Mi hermana me dijo que no podía seguir cuidando de nuestro padre: yo llevaba cinco noches sin dormir
No sé en qué momento dejé de llamar a mi hermana para contarle cómo estaba nuestro padre y empecé a llamarla solo para preguntarle si podía venir.
Supongo que fue poco a poco. Al principio eran cosas pequeñas. Que acompañara a papá a una revisión en el ambulatorio porque yo tenía una reunión. Que pasara por la farmacia. Que se quedara una tarde mientras yo hacía la compra tranquilo, sin mirar el móvil cada dos minutos por si se había caído.
Luego mi padre tuvo el ictus.
No fue de esos que salen en las películas, de ambulancia a toda velocidad y médicos corriendo por un pasillo. Estaba desayunando en casa, en Móstoles, y de repente empezó a hablar raro. Se le cayó la taza, aunque él insistía en que no se le había caído, que la había dejado ahí. Mi hija, que entonces tenía nueve años, fue la que dijo que llamáramos al 112 porque al abuelo se le torcía la boca.
Después del hospital volvió a casa con más secuelas de las que nos habían hecho pensar. Caminaba, sí, pero arrastrando una pierna. Entendía todo, aunque a veces se quedaba mirando la tele con esa cara de no saber dónde estaba. Lo peor era que se enfadaba cuando le ayudábamos. Mi padre había sido conductor de autobús toda la vida. Un hombre de levantarse a las cinco sin protestar. Tener que pedir que le abrieran un yogur lo humillaba más de lo que decía.
Yo vivía a diez minutos. Mi hermana, Laura, a media hora, en Alcorcón. Ella tiene una tienda de flores pequeña con su marido. No les va mal, pero tampoco viven sobrados. Yo trabajo en mantenimiento en una residencia universitaria y, aunque me cambiaron algunos turnos, acabé pidiendo una reducción de jornada. Mi ex decía que me estaba metiendo en un problema que no podía sostener. En eso, con todo el dolor, no le faltaba razón.
Laura vino mucho al principio. Los primeros meses, muchísimo. Traía comida hecha, lavaba ropa, conseguía hablar con papá cuando él se ponía terco. Tiene una forma de decirle las cosas que yo no tengo. Yo le decía: “Papá, te tienes que duchar”. Y él respondía que le dejara en paz. Ella aparecía con una toalla limpia y decía: “Venga, Antonio, que hueles a radiador viejo”, y al final se reía y la dejaba hacer.
Por eso me dolió tanto cuando empezó a marcar distancia.
No fue de golpe. Primero dejó de venir los domingos porque eran los únicos días que tenía para ir con su marido y los niños a comer a casa de sus suegros o salir por ahí. Después me pidió que no la llamara a partir de las diez de la noche salvo que fuera una urgencia de verdad. Yo entendía las palabras, pero por dentro me parecía que cualquier cosa podía convertirse en una urgencia de verdad.
Una noche mi padre se levantó desorientado. Se cayó entre la cama y la mesilla. No se hizo nada grave, pero yo no podía levantarlo solo. Laura no cogió el teléfono. La llamé seis veces. A la séptima me escribió: “Estoy con los niños dormidos. ¿Has llamado al 112?”
No había llamado porque no quería montar ese lío por una caída sin golpe. Al final conseguí incorporarlo apoyándolo en una silla y tirando de él como pude. Me hice daño en la espalda. Él lloró de rabia, sin hacer ruido. Yo terminé sentado en el suelo del pasillo, sudando, y durante unos segundos sentí algo horrible: ganas de salir por la puerta y no volver hasta el día siguiente.
A la mañana siguiente Laura vino con churros. Como si nada. Me dio un beso y se puso a hablar de una comunión a la que iba a ir su hijo mayor.
Yo exploté. No grité al principio. Le dije que no podía desaparecer por las noches, que yo no era una máquina, que ella tenía una vida porque alguien estaba renunciando a la suya.
Ella se quedó muy quieta, con la bolsa de papel en la mano.
—No he desaparecido, Dani. He estado trabajando todo el día y luego con mis hijos. Estaba dormida.
—Ya, y yo, ¿qué? ¿Yo no puedo dormir nunca?
—No he dicho eso.
—Pues es lo que pasa.
Mi padre estaba en el salón, con la radio puesta demasiado alta. No sé si nos oía. Seguramente sí. Laura bajó la voz.
—Yo voy tres tardes a la semana, te cubro cuando tienes médicos y he pedido días libres. Pero no puedo estar disponible cada minuto. No puedo.
Me sentó fatal que lo dijera tan claro. Quería que se sintiera culpable. Ahora lo reconozco. Quería verla llorar y que dijera que tenía razón, que iba a reorganizar su vida, que nosotros éramos lo primero. Una cosa infantil, supongo. Como si todavía tuviéramos doce años y hubiera que elegir quién quería más a papá.
Le dije que, si fuera al revés, yo no la dejaría sola.
Ella tardó un momento en contestar.
—Eso no lo sabes. Porque no te ha tocado a ti tener dos hijos, un negocio que apenas aguanta y un marido que ya está harto de que cada plan se caiga por esto.
Me pareció injusto. Yo también tengo una hija, aunque vive con su madre y la veo fines de semana alternos. También tengo trabajo. También tengo espalda, aunque aquella noche parecía que me la habían partido. Pero me callé porque, en el fondo, entendí una parte de lo que decía y eso me enfadó aún más.
Durante semanas hablamos solo de cosas prácticas. “El fisio viene a las cinco.” “Faltan empapadores.” “Papá tiene cita el martes.” Parecíamos compañeros de piso gestionando una avería.
Mi tía Pilar, hermana de mi padre, decía que Laura era una egoísta. Lo decía mientras se tomaba el café en mi cocina y luego se marchaba antes de que hubiera que cambiarle el pañal a nadie. Yo asentía, porque necesitaba que alguien me diera la razón. Pero cuando ella se iba, me quedaba con mal cuerpo.
La trabajadora social nos explicó opciones de ayuda a domicilio y nos dio información para solicitar la dependencia. Todo iba lento, como casi todo lo que depende de papeles, valoraciones y llamadas. Conseguimos que una auxiliar viniera unas horas varios días por semana. No solucionó la vida, pero me permitió volver a hacer una compra sin correr y, una vez, sentarme en un bar con un café sin tener el teléfono encima de la mesa.
Laura siguió yendo. Menos de lo que yo quería, más de lo que ahora me parece justo exigirle. A veces llega con prisa y está mirando el reloj. A veces discute con papá porque él la acusa de abandonarlo. Otras veces le pinta las uñas de los pies, algo que a él le da una vergüenza terrible, y terminan riéndose de cualquier tontería.
Hace dos semanas me preguntó si podíamos contratar a alguien una noche al mes para que yo descansara fuera de casa. Le dije que no nos lo podíamos permitir. Ella dijo que quizá podía poner una parte. No era una solución grande. Ni siquiera sé si podremos hacerlo todos los meses.
Pero esa tarde, cuando se fue, dejó en la encimera un táper de lentejas y una nota que decía: “El sábado puedo quedarme hasta el domingo después de comer. Haz algo que no sea comprar en el Mercadona.”
La nota sigue pegada con un imán en la nevera. No porque haya arreglado nada. Hay días en que sigo pensando que estoy solo en esto. Y días en que me da vergüenza haber esperado que mi hermana sacrificara su casa, sus hijos y hasta su descanso para demostrarme que nos quiere.
Este sábado he quedado con un amigo para ver un partido y cenar algo. Todavía no sé si seré capaz de no volver antes de tiempo. Llevo tanto pendiente de la puerta de mi padre que hasta me cuesta estar una hora sin escucharla.