Mi mejor amiga desapareció el día que fue madre, y casi perdemos veinte años de amistad por no saber decirnos la verdad

—¿De verdad vas a irte ahora? —me soltó Lucía en la puerta de su piso, con el pequeño Mateo llorándole pegado al cuello y la cena fría sobre la mesa.

Yo tenía el abrigo puesto. Había aguantado casi dos horas sentada en aquel sofá lleno de juguetes, escuchándola hablar de pañales, mocos, pediatras y rabietas. Ni una pregunta sobre mi madre, que acababa de salir del hospital. Ni una sobre el ascenso que me habían dado en el trabajo.

—No me voy “ahora”, Lucía. Me voy porque llevo meses intentando hablar contigo y parece que ya no hay sitio para mí.

Su cara cambió. Primero se quedó quieta. Luego apretó los labios, como hacía siempre cuando algo le dolía pero no quería admitirlo.

—Claro. Porque tú no tienes hijos y no entiendes nada.

Esa frase fue como una puerta cerrándose.

Lucía y yo nos conocíamos desde los quince años. Éramos de un barrio de Zaragoza donde todo el mundo sabía la vida de todo el mundo. Pasábamos las tardes en un banco de la plaza, compartiendo pipas y planes que entonces nos parecían enormes: irnos a vivir solas, viajar, trabajar en algo que no nos diera vergüenza contar en Navidad.

Estuvimos juntas en casi todo. Ella me acompañó cuando mi padre murió. Yo le sujeté el pelo una noche entera, en el baño de mi antigua casa, cuando descubrió que su novio le había sido infiel. Cuando conoció a Sergio, yo fui la primera a la que llamó.

—Este es distinto, Irene. Con este me siento tranquila.

Y era verdad. Sergio era un hombre paciente, de esos que escuchan antes de hablar. Se casaron un sábado de junio, con calor insoportable y sangría en vasos de plástico. Yo firmé como testigo.

Cuando Lucía se quedó embarazada de Alba, me emocioné de verdad. Le regalé un álbum pequeño y escribí en la primera página: “Para que no olvides quién eras antes de que el mundo se ponga patas arriba”. Ella se rio.

—Qué tonta eres.

No sabía que aquella frase acabaría persiguiéndome.

Los primeros meses entendí que estuviera desaparecida. El parto fue complicado y Alba lloraba muchísimo. Le llevaba comida, doblaba ropa mientras ella dormía un rato, salía a pasear con el carrito para que pudiera ducharse sin prisa. No me costaba. Era mi amiga.

Pero después nació Mateo, y todo se hizo más pequeño alrededor de Lucía. O, mejor dicho, todo lo demás dejó de existir.

Si quedábamos a tomar un café, llegaba tarde y se pasaba el rato mirando vídeos de Alba en la guardería. Si yo le contaba algo, asentía sin escuchar.

—Perdona, ¿qué has dicho? Es que Mateo lleva dos noches con fiebre.

Al principio no me molestaba. Luego empecé a notarlo todo: los cumpleaños olvidados, los audios que no contestaba, las invitaciones a cenar que aceptaba y cancelaba media hora antes. Una vez le mandé una foto desde la puerta del hospital, esperando noticias de mi madre. Me respondió tres días después con una foto de un sarpullido en la barriga de Mateo.

No preguntó cómo estaba mi madre.

Ni siquiera después.

Álvaro, mi marido, fue el primero que me dijo lo que yo no quería escuchar.

—Irene, no puedes seguir justificándola siempre.

—Está agotada.

—Sí, pero estar agotada no le da derecho a tratarte como si fueras un mueble.

Me enfadé con él. Muchísimo. Porque, en el fondo, tenía razón y yo aún no quería tenerla.

La discusión grande llegó en el cumpleaños de Álvaro. Hicimos una comida sencilla en casa. Nada especial: tortilla, ensaladilla, una tarta que compré a última hora en la pastelería de debajo. Lucía aseguró que vendría con Sergio y los niños.

Aparecieron casi dos horas tarde.

Alba entró llorando porque quería ver dibujos. Mateo tiró un vaso de refresco sobre el mantel. Lucía ni pidió perdón; se sentó, sacó una bolsita de galletas y empezó a dárselas a los niños mientras todos intentábamos hablar por encima de los gritos.

Álvaro se acercó a ella con cuidado.

—Lucía, si quieres ponemos dibujos un rato en la habitación. Así los adultos podemos charlar tranquilos.

Ella levantó la mirada como si le hubiera insultado.

—Mis hijos no molestan.

—No he dicho eso.

—Pues lo parece. Desde que llegamos tienes una cara…

Álvaro respiró hondo. Yo lo vi tensar la mandíbula.

—La cara la tengo porque es mi cumpleaños y ni siquiera me has felicitado.

Se hizo un silencio rarísimo. De esos que te hacen oír hasta la nevera.

Lucía me miró a mí, esperando que la defendiera. Y no pude.

—Podías haberle felicitado, Lucía —dije bajito.

Ella se levantó de golpe. Mateo empezó a llorar otra vez, asustado.

—Perfecto. Ya veo lo que pensáis de mí. Que soy una madre pesada, una persona insoportable. Pues no vuelvo a molestaros.

Sergio recogió las chaquetas sin decir nada. Antes de salir, me miró con una vergüenza triste que todavía recuerdo.

No hablamos durante nueve meses.

Nueve meses en los que yo me repetía que había hecho lo correcto. Nueve meses en los que, cada vez que pasaba por la plaza donde crecimos, me acordaba de ella. Me daba rabia echarla de menos. Me daba más rabia aún pensar que quizá Lucía también estaba sola y no sabía cómo volver.

Porque yo conocía a mi amiga. O creía conocerla.

Una tarde de noviembre me llegó un mensaje suyo. Solo decía: “¿Podemos hablar? No hace falta que me perdones”.

Tardé una hora en contestar. Luego escribí: “Mañana, en el café de la plaza”.

Llegó diez minutos antes. Sin niños. Me impresionó verla así, con vaqueros, el pelo recogido de cualquier manera y unas ojeras que no se podían disimular con maquillaje.

Se sentó frente a mí y rompió a llorar antes de pedir un café.

—No sé quién soy, Irene —dijo—. Todo el mundo me pide cosas. Los niños, Sergio, el colegio, mis padres… Y yo intento hacerlo perfecto. Si no soy madre todo el rato, siento que estoy fallando.

Me quedé callada. Había imaginado ese momento tantas veces que pensé que tendría un discurso preparado. Pero verla llorar me quitó las frases de la boca.

—Yo no quería que fueras perfecta —le dije—. Solo quería que siguieras siendo mi amiga.

Lucía se secó la cara con una servilleta.

—Y yo pensé que si me decías que te sentías apartada era porque no querías a mis hijos.

—No era eso.

—Ya lo sé. Ahora lo sé.

Le conté lo de mi madre, lo sola que me sentí, el enfado de Álvaro, mis ganas de llamarla y mi orgullo absurdo. Ella escuchó. De verdad. Sin mirar el móvil ni interrumpirme para hablar de otra cosa. Aquello, tan pequeño, me hizo un nudo en la garganta.

No volvimos a ser las chicas de quince años. Sería mentira decirlo. Lucía sigue teniendo que cancelar planes a veces. Sus hijos siguen ocupando gran parte de su vida, como es normal. Y yo aprendí que no puedo pedirle que viva como antes.

Pero ella también empezó a ir a clases de cerámica una tarde por semana. Sergio se queda con los niños y, algunos viernes, Lucía y yo tomamos una cerveza aunque sea una hora. A veces hablamos de Alba y Mateo. Otras veces hablamos de series, de trabajo, de nuestras madres, de cualquier tontería. Como antes, pero no igual.

La maternidad la cambió. Y nuestra amistad también tuvo que cambiar para no romperse del todo.

Aún me pregunto cuántas amistades se pierden no por falta de cariño, sino por no atreverse a decir: “Te echo de menos”.

¿Vosotros habríais insistido o habríais dejado marchar a una amiga así?