“No te estoy pidiendo que quieras menos a tu hija”: la discusión que casi rompió mi amistad con Lucía
—¿Otra vez me vas a decir que no puedes venir porque la niña tiene mocos?
Lo solté antes de poder frenarme. Estábamos sentadas en una cafetería de barrio, una de esas con las mesas demasiado juntas y olor a tostadas. Lucía tenía el móvil boca abajo sobre la mesa, pero no dejaba de mirarlo como si pudiera vibrar solo con pensarlo.
Le cambió la cara.
—No tiene “mocos”, Clara. Tiene bronquiolitis y lleva tres noches sin dormir.
—Ya, perdona. No quería decir que…
—Es que últimamente parece que todo lo que hago te molesta.
Ahí se quedó el ruido de las tazas, la cuchara de alguien golpeando un vaso, la música baja. Todo me dio un poco de vergüenza. Porque no era eso. O quizá sí era eso, pero no como ella lo estaba entendiendo.
Lucía y yo nos conocíamos desde los catorce años. Íbamos juntas al instituto, nos escapábamos a comer pipas al banco de detrás del polideportivo y nos contábamos hasta las cosas más ridículas. Cuando murió mi padre, ella se presentó en mi casa con una bolsa de magdalenas y se sentó a mi lado sin preguntarme nada. Cuando ella dejó a Rubén antes de conocer a Sergio, dormimos tres noches en mi salón viendo concursos malos en la tele y bebiendo vino barato.
Éramos de esas amigas que dan por hecho que estarán en cada etapa. Bodas, mudanzas, trabajos de mierda, rupturas. Todo.
Cuando nació Alba, yo estaba feliz por Lucía. De verdad. Fui al hospital con un ramo de flores que casi no nos dejaron subir y lloré al verla tan pequeña, arrugada y seria dentro de la cuna. Lucía me apretó la mano y me dijo:
—Ahora sí que vas a tener que aguantarme siempre.
Yo me reí.
—Como si tuvieras elección.
Los primeros meses entendí que desapareciera un poco. La niña no dormía, Lucía estaba agotada y Sergio volvía tarde de trabajar. Le llevaba comida, le hacía recados, me quedaba con Alba media hora para que ella pudiera ducharse sin correr. No me pesaba. Al contrario, sentía que estaba donde tenía que estar.
Pero pasó un año. Luego casi dos.
Y Lucía dejó de ser Lucía para convertirse en “la madre de Alba” incluso cuando Alba no estaba delante. Todo giraba alrededor de horarios, rabietas, pañales, la escuela infantil, las recomendaciones de otras madres en un grupo de WhatsApp que, por lo visto, era más activo que cualquier conversación conmigo.
Yo le escribía: “¿Te apetece cenar el viernes?”
Y ella respondía dos días después: “Perdona, se me ha pasado. Alba está con las muelas”.
Le mandaba una foto de mi nuevo piso, de la entrevista para el trabajo que tanto quería, de la planta que por fin no había matado. A veces me ponía un corazón. A veces ni eso.
Una tarde le conté por audio que me habían renovado el contrato. Estaba contentísima. Había pasado meses con miedo a quedarme fuera, haciendo cuentas en una libreta para ver si llegaba al alquiler.
Me contestó seis horas más tarde.
“Qué bien, tía. Perdona, es que Alba ha vomitado en el coche y ha sido un caos”.
Escuché el audio tres veces. Me sentí horrible por pensar: “¿Y lo mío qué?”. Como si mi vida no pudiera importar porque no tenía una niña enferma, ni una casa llena de juguetes, ni ojeras de madre sacrificada.
Nunca se lo dije así. Me lo guardé. Y lo que una se guarda, ya se sabe, no desaparece. Se pone feo por dentro.
Por eso estábamos en aquella cafetería. Yo había insistido en verla porque llevaba meses cancelando planes. Me costó hasta proponerlo, como si le estuviera pidiendo un favor enorme.
Respiré hondo y bajé la voz.
—No me molesta que cuides de tu hija, Lucía. Me preocupa que ya no estés nunca. Que parece que no hay espacio para nada ni para nadie más. Ni siquiera para ti.
Se cruzó de brazos. Tenía las uñas mordidas y una mancha de yogur en la manga del abrigo.
—Claro, porque tú sabes perfectamente lo que es tener una hija.
—No he dicho eso.
—No, pero lo piensas. Piensas que me he vuelto aburrida, que solo hablo de Alba, que no hago nada bien.
—Pienso que te echo de menos.
Me salió más alto de lo que quería. Varias personas miraron. Lucía se quedó quieta.
—Yo también me echo de menos —dijo al final, casi sin voz—. Pero no tengo tiempo ni para ir al baño sola, Clara. ¿Tú te crees que me gusta cancelar? ¿Que no veo tus mensajes y me siento culpable? Estoy cansada. Todo el rato cansada.
Quise acercarme a ella, pero seguía enfadada. O dolida. Supongo que las dos cosas.
—No te estoy pidiendo que quieras menos a tu hija —le dije—. Te estoy pidiendo que no me dejes fuera de tu vida.
Lucía cogió el móvil. La pantalla se iluminó con un mensaje de Sergio: “Alba tiene fiebre. ¿Puedes venir?”.
Se levantó tan rápido que tiró un poco de café sobre el plato.
—No puedo hablar de esto ahora.
—Nunca puedes.
Me miró con los ojos brillantes, pero no lloró.
—Pues igual ese es el problema. Que no puedo con todo.
Se fue. Y yo me quedé ahí, con dos cafés fríos y la sensación de haber sido cruel sin querer.
No hablamos durante cuatro meses.
Yo dejé de escribirle por orgullo. Ella no escribió por agotamiento, o por rabia, o porque no sabía cómo volver. No lo sé. En su cumpleaños le mandé un “felicidades” seco, de esos que duelen más que el silencio. Ella contestó con un “gracias, guapa” y nada más.
En Navidad vi una foto suya en redes. Alba estaba sentada en su regazo, con un vestido rojo y una corona de cartón. Lucía sonreía, pero tenía una mirada que reconocí enseguida. Era la mirada de alguien que lleva demasiado tiempo intentando hacerlo todo bien.
Nos encontramos por casualidad en la farmacia de la plaza, un martes de lluvia. Yo iba a por ibuprofeno y ella llevaba una bolsa llena de jarabe, pañales y toallitas. Alba dormía en el carrito, con las mejillas coloradas.
Lucía me vio antes que yo a ella.
—Hola —dijo.
—Hola.
No hubo abrazo. No al principio.
Miré a Alba y luego a Lucía. Estaba más delgada. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una cara de sueño que me partió un poco el alma.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Mejor. Ha sido un invierno largo.
Asentí. No sabía qué más decir. Pero entonces Lucía soltó una risa pequeña, sin alegría.
—A veces pienso que si un día digo que estoy agotada, alguien va a creer que no quiero a mi hija lo suficiente.
La miré.
—Y a veces yo pensaba que si te decía que te echaba de menos, creerías que no entendía nada.
Nos quedamos en silencio. Alba hizo un ruidito dormida y Lucía le colocó la manta con una delicadeza automática. Después levantó la vista.
—No era contigo —dijo—. Era que sentía que todo el mundo opinaba de mí. Mi madre, mi suegra, las madres del cole, Sergio a veces… Y cuando tú me lo dijiste, aunque no fuera tu intención, me sentí otra vez insuficiente.
—Lo siento —le dije—. Podría haberlo dicho mejor.
Ella negó con la cabeza.
—Y yo podría haberte escuchado. No quería perderte, Clara. Solo… no sabía cómo ser madre y seguir siendo yo.
Entonces sí nos abrazamos. Fue breve, incómodo por el carrito entre las dos y por todo lo que seguía sin resolverse. Pero fue de verdad.
No volvimos a ser exactamente como antes. Sería mentira decirlo. Ahora quedamos cuando podemos, a veces con Alba y a veces sin ella. Hay planes que se cancelan. Hay mensajes que tardan. Pero también hay una costumbre nueva: decirnos las cosas antes de que se conviertan en reproches.
He entendido que la maternidad puede tragarse a una persona entera si nadie le recuerda que también tiene derecho a existir fuera de ella. Y Lucía entendió que querer a su hija con toda el alma no significaba tener que renunciar a quienes la querían a ella.
¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar? ¿Se puede pedir espacio en la vida de una amiga madre sin hacerla sentir juzgada?