Creí que volver a casa era suficiente, hasta que mi marido dejó de mirarme como antes
La primera vez que dormí sola en el piso después de que Álvaro se fuera no lloré. Me sorprendió bastante, porque llevaba meses llorando por cualquier cosa: al doblar ropa diminuta, al escuchar una nota de voz de mi madre, incluso esperando el metro en Nuevos Ministerios.
Aquella noche solo puse una lavadora a las once y media, aunque sabía que era mala hora. Los niños estaban con él, en casa de sus padres, y el silencio del salón era raro. No agradable ni triste exactamente. Raro. Me senté en el suelo, al lado del sofá, con una tostada seca en un plato, y pensé que no sabía muy bien qué hacía una persona cuando se le acababa de romper la vida.
Álvaro y yo llevábamos doce años juntos. Nos conocimos trabajando en una agencia pequeña de comunicación, de esas donde todo el mundo cobraba poco y se quedaba hasta tarde diciendo que estaba aprendiendo mucho. Él era gracioso, muy atento con la gente. Siempre se acordaba de los cumpleaños, llamaba a su abuela cada domingo, tenía esa facilidad para caer bien que a mí me daba un poco de envidia.
Nos casamos sin grandes lujos, en una finca cerca de Aranjuez. Luego vino el alquiler en Carabanchel, el cambio de trabajo de él, mi embarazo de Leo, la guardería, las bronquitis, la segunda niña, Vera. Todo ocurrió como por encima de nosotros.
No teníamos una mala vida. Esto es lo que más me costaba explicar a mis amigas sin sentirme una desagradecida. Los dos trabajábamos, los niños estaban sanos, podíamos pagar el alquiler aunque cada renovación nos dejaba temblando, y en agosto nos íbamos unos días al pueblo de mis padres en Zamora. Pero íbamos siempre con el agua al cuello. No solo de dinero. De tiempo, de paciencia, de sueño.
Yo trabajaba tres días desde casa y dos iba a la oficina, por la zona de Méndez Álvaro. Álvaro tenía jornada partida y decía que no podía salir antes. Había semanas en las que hablábamos más sobre quién recogía a los niños o qué faltaba en la compra que sobre cualquier otra cosa.
—¿Has pedido cita para el dentista de Leo?
—No, pero he pagado el comedor.
—Pues acuérdate de llamar a tu madre.
—¿Y tú has mirado lo de la caldera?
Y ya está.
Durante un tiempo pensé que era una fase. Que todos los padres de niños pequeños vivían así, medio enfadados, medio dormidos, funcionando por turnos. Álvaro también estaba cansado. No quiero decir que no hiciera nada. Cocinaba muchas noches, llevaba a Leo a fútbol, era capaz de pasarse una mañana entera haciendo manualidades con Vera. Pero entre nosotros había dejado de haber espacio.
Yo empecé a estar muy irritable. Me molestaba que dejara los vasos en el fregadero. Me molestaba cómo respiraba cuando se quedaba dormido viendo una serie. Una vez le solté que parecía que en casa estaba de invitado. Fue cruel y lo sabía, pero llevaba días sintiéndome así yo también.
Él no discutió. Se quedó mirando el móvil y dijo: “No sé qué quieres que haga, Marta”.
Creo que esa frase se nos quedó instalada en medio.
Lo de la infidelidad lo descubrí por una tontería. No por una intuición brillante, ni porque tuviera pruebas. Álvaro dejó su portátil abierto en la mesa una tarde mientras bajaba a comprar pan. Yo necesitaba imprimir una autorización del colegio de Vera y vi una conversación en la pantalla. No tuve que buscar nada. Estaba ahí.
Se llamaba Nuria. Trabajaba con él.
Leí varios mensajes. No todos. Me quedé paralizada al ver que se mandaban fotos, que hablaban de un hotel cerca de Atocha, que él le decía que con ella podía respirar. Esa fue la frase que más daño me hizo. No porque fuera especialmente romántica. Porque yo entendí perfectamente lo que quería decir.
Cuando volvió con el pan, seguía con el abrigo puesto. Le pregunté quién era Nuria y se le fue la cara de color. No hubo gritos al principio. Solo una especie de silencio espeso.
Dijo que había sido unos meses. Luego que no sabía por qué había pasado. Después dijo que me quería, que no quería perder a los niños, que estaba confundido. Yo le pregunté si iba a seguir mintiendo y me respondió que no, pero siguió ocultando cosas durante semanas. Supongo que por vergüenza, o por miedo. A esas alturas ya me daba igual el motivo.
Se fue a casa de su hermano. Los niños sabían que papá estaba unos días fuera porque habíamos tenido una discusión. No quise contarles más. Leo tenía ocho años y Vera cinco; bastante tenían con notar que yo hablaba bajito por teléfono y que de repente papá venía a recogerlos con una mochila.
Los meses siguientes fueron feos de una forma poco cinematográfica. Papeles, cuentas, horarios. Tuvimos que cancelar un viaje que ni siquiera nos hacía ilusión. Yo pedí cita en el centro de salud porque no dormía más de tres horas seguidas y acabé yendo a una psicóloga privada una vez al mes, haciendo encaje de bolillos para pagarlo.
Me ayudó más de lo que esperaba. No a dejar de estar enfadada, ni a perdonarlo. Me ayudó a entender que llevaba años desapareciendo de mi propia vida. Todo lo medía en función de si a los niños les venía bien, si Álvaro llegaba a tiempo, si quedaba dinero después de los recibos. Hasta pedir una tarde para mí me parecía egoísta.
Empecé a ir a nadar los miércoles. Al principio me sentía ridícula con el gorro y las gafas empañadas, pero era una hora en la que nadie me pedía nada. También retomé el contacto con una amiga de la universidad a la que casi había dejado de ver. No fue una transformación milagrosa. Seguía teniendo días en los que veía una familia por la calle y me daba una rabia absurda.
Álvaro, por su parte, empezó terapia. No sé si fue por él o por miedo a perder definitivamente a los niños. Probablemente por las dos cosas. Durante casi un año solo hablamos de logística y de los críos. A veces discutíamos delante del portal, bajando la voz para que ellos no oyeran.
Luego, muy poco a poco, empezamos a hablar de otras cosas. Sin pretender arreglar nada. Un día me contó que su padre estaba peor de la espalda. Otro día le dije que me habían ofrecido coordinar un proyecto en el trabajo y que me daba miedo no estar a la altura.
No volvimos de golpe. De hecho, todavía me cuesta decir que hemos vuelto.
Ahora Álvaro viene algunos días a cenar y se queda cuando los niños están con nosotros los cuatro. Tiene una habitación alquilada cerca, no ha regresado al piso. Hemos puesto normas bastante poco románticas: si hay algo importante, se habla sin móviles encima de la mesa; cada uno tiene una tarde a la semana para sí mismo; no usamos a los niños para mandar mensajes; y si una conversación se convierte en un reproche interminable, la dejamos para otro momento.
Hay días buenos. El domingo pasado fuimos los cuatro al Retiro, alquilamos una barca y Vera se empeñó en remar ella sola. Álvaro y yo nos reímos de verdad. Luego, al volver, vi una notificación en su móvil y se me cerró el estómago de una manera que todavía me avergüenza.
Él se dio cuenta. No se enfadó. Me dijo que entendía que no se arreglaba por haberlo hablado muchas veces.
No sé cuánto dura una segunda oportunidad ni si esto es exactamente una. Sé que ya no quiero volver a la mujer que se tragaba todo hasta explotar por un vaso mal puesto. Tampoco quiero tomar decisiones solo para que la foto de familia quede bien.
Este jueves tengo natación. Álvaro recoge a los niños y yo he dejado preparada la cena. Parece una cosa pequeña, pero hace dos años habría cancelado la piscina por cualquier motivo. Esta vez no la voy a cancelar.