Dejó que su hijo y su nuera se instalaran “solo unos meses”, pero acabó sintiéndose una invitada en su propio piso

Les he dado un mes para irse de mi casa y llevo tres noches durmiendo fatal. No porque crea que no deba hacerlo, sino porque es mi hijo. Le he visto con fiebre, le he recogido llorando del colegio, le he ayudado con lo que he podido toda la vida. Y, aun así, últimamente, cuando oigo la puerta de su habitación cerrarse, lo único que pienso es que quiero volver a estar tranquila en mi propio piso.

Tengo 61 años, estoy separada desde hace bastante y trabajo por horas cuidando a una señora mayor tres tardes a la semana. No me sobra el dinero. El piso es mío, bueno, aún me queda una parte de hipoteca pequeña, pero es el sitio al que llego cansada, me hago una cena sencilla y veo un rato la televisión sin tener que dar explicaciones a nadie.

Mi hijo, Dani, tiene 33. Su mujer, Lucía, 31. Se vinieron en noviembre del año pasado. Él trabajaba en una empresa de reparto y ella en una tienda de ropa de un centro comercial. A los dos se les terminó el contrato con pocas semanas de diferencia. No digo que fuera culpa suya. Las cosas están como están y encontrar trabajo no es fácil.

Me llamaron un domingo. Recuerdo que estaba haciendo lentejas y que Dani hablaba rápido, como si le diera vergüenza pedirlo.

—Mamá, es solo hasta que nos organicemos. El alquiler nos está ahogando y el casero no nos espera.

Yo les dije que se vinieran. Ni lo pensé demasiado. Tenía la habitación que había sido de Dani cuando era pequeño y un cuarto que uso para tender cuando llueve y guardar cajas. Moví algunas cosas, compré un colchón decente de segunda mano y hasta pinté una pared que estaba rozada. Me hacía ilusión, incluso. Pensaba: ya saldrán de esta, pobre gente.

Los primeros días fueron raros pero llevaderos. Lucía me ayudó a ordenar la cocina y Dani bajaba la basura sin que se lo pidiera. Trajeron un par de bolsas con comida la primera semana. No era gran cosa, pero era el gesto. Yo les repetía que no se obsesionaran, que se centraran en echar currículums y en arreglar los papeles del paro.

El problema es que lo provisional se instala muy deprisa.

Al principio cocinaba porque me daba pena que comieran cualquier cosa. Luego empecé a cocinar para tres sin ni siquiera planteármelo. Si hacía pescado, compraba más. Si ponía una lavadora, metía sus toallas. Y de repente estaba tendiendo camisetas de Dani, lavando una sartén que Lucía había dejado desde la mañana y recogiendo vasos del salón antes de salir a trabajar.

Una tarde llegué a casa con las piernas hinchadas. La señora a la que cuido había tenido un mal día y yo llevaba desde las cuatro de la tarde prácticamente sin sentarme. Entré y había olor a comida recalentada. En el fregadero había platos, una cazuela y dos vasos. Dani estaba con la consola y Lucía tumbada en el sofá mirando vídeos con el móvil.

Ni siquiera levantaron mucho la vista.

—Mamá, hemos pedido pizza, si quieres queda un trozo —me dijo Dani.

No sé por qué aquello me sentó tan mal. No era la pizza. Era que habían pedido cena para ellos, habían comido, y yo seguía siendo la que entraba por la puerta pensando qué iba a cenar y quién iba a fregar todo aquello.

Dije que no quería nada. Me hice un bocadillo de queso en la cocina, de pie, porque la mesa estaba llena de papeles y paquetes. Creo que Lucía notó que yo estaba seria, porque dijo desde el salón:

—Ay, perdona, ahora recogemos.

Pero no recogieron. A la mañana siguiente seguía todo igual.

Intenté hablarlo con calma varias veces. Les decía que necesitábamos organizarnos, que la luz estaba viniendo más alta, que no podía seguir poniendo yo toda la compra. Dani se ponía a la defensiva enseguida.

—Ya te daremos cuando cobremos algo, mamá. Parece que te molesta que estemos aquí.

Y me daba una rabia horrible porque, claro que me molestaba a veces, pero no era eso lo que estaba diciendo. Yo no les estaba pidiendo que me devolvieran el favor con dinero que no tenían. Les pedía que no me dejaran la casa como si yo fuera la asistenta.

Lucía solía quedarse callada. A veces asentía y luego durante dos o tres días hacía algo: pasaba la aspiradora, preparaba una cena, ponía una lavadora. Después todo volvía a ser lo mismo. Dani decía que estaba buscando trabajo desde el móvil, pero yo le veía muchas mañanas levantarse cerca de las doce. Y sé que buscar trabajo también agota y que el paro te deja sin ganas de nada. No soy una inconsciente. Pero había días en que parecían dos adolescentes de vacaciones y yo, la madre que se encarga de que haya papel higiénico, detergente y comida en la nevera.

En abril llegó una factura de la luz de casi 180 euros. A mí me dio un vuelco el estómago. Con mi sueldo y la pensión compensatoria, que no es ninguna maravilla, voy justa. Les enseñé la factura a los dos. Dani la miró y dijo:

—Pues este mes no podemos poner nada, ya lo sabes.

Sin preguntarme si yo podía.

Eso fue lo que me acabó de romper por dentro. Ni una pregunta. Ni un “¿cómo lo hacemos?”. Nada.

Dos días después, cuando Dani estaba en la cocina, le dije que teníamos que hablar. Lucía salió del cuarto al oírme y se quedó apoyada en el marco de la puerta. Yo había ensayado mil frases, pero al final me salió todo atropellado.

Les dije que les quería, que entendía que estaban pasando un momento malo, pero que yo no podía mantener a tres adultos. Que la convivencia me estaba superando. Que me sentía ignorada y utilizada, aunque me doliera decir esa palabra.

Dani se puso blanco primero y luego se enfadó.

—O sea, ¿nos echas a la calle?

—No os echo a la calle. Os estoy diciendo que tenéis un mes para buscar algo, hablar con amigos, mirar una habitación, lo que sea. Pero esto no puede seguir así.

Lucía se echó a llorar. Ahí me temblaron las piernas, porque la quiero y porque sé que para ella tampoco está siendo fácil. Me dijo que se sentía humillada, que yo nunca le había dicho claramente que esperara dinero. Le contesté que no era solo el dinero y que quizá yo había cometido el error de ir tragando y haciendo las cosas sin poner límites desde el primer día.

Eso es verdad. Esperé demasiado. Iba acumulando enfados pequeños, como quien guarda bolsas en un armario hasta que ya no puede cerrarlo.

Desde aquella conversación, el ambiente es insoportable. Dani apenas me habla. Sale mucho, no sé si a buscar trabajo de verdad o a despejarse. Lucía limpia más que antes, y casi me da más pena verla fregar en silencio que ver el fregadero lleno. Ayer dejó un sobre encima de la mesa con 50 euros. No sé de dónde los ha sacado. Lo guardé sin decir nada, y luego me sentí miserable por guardarlo.

Han mirado anuncios de habitaciones en Idealista y en grupos de Facebook. Sé que con lo que cuestan ahora los alquileres en Madrid lo tienen complicado. También sé que tienen derecho a estar asustados. Pero yo también tengo derecho a no vivir con un nudo en el pecho cada vez que llego a casa.

Esta mañana he cambiado las sábanas de mi cama y he puesto una lavadora solo con mi ropa. Una tontería, supongo. Mientras daba vueltas el tambor, he pensado que queda menos de un mes y no sé si al final se irán enfadados, si encontrarán algo o si Dani dejará de llamarme una temporada.

No tengo una sensación de victoria. Tengo la casa llena y, al mismo tiempo, una soledad adelantada que todavía no sé cómo voy a llevar.