Su pareja le ofrecía una casa, una boda y una vida estable, pero él sintió que para aceptarla tendría que ir desapareciendo poco a poco

La tarde que fuimos a ver el piso de Patraix por segunda vez, Álvaro llevaba una cinta métrica en el bolsillo del abrigo.

No sé por qué me acuerdo de eso. Supongo que porque él medía las paredes mientras yo miraba la luz que entraba por el balcón. Decía que allí cabía un sofá en L, que en la habitación pequeña podríamos poner una mesa para teletrabajar los dos, que el armario del pasillo nos evitaría tener trastos por medio.

Yo asentía a todo. Incluso hice una foto mental de mis libros en aquella pared blanca. Me emocioné. Tengo treinta y ocho años y hasta entonces había vivido en cuatro pisos compartidos y dos alquileres con parejas. A esa edad, en Valencia, tener algo que se pareciera a un hogar propio no era una fantasía pequeña.

Álvaro y yo llevábamos seis años juntos. Él trabaja en una asesoría fiscal, es ordenado hasta para guardar los cables y tiene una facilidad desesperante para hacer cuentas. Yo estoy en atención al cliente de una aseguradora. No gano mal, pero tampoco me sobra. Entre los dos, con algo que él tenía ahorrado de antes y la ayuda que sus padres dijeron que podían darnos, el piso salía.

Durante unas semanas yo iba por la vida como si tuviera una noticia guardada en el pecho. No se la contábamos a casi nadie porque faltaba que el banco aprobara definitivamente la hipoteca, pero mi madre ya me preguntaba si iba a querer cortinas o estores. Mi hermana me mandaba enlaces de lámparas por WhatsApp. Hasta mi padre, que nunca se mete en nada, dijo que podía venir a pintar cuando hiciera falta.

Era raro sentir que todo el mundo aprobaba mi vida.

Porque durante muchos años, lo que yo hacía por las noches no les había parecido tan fácil de aprobar.

Desde los veintisiete participo en un grupo de teatro pequeño. No es profesional. Ensayamos en un local que nos deja una asociación del barrio y actuamos donde sale: centros culturales, algún bar, fiestas de asociaciones, un festival de teatro amateur. A veces hago personajes femeninos, a veces no. No es exactamente drag, aunque la gente lo llama así porque es más rápido. Me maquillo, canto regular, improviso bastante y me lo paso bien. También he pasado vergüenza, claro. Pero es de los pocos sitios donde no siento que esté cumpliendo una función que alguien ya había decidido por mí.

Álvaro venía a verme al principio. Me ayudaba con las pelucas, incluso. Luego empezó a decir que los ensayos eran demasiados, que llegaba cansado de trabajar y que los sábados yo siempre estaba ocupado. No era mentira. El último año habíamos discutido varias veces porque él quería hacer planes con otras parejas y yo tenía función o ensayo general.

Yo también tenía mi parte. A veces me avisaban tarde de algo y decía que sí sin preguntarle. Una vez cancelé una cena por el cumpleaños de su hermana porque nos habían salido dos pases seguidos en Russafa. Sé que le sentó fatal. No soy inocente en eso.

Pero una cosa era organizarme mejor y otra lo que empezó a pasar cuando apareció el piso.

La primera vez fue cenando con sus padres. Su madre preguntó si seguiría con “lo de disfrazarme”. Lo dijo sonriendo, con esa sonrisa de quien cree que está siendo simpática.

Álvaro contestó antes que yo.

—Bueno, ahora tendrá que bajar el ritmo. Si queremos casa, vida de pareja y esas cosas, no se puede vivir como a los veinticinco.

Todos se rieron un poco. No con maldad, supongo. Yo también sonreí. Recuerdo que estaba partiendo un trozo de pan y seguí partiéndolo aunque ya era demasiado pequeño.

De vuelta a casa le dije que no me había gustado.

Él condujo un rato sin responder. Luego soltó:

—Dani, tampoco he dicho nada raro. No te estoy pidiendo que renuncies a todo. Solo que priorices.

—¿Y qué se supone que tengo que priorizar?

—Pues nuestra vida. La de verdad.

Esa frase se quedó conmigo.

No monté una escena. Al día siguiente fui a trabajar, atendí llamadas de gente enfadada por pólizas que no cubrían lo que creían, comí un táper de lentejas delante del ordenador y por la tarde fui al ensayo como siempre. Pero no conseguía quitarme de encima lo de “la vida de verdad”.

Empecé a fijarme en detalles que antes habría dejado pasar. Álvaro decía que, si nos casábamos, prefería algo íntimo y sin “numeritos”. Me pidió que no subiera vídeos de las actuaciones a Instagram porque sus clientes a veces le seguían. Cuando mi grupo propuso hacer una obra sobre familias LGTBI y me dieron un papel bastante visible, dijo que quizá era el momento de que yo dejara de exponerme tanto.

Todo lo planteaba como algo razonable. Y eso era lo peor, porque una parte de mí también lo veía razonable.

Pensaba: igual tiene razón. Igual ya no toca. Igual la gente madura no llega a casa a las once y media con purpurina en las orejas. Igual estoy a punto de perder un piso, una pareja estable y la tranquilidad que llevo años buscando por empeñarme en algo que ni siquiera me da dinero.

Llegué a decirle al director del grupo que quizá dejaría la función de primavera. No fue una conversación dramática. Se quedó callado, me preguntó si estaba bien y yo le dije que sí, que simplemente tenía otras responsabilidades.

En casa, Álvaro me abrazó cuando se lo conté. Me dijo que era una decisión adulta. Lo dijo con cariño. De verdad creo que estaba contento y que no entendía por qué a mí me dejó tan vacío.

Dos días después tuvimos cita en el banco para revisar la documentación. Habíamos pedido la mañana libre. Yo llevaba una carpeta azul con nóminas, la renta, fotocopias del DNI y no sé cuántos papeles más. En el metro, Álvaro hablaba de que, cuando estuviera todo firmado, podríamos mirar fechas para la boda.

Me miró y me preguntó si me pasaba algo.

Le dije que tenía miedo.

—A todos nos da miedo hipotecarnos —respondió.

—No es eso.

No sabía explicarlo sin sonar ridículo. Era como si de pronto hubiese visto los próximos diez años colocados delante de mí: el piso, las cenas con sus padres, el trabajo, la boda, las fotos correctas, quizá un perro porque a él le hacía ilusión. Y yo dentro de esa imagen estaba muy quieto. Bien vestido. Agradecido. Pero quieto.

Al salir del metro, antes de cruzar hacia la oficina, le dije que no podía firmar nada ese día.

Álvaro se puso blanco. Primero creyó que era una broma. Después se enfadó, y tenía motivos para estarlo. Habíamos perdido tiempo, él había movido ahorros, sus padres habían ofrecido dinero. Me dijo que siempre encontraba una manera de escapar cuando algo iba en serio.

Y yo, porque estaba nervioso y porque a veces sé hacer daño cuando quiero defenderme, le respondí que él no quería una pareja, que quería una versión de mí que no le hiciera pasar vergüenza.

No fuimos al banco.

La discusión siguió en casa y luego, durante semanas, de formas más cansadas. Él decía que nunca me había prohibido actuar. Era cierto. Yo decía que no hacía falta prohibir algo para conseguir que alguien se sintiera fuera de lugar. También era cierto, pero no arreglaba nada.

Al final Álvaro se quedó en el piso de alquiler, porque el contrato estaba a su nombre, y yo me fui un tiempo a casa de mi hermana en Mislata. Dormía en la habitación de mi sobrino cuando él estaba con su padre. Tenía una cama nido, una estantería llena de cómics y una bolsa con mis cosas debajo de la mesa.

Fue humillante, no voy a adornarlo. A los treinta y ocho años, con una relación rota a medias y sin saber si había tirado por la borda mi única oportunidad de comprar una casa, me sentía bastante idiota.

Tres meses después volví a actuar. No fue ninguna función especial. Había cuarenta personas, una señora tosió durante media obra y se nos atascó la música en la última escena. Al quitarme el maquillaje en el baño del centro cultural, pensé en Álvaro y en el piso. Todavía lo echo de menos. Todavía miro anuncios de viviendas y hago cuentas que no me salen.

Él y yo hablamos de vez en cuando. A veces con educación, a veces peor. No sé si volveremos o si ya hemos roto del todo. Sé que él no era el monstruo que yo llegué a pintar en mi cabeza, y sé que yo tampoco fui valiente de una forma limpia.

Pero aquella mañana, delante del banco, entendí que no quería comprar una vida en la que tuviera que pedir perdón cada vez que ocupaba un poco más de espacio del que otros consideraban adecuado.

Ahora estoy buscando una habitación para alquilar cerca del trabajo. Mi hermana me ha dicho que no tengo prisa, aunque su hijo vuelve el domingo y tengo que sacar mis cajas del armario.