Mi prometido canceló nuestra boda después de que su familia descubriera que yo no podía tener hijos

No guardé el traje. Eso es lo más absurdo que se me quedó de todo aquello.

Lo dejé colgado durante meses en la puerta del armario, dentro de la funda transparente, como si un sábado cualquiera fuese a ponérmelo para ir al ayuntamiento con Sergio. De vez en cuando entraba al dormitorio, lo veía allí y cerraba sin tocarlo. Ni siquiera tenía fuerzas para llevarlo a la tintorería o a devolverlo, aunque era alquilado y cada semana que pasaba me costaba dinero.

Sergio y yo habíamos estado juntos seis años. Yo tenía treinta y ocho, trabajaba en una gestoría en Móstoles y llevaba una vida bastante normal, de esas que desde fuera quizá parecen un poco sosas: hipoteca pequeña, cenas con amigos una vez al mes, vacaciones en septiembre cuando todo baja un poco, y mi madre llamándome cada domingo para preguntar si comía verdura.

Él era enfermero en una residencia privada. Tenía turnos imposibles, pero era cariñoso y muy paciente. Al menos eso pensaba. Cuando se cansaba, se quedaba dormido en el sofá con la tele encendida y yo le tapaba con una manta porque siempre decía que no tenía frío, aunque luego amanecía con la garganta hecha polvo.

Nos comprometimos una noche bastante corriente, cenando tortilla en casa. No hubo rodilla en el suelo ni fotos. Sergio sacó una cajita de un cajón de la cocina, una de esas donde guardábamos pilas y papeles sueltos, y me dijo que estaba harto de llamar “mi pareja” a alguien que era su familia.

Yo lloré muchísimo. Él también, aunque luego se rió porque dijo que le estaba dejando la camisa empapada.

La boda iba a ser en octubre, por lo civil, con unos cuarenta invitados y una comida en un restaurante de Aranjuez. No nos sobraba el dinero, pero lo habíamos organizado sin volvernos locos. Mi madre se ofreció a pagar las flores. Su hermana, Laura, nos iba a regalar la tarta. Sus padres dijeron que vendrían, aunque desde el principio se notaba que les costaba.

No eran de insultarme ni de hacer escenas. Casi habría sido más fácil. Su madre, Pilar, me llamaba “chico” incluso después de seis años. Su padre hablaba conmigo de fútbol o del tráfico, como si Sergio no existiera cuando estábamos los tres. Eran gente muy de misa, de pueblo de Toledo, de guardar las apariencias. Pero yo siempre pensé que, a su manera, estaban haciendo el esfuerzo.

Hasta que salió lo de los hijos.

Yo tuve un cáncer de testículo con veintisiete años. Estoy bien desde hace tiempo, por suerte, pero antes del tratamiento me explicaron que podía afectar a mi fertilidad. Congelé semen en una clínica, aunque en aquel momento ni sabía para qué serviría. Sergio conocía toda mi historia desde los primeros meses de relación. Nunca fue un secreto entre nosotros.

Una tarde fuimos a comer a casa de sus padres porque era el cumpleaños de Pilar. Estaban Laura, su marido y los dos niños, que no paraban de tirar migas al suelo. En algún momento, no sé ni cómo, alguien habló de que los críos ya iban a empezar natación.

Pilar miró a Sergio y dijo:

—Bueno, vosotros ya tendréis tiempo de pensar en esas cosas.

Sergio dijo que sí, que alguna vez lo habíamos hablado. Yo añadí, sin darle mucha importancia, que existían opciones y que mi tratamiento había sido complicado, pero que teníamos material congelado.

Fue una frase. Una sola frase.

Pilar dejó el tenedor en el plato. Su marido se quedó mirando la mesa. Laura hizo ese ruido raro de carraspera que hace la gente cuando sabe que algo se ha torcido y no quiere ser la primera en tocarlo.

—¿Material? —preguntó Pilar.

Yo intenté explicarlo con normalidad. Que en una clínica. Que antes de la quimio. Que, si algún día queríamos, podíamos informarnos de gestación subrogada fuera de España, de coparentalidad, de adopción; no teníamos nada decidido. Ni siquiera estábamos buscando tener hijos ya.

Pilar me cortó.

—Eso no es una forma de traer un niño al mundo.

Sergio no dijo nada.

Recuerdo perfectamente que seguí comiendo. No sé por qué. Una croqueta se me quedó a medio camino y tuve que beber agua. Su padre murmuró que eran temas delicados. Pilar dijo que ella no quería meterse, pero que no entendía por qué Sergio tenía que renunciar a “tener una familia de verdad”.

Ahí sí levanté la vista.

Le pregunté qué quería decir exactamente.

Y ella contestó que Sergio necesitaba una mujer si quería hijos “como Dios manda”. Lo dijo bajito. Casi peor que si hubiese gritado.

Esperé a que Sergio dijera algo. Cualquier cosa. Que se fuera conmigo. Que le pidiera a su madre que se callara. Que dijera que nuestra familia era de verdad aunque no tuviéramos hijos nunca.

Pero se limitó a decir:

—Mamá, no empieces.

No “no le hables así”. No “te estás pasando”. No “nos vamos”. Solo eso.

Me levanté, fui al baño y me encerré un rato. Oí que Laura discutía con su madre en el pasillo. Oí a uno de los niños llorar porque quería más refresco. Y oí a Sergio detrás de la puerta preguntando si estaba bien.

Le dije que no.

Volvimos a casa casi sin hablar. A mitad de camino, Sergio me dijo que su madre era una bruta y que no había querido decirlo así. Me dio una rabia tremenda, porque sí había querido decirlo así. Llevaba años diciéndolo con silencios, con miradas, con esos “qué pena” que soltaba cuando hablaban de nietos.

La discusión de verdad llegó dos días después. Sergio venía de ver a sus padres. Yo estaba preparando lentejas y él se quedó de pie en la cocina, con el abrigo puesto.

Me dijo que necesitaba aplazar la boda.

Al principio pensé que era por el escándalo, por dar tiempo a que se calmaran las cosas. Pero no. Me confesó que lo de los hijos le había removido. Que él había dicho siempre que no le importaba, pero que quizá se había convencido demasiado deprisa. Que sus padres le habían metido ideas en la cabeza, sí, pero que algunas ya estaban ahí.

—No quiero hacerte daño —me dijo.

Y yo, que estaba tan humillado que ni lloraba, le respondí:

—Pues llegas tarde.

Cancelamos el restaurante, avisamos a la gente, perdimos la señal de las flores. A mi madre le dije que habíamos decidido esperar. No pude contarle más durante semanas. Me daba vergüenza, como si mi cuerpo hubiera arruinado algo que se suponía que era de los dos.

Sergio se fue a casa de Laura “unos días”. Al final fueron cuatro meses. Me escribía. Preguntaba por el gato, por el banco, por si había llegado una carta de la compañía de luz. Una vez me mandó un audio llorando y diciendo que me quería, pero que no sabía si podía vivir sintiendo que había decepcionado a todo el mundo.

Yo lo escuché muchas veces. A veces pensaba que él también era víctima de una familia que le había enseñado a tener miedo. Otras veces quería bloquearlo y cambiar la cerradura, aunque él no había hecho nada violento ni me había faltado al respeto delante de nadie. Solo había dejado que otros decidieran cuánto valía nuestra vida juntos.

En febrero volvió para recoger ropa. Se sentó en la cocina, en la misma silla desde la que tantas veces había desayunado antes de irse de turno. Dijo que estaba yendo a terapia. Que entendía que había sido cobarde. Que no esperaba que le perdonara, pero que quería intentarlo de nuevo, sin boda, sin promesas grandes, empezando por hablar claro.

Le pregunté si seguía queriendo hijos.

Tardó demasiado en responder.

—No lo sé —dijo al final—. Pero sé que no quiero perderte por miedo.

No le dije que sí. Tampoco le dije que no. Le ayudé a bajar una maleta y una caja con libros. Cuando se fue, me fijé en que se había dejado un pantalón de pijama azul detrás de la puerta del baño.

Sigue ahí. A veces pienso en lavarlo y guardarlo. Otras, en meterlo en una bolsa y mandárselo a casa de su hermana.

De momento, el traje ya no está en el armario. Lo devolví hace dos semanas. Pero el pantalón sigue detrás de la puerta, y yo todavía no sé qué significa eso.