Mi hermano nunca preguntó si teníamos comida… hasta que tuvo que sentarse a nuestra mesa
El día que mi hermano se sentó en la cocina de mi madre y preguntó si quedaba algo más que lentejas, me dieron ganas de reírme. No por crueldad. O igual sí, un poco. Me pilló cansada, con el abrigo todavía puesto y una bolsa de Mercadona con cuatro cosas encima de la mesa.
—Hay yogures —le dije—. Pero son para mamá.
Él bajó la vista. No insistió.
Mi madre estaba en el salón, dormida con la tele bajita. Desde que le dio el pequeño ictus, hace ya tres años, se cansa enseguida. No está inválida ni nada de eso, se apaña bastante bien, pero tiene días malos y hay que estar pendiente. Cobra una pensión mínima de viudedad. Entre eso, una ayuda que nos aprobaron después de dar muchas vueltas y lo que yo saco limpiando dos portales por las mañanas, vamos tirando.
Tirar es una palabra bonita para lo que hacemos.
Hay meses en los que pago la luz y miro la cuenta como si pudiera aparecer dinero por pena. Otros meses mi madre dice que no quiere fruta, que no le apetece, y yo sé que miente porque las mandarinas están a casi tres euros y hay que elegir. Ella compra pan de molde de oferta y lo guarda en el congelador, aunque luego le sienta regular. Yo hago lentejas para dos días, arroz con tomate, tortillas cuando los huevos están baratos. Cosas así.
Mi hermano, Sergio, sabía perfectamente cómo vivíamos.
No porque yo se lo contara llorando por teléfono. Nunca he sido de eso. Lo sabía porque venía a ver a mi madre en Navidad, en su cumpleaños o cuando le convenía. Veía la humedad de la esquina del pasillo. Veía el radiador apagado. Veía que ella llevaba el mismo cárdigan gris hasta en abril.
Y aun así, llegaba con Elena, su mujer, hablando de reformas, de colegios privados para el niño, de que se habían ido un fin de semana a Lisboa porque encontraron vuelos bien de precio. Vivían en un piso nuevo por la zona de Valdebebas, con terraza, garaje y una cocina de esas con isla en medio. Yo lo vi una vez, cuando nació mi sobrino.
Me acuerdo de que Elena me enseñó una cafetera enorme, de cápsulas, y me preguntó si yo tenía una igual.
Le dije que no, que en casa usamos cafetera italiana.
—Ah, bueno, sale mejor —contestó ella, como si acabara de descubrir una tradición entrañable.
No creo que fueran malas personas todo el tiempo. Sergio quería a mi madre, estoy segura. La llamaba algunos domingos. Le mandaba fotos del niño. Pero siempre tenía una razón para no implicarse más. La hipoteca, el coche, las extraescolares, que Elena llevaba una temporada sin trabajar, que él tenía mucho estrés en la empresa.
Una vez, antes de Navidad, le pedí prestados cien euros. Me daba muchísima vergüenza. Se nos había roto la lavadora y tenía que llevar la ropa de mi madre a una lavandería. Me dijo que ese mes iba justo, que me los ingresaba después de Reyes.
No los vi nunca.
Dos semanas después subió una foto de una cena en un restaurante de esos donde te ponen cuatro cosas pequeñas en un plato enorme. Ni siquiera me enfadé al verla. Fue peor. Sentí como si ya no esperara nada.
Con el tiempo dejamos de discutir porque ni siquiera hablábamos de lo importante. Yo contestaba lo justo. Él venía menos. Mi madre lo justificaba siempre.
—Tu hermano tiene su vida, hija.
Yo no decía nada, porque mi madre se ponía nerviosa y luego le subía la tensión. Pero por dentro pensaba que nosotras también teníamos vida. Solo que era una vida más pequeña y más incómoda, y parece que eso cuenta menos.
Lo de Sergio pasó de golpe, aunque luego supimos que llevaba meses torcido. La empresa donde trabajaba hizo un ERE. Él pensaba que no le tocaría porque llevaba doce años y tenía un puesto de responsabilidad. Le tocó.
Al principio dijo que encontraría otra cosa enseguida. Después empezaron las discusiones con Elena. Según él, ella le reprochaba que estuviera todo el día de mal humor. Según Elena, que me llamó una vez llorando y bastante alterada, Sergio llevaba tiempo gastando más de lo que podían permitirse para mantener una imagen.
Yo no sé toda la verdad. Nunca la sabré.
Lo que sé es que, cuatro meses después, Elena le pidió el divorcio. El piso estaba a nombre de los dos, pero él no podía asumir ni el alquiler de otro sitio ni la manutención del niño. Se fue primero unos días a casa de un amigo. Luego ese amigo se mudó con su pareja y Sergio se quedó dando vueltas, con una maleta y una mochila.
Una tarde apareció en casa de mi madre.
No avisó. Llamó al timbre dos veces porque el primero no funcionaba bien. Yo abrí y tardé unos segundos en reconocerlo. Estaba más delgado, sin afeitar, con una sudadera que le quedaba grande. Traía una bolsa de deporte azul.
—¿Está mamá? —preguntó.
No dijo “¿puedo pasar?”. Ni “necesito ayuda”. Y yo tampoco le puse las cosas fáciles.
—Está durmiendo.
Se quedó quieto en el rellano. Luego me contó lo que había pasado, deprisa y sin mirarme demasiado. Que no tenía dónde ir. Que solo sería hasta que arreglara unos papeles y encontrara algo.
Quise decirle tantas cosas que al final no dije ninguna. Me aparté de la puerta.
El piso de mi madre tiene dos habitaciones. La de ella y la que fue mía cuando era adolescente, donde ahora guardábamos ropa, cajas y un tendedero plegable. Vaciamos lo que pudimos. Sergio durmió las primeras noches en un colchón hinchable que perdía aire antes de la mañana.
No fue una reconciliación bonita. Fue incómoda. A veces él se ofrecía a comprar y volvía con cosas que no tocaban: queso caro, bebidas energéticas, pan de semillas. Le tenía que explicar que con veinte euros había que hacer comidas, no caprichos. Otras veces abría la nevera y se quedaba mirándola demasiado rato.
Mi madre intentaba que no se notara.
—Mañana hago un cocido —decía, aunque no teníamos carne para cocido.
Un día, mientras yo fregaba, Sergio se puso a llorar en silencio en la cocina. Lo vi por el reflejo de la ventana. Me dio una rabia horrible que llorara él, como si hubiera descubierto de repente una desgracia que nosotras llevábamos años administrando.
Pero también me dio pena.
—No sabía que estabais tan mal —dijo.
Y ahí sí que me giré.
—No. No querías saberlo. Que no es lo mismo.
No discutió. Creo que fue la primera vez que no se defendió.
Lleva seis meses con nosotras. Ha encontrado trabajo por horas en una empresa de reparto y está haciendo un curso del SEPE para sacarse otra cosa. Aporta lo que puede, aunque ahora casi todo se va en pagar deudas que yo ni sabía que tenía. También acompaña a mi madre al centro de salud cuando yo no puedo. Le ha arreglado una persiana que llevaba dos años atascada. Son cosas pequeñas, pero mi madre habla de él con una alegría que me desarma.
Yo aún no he olvidado. No sé si se olvida algo así. Hay días en que le veo darle a mi madre la mitad de su yogur y pienso que estamos aprendiendo a ser familia demasiado tarde.
Esta mañana ha venido con una bolsa de naranjas y me ha dicho que estaban de oferta. Las ha contado antes de guardarlas en el frutero.
—Dan para toda la semana si no os las coméis de golpe —ha dicho.
Y mi madre se ha reído desde el sofá, como si aquello fuera suficiente para empezar de nuevo.