Petra ya no sabía qué decirles a sus hijos cuando su abuela volvía a fallarles
Durante un tiempo tuve una bolsa pequeña junto al perchero de la entrada. Dentro había un pijama, un cepillo de dientes infantil, un par de mudas y el inhalador de Leo, por si le daba uno de esos catarros que a él se le bajan al pecho enseguida.
La bolsa era para cuando los niños se quedaban a dormir en casa de mi suegra, Vera.
Digo “para cuando” porque al final se quedó allí semanas, sin moverse. Y cada vez que la veía, me entraba una mezcla bastante fea de pena y enfado.
Yo tengo 36 años, trabajo en una gestoría en Móstoles y tengo dos hijos: Leo, de seis, y Marta, de nueve. Mi marido, Dani, trabaja instalando cocinas y muchas tardes no sabe a qué hora va a terminar. No estamos mal, pero tampoco tenemos una vida en la que podamos improvisar demasiado. Si se tuerce una recogida del cole o uno de los niños se pone malo, todo se complica como un dominó.
Vera vive a veinte minutos, en Alcorcón. Está jubilada desde hace tres años. Antes cuidaba a personas mayores en una residencia y siempre había dicho que, cuando tuviera nietos, iba a ser “la abuela de verdad”, de las que hacen torrijas, van a las funciones del colegio y tienen la casa llena de dibujos pegados con imanes en la nevera.
Y a ver, quiere a los niños. Eso nunca lo he dudado. Les compra cosas que no hacen falta, les manda audios, pregunta por las notas de Marta. Cuando coinciden, se pone contentísima. Pero luego, a la hora de quedar con ellos a solas, empezaron los problemas.
Primero fue algo puntual. Un viernes se había ofrecido a recogerlos para que Dani y yo fuéramos a una cena de empresa. A las cuatro y cuarto me llamó.
—Petra, hija, es que me he levantado con un dolor lumbar horrible. No voy a poder estar pendiente de los dos.
Me dio rabia, pero lo entendí. Cancelé la cena y ya está.
Después llegó el cumpleaños de mi hermana. Vera iba a quedarse con ellos un sábado por la tarde. Los niños llevaban toda la semana hablando de que iban a hacer palomitas y una “noche de película”, aunque fueran a volver a casa antes de cenar. El mismo sábado, dos horas antes, Vera dijo que se encontraba revuelta del estómago.
A la siguiente vez era que una vecina la había invitado a una merienda y se le había olvidado. Otra, que tenía que acompañar a una prima al médico. Otra, que en casa tenía mucho lío porque venía una amiga de Valencia.
Yo no pretendía que estuviera disponible siempre. Mi madre vive en Cuenca y bastante hace cuando viene unos días y se deja la espalda cocinando para todos. Nadie tiene obligación de criar a nuestros hijos. Eso lo tengo clarísimo.
Lo que me sacaba de quicio era que Vera no dijera que no desde el principio.
Decía: “Claro, déjamelos, qué ganas tengo”. Y luego nos dejaba colgados. A veces avisaba con tiempo. Otras, no.
Y delante de la gente era distinto. En Navidad, por ejemplo, una compañera suya de la residencia vino a tomar café. Vera sacó el móvil y estuvo enseñándole fotos de Leo y Marta casi media hora.
—Son mi vida —decía—. Si por mí fuera, los tendría todos los días conmigo.
Yo estaba en la cocina cortando roscón y noté cómo se me tensaba la mandíbula. Dani me miró desde el salón, porque me conoce. Luego me dijo que no montara nada, que su madre era así, que le daba vergüenza reconocer que no podía con los niños tantas horas.
—Pues que no prometa cosas —le contesté.
—Ya, pero tampoco lo hace por fastidiar.
Eso me enfadaba más, porque parecía que, como no lo hacía con mala intención, los demás teníamos que ir recogiendo el desastre sin decir nada.
La peor tarde fue en mayo. Yo tenía una cita en el dentista para empezar un tratamiento que llevaba meses aplazando. No era una urgencia, pero me dolía una muela al masticar y ya me habían dicho que no lo dejara más. Dani estaba en una instalación en Guadalajara. Vera se ofreció a recoger a los niños y tenerlos hasta las siete.
Marta llevaba incluso un cuaderno para enseñarle un cuento que estaba escribiendo. Leo, que es muy de rutinas, me preguntó tres veces si la abuela iba a llevarle al parque de los columpios grandes.
A las dos y cincuenta, cuando yo ya estaba saliendo del trabajo para ir al dentista, me entró un audio de Vera.
No lo abrió Dani, porque estaba trabajando. Lo abrí yo en el pasillo de la gestoría.
Decía que se le había complicado el día porque una amiga había tenido un problema con el coche y que, claro, tenía que hacerle el favor. Que esperaba que yo lo entendiera.
Me quedé mirando la pantalla como una tonta. Mi cita era a las cuatro. El colegio salía a las cinco. Llamé a una vecina, Sonia, con la vergüenza de siempre. Ella podía recogerlos, pero hasta las seis y cuarto no llegaba a casa.
Cancelé el dentista otra vez.
Cuando recogí a los niños, Marta me preguntó si su abuela estaba bien. Le dije que sí, que le había surgido algo. Ella no dijo nada, pero guardó el cuaderno en la mochila sin sacarlo.
Esa noche, Dani llamó a Vera. Yo estaba poniendo lavadoras y escuché partes de la conversación desde la cocina. Él hablaba bajo, intentando no discutir. Ella repetía que no había sido para tanto, que nosotros siempre exagerábamos y que ella también tenía derecho a hacer su vida.
Le quité el teléfono de la mano. No estoy orgullosa de eso. Dani se quedó blanco, como si le hubiera pegado un grito a él, y no era exactamente eso.
—Vera, claro que tienes derecho a tu vida —le dije—. Pero deja de decirles a los niños que vas a estar si no vas a estar. Y deja de decir que los recoges si luego tengo que cancelar médicos, pedir favores y hacer encaje de bolillos.
Hubo un silencio raro. De esos en los que casi esperas que alguien cuelgue.
—Es que tú no lo entiendes —dijo ella al final.
—Pues explícamelo.
Pensé que iba a salir con otra excusa. Pero habló mucho más bajito.
—Me da miedo quedarme sola con los dos. Leo no para, y Marta se enfada si él toca sus cosas. La última vez que se quedaron aquí, acabé agotada. Me dolieron las rodillas dos días. Y me da vergüenza decíroslo porque parece que soy una abuela inútil.
No supe qué contestar enseguida. Porque una parte de mí seguía enfadadísima. Pero otra entendió de golpe que Vera se había metido en un papel que ella misma había inventado y ahora no sabía cómo salirse.
Le dije que nadie necesitaba que hiciera de superabuela. Que podíamos verla para comer un domingo, que podía llevarse a Marta una tarde a merendar o venir ella a casa, donde estuviéramos Dani y yo. Pero que no volviéramos a contar con ella para recogidas, noches o planes importantes salvo que ella lo propusiera y estuviera realmente segura.
No fue una conversación bonita. Vera lloró. Dani se enfadó conmigo después, aunque luego reconoció que aquello llevaba demasiado tiempo pasando. Durante unos días apenas hablamos con ella.
Han pasado ocho meses. Vera no se ha convertido de repente en la abuela que ella decía que iba a ser. Pero ahora, cuando no puede, lo dice. A veces incluso dice que no sin dar explicaciones, y me sigue costando no tomármelo como algo personal.
El sábado pasado vino a casa con una bolsa de churros y se sentó con Marta a leer su cuento. Leo estuvo diez minutos haciendo carreras por el pasillo hasta que Dani le pidió que bajara el volumen. Vera se rio, pero no dijo que se lo llevaría luego a dormir ni prometió ningún plan para la semana siguiente.
Al irse, vi la bolsa del pijama todavía junto al perchero. La cogí, revisé que seguía estando el inhalador y la guardé en el armario del baño. No porque esté enfadada. Solo porque, de momento, ya no hace falta tenerla preparada.