambiado una cita. Le dije que no podía ir. Hubo un silencio incómodo y luego soltó:
—Bueno, pues si no puedes, ya veremos cómo lo hacemos.
No fue una bronca. Pero me dejó como si hubiera fallado en algo que ya era mi obligación.
Empecé a rechazar trabajos. No porque mi padre necesitara atención las veinticuatro horas, sino porque nunca sabía cuándo iba a aparecer una urgencia pequeña: una receta, una bombilla, una carta del banco que no entendía, una tarde en la que decía que le dolía el pecho y luego era ansiedad. Trabajar con esa sensación encima era imposible. Perdí dos clientes fijos y no se lo conté a nadie.
Me daba vergüenza, como si fuera culpa mía no organizarme mejor.
La cosa explotó por una tontería. O por algo que parecía una tontería.
Un sábado, Natalia vino desde Valencia. Hacía meses que no coincidíamos los tres. Yo había quedado para cenar con una chica que estaba conociendo. No era nada serio todavía, pero me apetecía arreglarme, salir sin mirar el móvil cada diez minutos y hablar de otra cosa.
Se lo dije a mis hermanos una semana antes: ese sábado por la tarde y por la noche no estaría. Mi padre estaría perfectamente con Natalia, y Rubén dijo que también pasaría un rato.
A las siete y media, cuando ya estaba poniéndome el abrigo, mi padre empezó con que se encontraba raro. No tenía fiebre, no le dolía nada concreto. Repetía que le faltaba el aire. Natalia estaba sentada en el sofá, con el móvil en la mano, y me dijo:
—Es que contigo se calma más.
La miré. No sé qué cara puse, pero ella enseguida añadió:
—No lo digo a malas, Laura.
Y eso me encendió más todavía. Porque nadie dice “a malas” cuando te está dejando un peso encima. Se lo están quitando de encima, simplemente.
Llamé al 061. Me atendieron, me hicieron unas preguntas y nos indicaron que, si no había signos de alarma, vigiláramos y contactáramos con su centro de salud si seguía así. Mientras hablaba, mi padre se había quedado medio dormido en el sillón.
Mi cita me escribió a las nueve: “¿Todo bien?”. Yo le contesté que no podía ir. No di explicaciones. Ella respondió con un “vale, cuídate” que me pareció educado y lejano. No volvimos a quedar.
Después, Rubén llegó con una bolsa de rosquillas, como si viniera de visita. Dijo que quizá no era para tanto y que yo estaba muy nerviosa últimamente.
Le pregunté cuándo había sido la última vez que él había cancelado algo por papá.
Se puso serio. Me dijo que no podíamos convertir el cuidado de nuestro padre en una competición. Tenía razón, y aun así me dieron ganas de tirarle las rosquillas a la cara.
Esa noche dormí en mi antiguo cuarto, que ahora tiene un armario lleno de abrigos de mi madre que nadie se decide a donar. Escuchaba a mi padre respirar al otro lado del pasillo y me sentí horrible por pensar que quería irme. Horrible de verdad. Como si desear mi vida fuese desear que él estuviera peor o que desapareciera.
El lunes siguiente pedí cita con la trabajadora social del centro de salud. Fui sola. Me explicó opciones de ayuda a domicilio, valoración de dependencia y teleasistencia. No prometió milagros; me dejó claro que los trámites llevan tiempo y que hay recursos limitados. Pero por primera vez alguien me habló de mi padre sin dar por hecho que yo era el recurso infinito.
Cuando se lo conté a mis hermanos, Rubén dijo que le parecía bien. Natalia dijo que sí, claro, pero que había que valorar si “merecía la pena meter a extraños en casa”. Mi padre no quiso oír nada. Dijo que no necesitaba que lo cuidaran, que todavía podía hacer muchas cosas.
Y puede. Algunas.
Ayer encontré un anuncio de una habitación en alquiler cerca de donde vivía antes. No es un estudio como el mío. Es una habitación en un piso compartido con dos chicas más jóvenes, y me da un poco de apuro a mi edad. He calculado números tres veces. Si recupero algún cliente y dejo de hacerme cargo de todos los gastos de esta casa, podría permitírmelo.
No he llamado todavía.
Esta mañana mi padre me ha preguntado si iba a bajar a comprar pan, y le he dicho que no, que hoy tenía que trabajar. Me ha mirado raro, como si esa frase fuera nueva. Luego ha asentido y se ha puesto a buscar sus zapatillas.
No sé si voy a ser capaz de irme del todo. Pero he guardado el teléfono de la habitación y he puesto una alarma para llamar esta tarde.