Mis padres me echaron por dejar un trabajo que me estaba destrozando, pero mantuvieron a mi hermano sin exigirle nada
La primera noche que dormí fuera de casa lo hice en un sofá con un muelle clavándoseme en la espalda y una mochila en el suelo. Dentro llevaba dos vaqueros, un neceser, el cargador del móvil y una carpeta con papeles que ni siquiera sabía si me iban a servir para algo.
Tenía 25 años. No me habían echado por llegar borracha, por meterme en problemas ni por faltar al respeto a nadie. Me echaron porque había dejado un trabajo.
Bueno, esa era la versión resumida que contaban mis padres. “Lucía ha dejado el trabajo y pretende que la mantengamos”. Quedaba muy bien dicho así. Sonaba a que yo me había levantado un martes con ganas de no madrugar más.
Lo que no contaban es que trabajaba en una gestoría pequeña en Móstoles donde la encargada revisaba hasta la hora a la que íbamos al baño. Que me llamaba inútil delante de los clientes cuando se acumulaban las nóminas. Que hubo semanas en las que salía a las ocho y media, aunque mi jornada acababa a las cinco, sin que esas horas aparecieran en ninguna parte.
Al principio aguanté. Como aguanta mucha gente: pensando que era temporal, que ya aprendería, que igual el problema era que yo era demasiado sensible. Me salieron llagas en la boca, dormía fatal y los domingos por la tarde me entraba una angustia horrible solo de pensar en el lunes.
Un día me equivoqué en una fecha de una documentación. Fue un error pequeño, lo corregí en el momento, pero mi jefa me hizo quedarme hasta casi las diez “para que aprendiera”. A las nueve y pico me fui al baño, cerré la puerta y me puse a llorar sentada en la tapa del váter. No podía respirar bien.
Al día siguiente pedí hablar con ella. Me dijo que si no podía con la presión, que había mucha gente deseando mi silla. Salí de allí y presenté la baja voluntaria esa misma mañana.
Sé que, visto desde fuera, no fue la decisión más inteligente. No tenía otro empleo cerrado. Tenía algo ahorrado, pero poco. Vivía con mis padres y aportaba una parte de lo que cobraba para gastos, además de pagarme mis cosas. Pensé que podría buscar durante unas semanas con calma.
Mi madre se puso nerviosa al principio, pero no me gritó. Mi padre sí.
—¿Y ahora qué haces? ¿Te crees que la vida consiste en ir dejando trabajos cuando algo no te gusta?
Intenté explicarle que no era que no me gustara. Que me encontraba mal de verdad. Él resopló, se levantó de la mesa y dijo que estaba harta de oír excusas. Dijo “harta”, aunque era mi padre; estaba tan enfadado que ni se corrigió.
La discusión duró varios días, a ratos. No fue una escena única con maletas en el rellano. Fue peor, porque se fue cociendo. Mi padre dejaba frases al pasar. Mi madre me preguntaba si ya había mandado currículums con ese tono suyo de preocupación que acababa pareciendo reproche. Yo mandaba un montón, claro. Pero no salía nada enseguida.
Y mientras tanto estaba mi hermano, Óscar, con 23 años, encerrado en su habitación jugando online casi toda la noche. No estudiaba desde hacía más de dos años. Había empezado un grado medio, lo dejó, luego dijo que iba a prepararse unas oposiciones de no sé qué, y tampoco. Mis padres le hacían la comida, le pagaban el móvil, el abono transporte y hasta la gasolina cuando cogía el coche de mi padre.
Si yo decía algo, mi madre respondía que Óscar “estaba perdido” y que presionarle no serviría de nada.
Yo, al parecer, no tenía derecho a estar perdida.
El día que me fui discutimos porque mi padre me pidió dinero para la compra. Le dije que ese mes no podía darle lo mismo que antes porque ya no tenía nómina. Había cobrado el finiquito, pero necesitaba guardarlo. Él me miró de una manera que todavía recuerdo perfectamente.
—Pues si aquí no colaboras, tendrás que buscarte la vida.
Le pregunté si se lo estaba diciendo en serio. Mi madre no dijo nada. Óscar estaba en el salón, con los cascos puestos, y ni levantó la vista del móvil.
Esa tarde llamé a Irene, una compañera de instituto con la que no hablaba demasiado, pero que sabía que compartía piso en Alcorcón. Me dejó el sofá unos días. Fueron casi dos meses.
No fue una época épica de esas que luego se cuentan con orgullo. Fue bastante humillante. Encontré trabajo en una tienda de ropa de un centro comercial, primero con un contrato de 20 horas que acababan siendo muchas más. Cobraba poco, llegaba agotada y tenía que sonreír incluso cuando alguien me tiraba una camiseta doblada encima del mostrador porque no encontraba su talla.
Después compartí una habitación minúscula en un piso con otras dos chicas. La ventana daba a un patio interior oscuro. El alquiler se me llevaba más de media nómina. Hubo meses en los que cenaba arroz, tortillas francesas y poco más porque no quería pedir ayuda a nadie. Mucho menos a mis padres.
Con ellos no corté del todo, pero casi. Mi madre me escribía en Navidad o por mi cumpleaños. “Espero que estés bien, hija”. Yo respondía “gracias, igualmente”. Mi padre ni eso. De Óscar sabía cosas por una tía: seguía en casa, había hecho algún curso, lo había dejado a medias y decía que estaba buscando algo.
Pasaron casi tres años así. Yo conseguí entrar como auxiliar administrativa en una empresa de mantenimiento. No era el trabajo de mi vida, pero tenía horario, compañeras normales y un sueldo con el que podía pagar una habitación algo mejor. Me mudé a Fuenlabrada y empecé a sentir que mi vida no era solo sobrevivir de un mes a otro.
Entonces me llamó mi padre un miércoles a las siete de la mañana.
No solemos hablar, así que pensé que se había equivocado. Tardé un poco en cogerlo.
—Tu madre está en el hospital —me dijo—. Le han encontrado algo y la operan mañana.
No pregunté qué. Me quedé sentada en el borde de la cama, mirando la ropa que había dejado preparada para ir a trabajar. Mi padre hablaba rápido, raro en él. Al final dijo que no sabía a quién llamar, como si aquello explicara por qué me estaba llamando a mí.
Pedí el día y fui al hospital. Mi madre estaba pálida, pero consciente. Cuando me vio, se le llenaron los ojos de lágrimas. No dijo “perdón” de inmediato. Solo me cogió la mano y no la soltó en bastante rato.
La operación salió bien, aunque después tuvo una recuperación más lenta de lo que esperábamos. Durante esas semanas fui mucho a casa de mis padres para ayudar con citas, medicación y comida. Y ahí vi cosas que antes quizá no habría querido mirar.
Óscar seguía allí, con 26 años. Había engordado bastante, dormía de día y se ponía a la defensiva por cualquier cosa. Mi padre le pedía que acompañara a mi madre a rehabilitación y él decía que tenía una entrevista, que luego resultaba no existir. Mi madre, incluso recién operada, le quitaba importancia.
Un sábado, mi padre estalló. No conmigo. Con él.
Le dijo que se acabó pagarle todo, que tenía tres meses para ponerse en serio con trabajo o formación y que tenía que colaborar en casa. Óscar gritó que yo había vuelto para ponerles en contra suya. Me llamó trepa, cosa absurda, y dijo que siempre había sido la niña perfecta.
Yo no fui perfecta. Le contesté fatal. Le recordé demasiadas cosas de golpe y le dije que mientras a él le daban tiempo infinito, a mí me habían enseñado la puerta. Mi madre se puso a llorar. Mi padre se quedó muy quieto.
Esa noche, cuando Óscar se encerró en su cuarto, mi padre me pidió perdón. Así, sin grandes discursos. Dijo que conmigo había sido mucho más duro porque pensaba que yo podía salir adelante y que con Óscar tenía miedo de que se hundiera. Le respondí que me había hundido bastante, aunque no lo hubieran visto.
Mi madre también me pidió perdón días después. Me dijo que aquel día debió frenarlo y no lo hizo porque le daba miedo discutir con él. No arregló todo escucharlo. Me alivió, sí, pero también me dio rabia pensar en la cantidad de noches que pasé creyendo que no les importaba nada.
Ahora voy a verlos, pero no como antes. No he vuelto a vivir allí ni pienso hacerlo. Cuando mi padre intenta opinar demasiado sobre mi trabajo o mis gastos, le paro. A veces se enfada, a veces se calla. Mi madre está mejor y ha empezado a ir a terapia, algo que jamás habría imaginado que haría.
Óscar encontró un empleo en un almacén por una ETT. Lleva cuatro meses. No sé si le durará ni si el cambio es de verdad. Sigue evitando hablar conmigo cuando coincido allí.
El otro día mi madre me mandó una foto de una bandeja de croquetas que había hecho y me preguntó si quería pasar a cenar el domingo. Le dije que sí, pero que llegaría tarde porque tenía planes antes.
No le di explicaciones. Y, por primera vez, no me las pidió.