Mi hija solo me llamaba para pedir dinero… hasta que una noche me llamó llorando y no supe si aún quedaba algo entre nosotras
—Mamá, no te enrolles, por favor. ¿Puedes hacerme un Bizum de doscientos euros o no?
Me quedé mirando la pantalla del móvil, sentada en la cocina, con la taza de manzanilla ya fría entre las manos. Eran las nueve y cuarto de un martes. En la tele hablaban de una borrasca que iba a dejar media España bajo el agua, pero yo apenas escuchaba nada.
—Lucía, hija… tengo que pagar la luz el viernes.
Al otro lado hubo un silencio corto. De esos que no son silencio, sino molestia.
—Ya te lo devolveré cuando cobre. Es que este mes se me ha juntado todo. El alquiler, la guardería de Mateo, una avería del coche… Tú sabes cómo está la vida.
Sí, sabía cómo estaba la vida. Lo sabía mejor que nadie.
Mi pensión de viudedad entraba el día veinticinco y, para el día diez del mes siguiente, ya andaba haciendo cuentas en una libreta vieja. La comunidad, las medicinas para la tensión, el recibo del gas, la compra. A veces dejaba de comprar pescado fresco y tiraba de latas. A veces decía que no tenía hambre para que una barra de pan me durase dos días más.
Pero mi hija era mi hija.
—Te mando cien, Lucía. Más no puedo.
—Mamá, con cien no hago nada.
Aquello me dolió más de lo que debía. Como si mis cien euros fueran una limosna. Como si yo no hubiera contado monedas esa misma mañana delante de la frutera.
—Es lo que tengo.
—Vale. Da igual. Ya me buscaré la vida.
Y colgó.
Ni un “¿cómo estás?”. Ni un “¿te encuentras bien?”. Ni siquiera un “gracias”.
Me quedé con el teléfono en la mano un rato largo. Luego abrí la aplicación del banco. Tenía 143 euros hasta que llegara la pensión. Le envié cien.
Después fui al baño y lloré bajito, con la puerta cerrada, como si alguien pudiera regañarme por hacerlo.
Mi marido, Antonio, murió hacía seis años. Al principio Lucía me llamaba casi todos los días. “Mamá, ¿has comido?”, me preguntaba. “No te quedes encerrada”. Venía algunos domingos desde Valladolid con Mateo, que entonces era pequeño y todavía se lanzaba a mis brazos gritando “¡Abuela!”.
Pero poco a poco empezó a venir menos.
Primero fue el trabajo. Luego el niño tenía fútbol. Después, que si Miguel trabajaba los fines de semana. Siempre había algo. Y yo lo entendía todo, porque una madre entiende incluso cuando se está rompiendo por dentro.
—No te enfades, mamá, es que no puedo estar pendiente de ti todo el rato —me soltó una vez, hace dos años.
Yo ni siquiera le había pedido que estuviera pendiente de mí. Solo le había dicho que me haría ilusión que vinieran a comer un domingo.
—No quiero que estés pendiente de mí, hija. Quiero verte.
—Pues ya nos veremos cuando se pueda.
“Cuando se pueda”. Esa frase se me quedó clavada.
Vivíamos a menos de dos horas en coche. Menos de dos horas. Yo habría cruzado media península por ella si me hubiera necesitado. Y, de hecho, lo hice muchas veces cuando era joven: trenes de madrugada, urgencias, fiebres, reuniones con profesores, préstamos que Antonio y yo pagábamos durante meses.
Lucía estudió Enfermería en Salamanca. No le faltó de nada mientras pudo estudiar. Antonio hacía horas extra en el taller y yo limpiaba casas por las mañanas. Recuerdo llegar a casa con las manos agrietadas de lejía y encontrarla llorando porque quería unos apuntes nuevos o porque sus compañeras se iban de viaje.
—No te preocupes, hija, ya veremos cómo lo hacemos.
Siempre lo hacíamos.
Cuando Antonio enfermó, Lucía vino al hospital dos veces. Dos. La segunda estaba mirando el móvil mientras su padre dormía con el oxígeno puesto.
—Tengo que volverme, mamá. El lunes entro temprano.
Antonio abrió los ojos cuando ella se fue.
—No le digas nada —me susurró—. La chica tendrá sus cosas.
Hasta para morirse la justificaba.
Después de enviarte aquellos cien euros, estuve una semana comiendo lo que tenía congelado. Un día cené un yogur y cuatro galletas María. No se lo conté a nadie. Me daba vergüenza, fíjate. Vergüenza de que mi hija tuviera que pedirme dinero cuando yo apenas podía sostenerme.
Y lo peor es que no era la primera vez.
Había pagado parte de la entrada del coche. Le presté dinero para una fianza cuando se mudaron. También para una clínica dental de Miguel, aunque él ni siquiera me llamó para darme las gracias. Lucía siempre decía que me lo devolvería.
A veces devolvía cincuenta euros. Otras veces, nada. Y yo no reclamaba.
Una tarde, mi vecina Carmen me encontró en el portal con una bolsa pequeña del supermercado.
—Mercedes, ¿eso es todo lo que has comprado?
—Sí, mujer, si yo con poca cosa tiro.
Me miró con esos ojos suyos, que lo ven todo.
—¿Le has vuelto a dar dinero a Lucía?
No contesté.
—No puedes seguir así. Tu hija tiene treinta y ocho años, no quince.
—Tiene un niño, Carmen. Y las cosas están difíciles.
—¿Y para ti no están difíciles?
Me enfadé con ella. Sin razón, claro. Porque tenía razón y eso escuece muchísimo.
Aquella Navidad no vinieron. Lucía me llamó el día 24 a las seis de la tarde.
—Mamá, al final cenamos con los padres de Miguel. Es que viven más cerca y Mateo está cansado. Te llamamos mañana, ¿vale?
Yo ya tenía el pavo en el horno. Había comprado turrón del blando, el que le gustaba a Antonio, aunque él ya no estuviera. Había puesto cuatro platos en la mesa por costumbre. Luego retiré tres.
Esa noche cené sola viendo un programa de villancicos. Ni siquiera lloré. Hay una tristeza que, cuando se queda demasiado tiempo contigo, deja de hacer ruido.
En marzo me llamó otra vez.
—Mamá, necesito quinientos euros. Pero esta vez es importante.
Le dije que no.
No salió de mí con valentía. Salió temblando, casi sin voz.
—No puedo, Lucía. No tengo.
—¿Cómo que no tienes? Si cobras la pensión y no pagas alquiler.
Sentí calor en la cara.
—Pago una casa, comida, medicinas. Y también vivo, hija.
—Ya, pero es que yo estoy desesperada.
—¿Qué ha pasado?
—Da igual. Si no puedes, déjalo.
—Lucía, espera. Cuéntame qué pasa.
Pero ya había colgado.
Durante tres meses no supe nada de ella. Ni por mi cumpleaños. Mateo tampoco me mandó un audio. Yo miraba su última conexión en WhatsApp como una tonta, esperando que apareciera una foto, una palabra, cualquier cosa.
Entonces, hace dos semanas, sonó el teléfono a las once y media de la noche.
Vi su nombre y se me encogió el estómago. Pensé: “Otra vez dinero”. Estuve a punto de no cogerlo. Pero lo hice.
—¿Lucía?
No respondió enseguida. Solo escuché una respiración rara, entrecortada.
—Mamá…
—¿Qué pasa? ¿Está bien Mateo?
Y entonces rompió a llorar.
No lloraba como cuando era niña y se hacía daño en la rodilla. Era un llanto ahogado, adulto, de alguien que ha intentado aguantar demasiado tiempo.
—Miguel se ha ido —dijo por fin—. Dice que ya no puede más conmigo. Que todo son deudas, discusiones, que estoy siempre enfadada… Mamá, no sé qué hacer.
Me agarré al borde de la mesa. Tenía tantas cosas guardadas que podría haberle dicho: “Ahora me llamas porque estás sola”. Podría haberle recordado los domingos vacíos, las navidades, el dinero, mi cumpleaños.
Pero escuché a mi hija llorar. Y por un segundo volvió a ser aquella niña que buscaba mi cama cuando tenía pesadillas.
—¿Has cenado? —le pregunté.
Ella se quedó callada.
—No.
—Pues escucha. Mañana coges a Mateo y venís a casa. No tienes que traer nada. Ya veremos lo demás cuando estéis aquí.
—¿No estás enfadada conmigo?
Miré la foto de Antonio que tengo encima del aparador. Me pareció que me miraba con esa calma que tenía él cuando yo me ponía hecha una furia.
—Estoy dolida, Lucía. Mucho. Pero enfadada no sé… ahora mismo no.
Volvió a llorar, aunque esta vez más despacio.
—Perdóname, mamá.
No le dije que la perdonaba. Aún no podía. Hay heridas que no se curan con una sola llamada, por muy llorada que sea.
Pero al día siguiente hice cocido. Compré unas magdalenas para Mateo y puse sábanas limpias en la habitación donde Lucía dormía de joven.
Mientras esperaba el timbre, pensé que quizá querer a un hijo también es aprender a no desaparecer de una misma. Tal vez esta vez tendría que ayudarla, sí, pero sin volver a dejarme atrás.
¿Se puede reconstruir una relación cuando una de las dos ha pasado años sintiéndose utilizada? ¿O el amor de madre siempre encuentra una rendija, incluso después de tanto silencio?