“No quería que la tocaran”: el padre que tuvo que decidir qué hacer con lo último que quedaba de su hija

Aún conservo la tarjeta de transporte de Clara en el cajón de la entrada. No sé por qué. Está caducada, claro, y tiene una esquina doblada. La encontré dentro de su cazadora cuando trajimos sus cosas del hospital. La podría haber tirado hace meses, pero cada vez que abro el cajón para coger las llaves aparece ahí, entre unos recibos y una linterna sin pilas.

Mi hija tenía veintiséis años. Trabajaba en una librería de Argüelles mientras terminaba un máster que, según ella, no sabía si le serviría para algo. Vivía en un piso compartido en Carabanchel y llamaba a su madre para preguntarle cómo se hacía un cocido, aunque mi exmujer le explicaba lo mismo cada dos semanas.

No era una santa. Llegaba tarde a todo, se olvidaba de los cumpleaños y tenía una facilidad desesperante para dejar vasos por cualquier sitio. Pero era Clara. La única hija que tuve.

El accidente fue un martes de noviembre. Había llovido todo el día en Madrid. Me llamó un número desconocido a las siete y veinte de la tarde. Yo estaba en casa, intentando arreglar una persiana que llevaba meses atascándose. Al principio pensé que era una llamada comercial.

Era una policía municipal. Me preguntó si era su padre y me dijo que la habían trasladado al hospital. No entendí casi nada más. Creo que le pedí que me repitiera el nombre del hospital tres veces.

Cuando llegué, su madre, Marta, ya estaba allí. Nos separamos cuando Clara tenía doce años y nuestra relación era correcta, sin más. De esas que funcionan para hablar de una hija y poco más. Pero aquella noche Marta me agarró del brazo como si aún fuéramos un matrimonio.

Clara había cruzado por un paso de peatones. Un coche patinó al frenar. Eso fue todo. Una frase muy pequeña para lo que vino después.

Los médicos fueron cuidadosos. Demasiado cuidadosos, quizá. Nos hablaron de un golpe muy grave en la cabeza, de horas críticas, de pruebas, de que estaban haciendo todo lo posible. Pasamos la noche en una sala con máquinas de café y una televisión sin sonido. Marta no dejó de mirar el móvil de Clara, que nos habían entregado en una bolsa transparente. Yo llamé a su encargado para decirle que no iba a ir a trabajar. No se me ocurrió otra cosa que hacer.

A la mañana siguiente nos dejaron verla unos minutos.

Tenía una tirita en la ceja. Eso fue lo primero que vi. Una tirita pequeña, casi ridícula, entre todo lo demás. Pensé que se enfadaría muchísimo si supiera que la estábamos viendo así, con el pelo sin lavar y la cara hinchada. Luego pensé que era absurdo preocuparse por eso.

Dos días después nos dijeron que no había vuelta atrás.

No recuerdo las palabras exactas. Sé que hablaban despacio y que alguien nos ofreció agua. También sé que Marta empezó a decir que no, una y otra vez, sin gritar. Yo no lloré en ese momento. Me quedé mirando las manos de Clara encima de la sábana. Tenía una uña rota y aún llevaba una pulsera de tela de un festival al que había ido en verano.

Más tarde vino una mujer de coordinación. No sé si se presentó; supongo que sí. Era amable, sin esa amabilidad falsa que a veces se nota enseguida. Nos explicó que querían hablarnos de la donación de órganos. Dijo que no teníamos que responder de inmediato, que entendía que era un momento imposible.

Marta se levantó de la silla.

—No. No queremos hablar de eso.

La mujer asintió. No insistió. Dijo que volvería cuando quisiéramos.

Yo tampoco quería hablar. Me daba vergüenza incluso que existiera esa conversación. Mi hija estaba en una habitación al final de un pasillo y alguien nos preguntaba qué podían hacer con partes de su cuerpo. Así lo viví entonces, aunque ahora me cuesta admitirlo.

Esa tarde fui a su piso con una amiga suya, Irene, para recoger algunas cosas. Había que avisar a los compañeros, mirar si tenía comida que se fuera a estropear, esas cosas horribles que siguen existiendo aunque una persona ya no pueda volver a casa.

En su habitación había una montaña de ropa sobre una silla y una taza con café seco en la mesilla. En la pared tenía pegada una postal del Museo del Prado y una lista escrita a boli: “Pedir cita dentista / llamar a papá / devolver libro de Irene”.

Me quedé mirando lo de llamarme a mí. No me llamaba desde el domingo. Yo tampoco la había llamado. Habíamos discutido por una tontería, por dinero. Me había pedido que le adelantara parte de la fianza del próximo piso y yo le dije que tenía que aprender a organizarse. Ella me contestó que yo siempre hablaba como si hubiera tenido su edad con una hipoteca ya pagada.

La última conversación con mi hija había terminado con un “vale, papá” seco.

Irene abrió un cajón buscando una carpeta y encontró su cartera. Dentro había una tarjeta de donante. No era nueva. Estaba gastada de llevarla encima.

—Creo que esto importa —me dijo.

No sentí paz al verla. Sentí rabia. Una rabia brutal contra Clara, contra Irene, contra aquella tarjeta y contra mí mismo por entender de pronto que ella quizá había pensado en aquello antes que nosotros.

Marta dijo que una tarjeta no era suficiente. Que Clara había cambiado de idea muchas veces sobre todo, que el año anterior quería irse a vivir a Lisboa y luego ni siquiera renovó el pasaporte. Decía que no podía permitir que la despedazaran. Usó esa palabra. Yo le pedí que no la usara, pero tampoco tenía otra.

Volvimos al hospital sin hablar.

La coordinadora nos explicó algunas cosas de nuevo. Dijo que tratarían a Clara con respeto, que el proceso no impediría que pudiéramos despedirnos, que las decisiones se acompañaban y que no tenía por qué recaer todo en una sola persona. Hablaba con calma. No nos pintó nada bonito.

Marta quería conservarla entera. Yo también, si soy sincero. Quería que nada más cambiara. Ya había perdido su voz, sus manías, el ruido de sus llaves al entrar en casa. La idea de autorizar algo más me parecía colaborar en su desaparición.

Pero seguía viendo la tarjeta. Y la lista de su pared. Y recordé una tarde, años antes, cuando vimos un reportaje sobre trasplantes. Clara dijo que le impresionaba que alguien pudiera seguir adelante gracias a otra persona. No hizo un discurso. Estaba comiendo pipas y lo dijo como quien habla del tiempo.

Marta y yo discutimos en voz baja, luego en voz menos baja. Le dije que quizá estábamos pensando en nosotros y no en Clara. Ella me dijo que era muy fácil hablar de Clara cuando lo que yo quería era dejar de sentirme culpable por aquella última llamada.

Tenía razón en parte. Eso fue lo peor.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que firmamos. No quiero contar el momento como si hubiera sido noble o limpio. No lo fue. Marta lloraba con la cabeza apoyada en la pared. Yo temblaba tanto que tuve que repetir la firma porque la primera casi no se entendía.

Antes de irnos, entramos una vez más a verla. Le hablé, aunque ya nos habían explicado que no podía oírme como antes. Le dije que lo sentía por la discusión. Le dije que había sido un padre pesado muchas veces. También le dije que no estaba seguro de estar haciendo lo que ella habría querido, pero que estaba intentando no decidir desde el miedo.

Marta no dijo nada. Le colocó un mechón detrás de la oreja, como cuando era pequeña.

Han pasado ocho meses. Nos comunicaron de forma muy general que la donación había ayudado a varias personas. No sabemos quiénes son ni queremos saberlo. No convertiría esto en algo más fácil. Ni siquiera sé si la palabra correcta es “fácil”.

Marta sigue enfadada algunos días. Yo también. Hay semanas en que hablamos de Clara con normalidad y otras en que no nos escribimos. La tarjeta de transporte continúa en mi cajón. Su habitación en mi casa sigue casi igual, aunque ya he guardado algunas cosas en cajas porque el polvo se acumula y no puedo vivir fingiendo que va a volver el viernes.

La semana pasada, Marta me mandó una foto de una receta de cocido que Clara había guardado en el móvil. Solo puso: “Le salía fatal”.

Le respondí: “Como a nosotras dos”.

Y durante unos minutos, aunque fuera de una manera rara, volvió a estar entre nosotros.