Años después de la infidelidad, Marta se cruzó con la otra mujer… y todo lo que creía superado volvió de golpe

La vi en la cola de la farmacia, mirando unas cremas solares como si no hubiera pasado nada en el mundo.

La reconocí antes de estar segura de reconocerla. Fue una cosa muy rara. Llevaba el pelo más corto, unas gafas grandes y una bolsa de tela colgada del hombro. Aun así, se me secó la boca. Me quedé con una caja de ibuprofeno en la mano, inmóvil, esperando que se girara y resultara ser otra persona.

Pero se giró.

Y era Lucía.

No sabía que seguía viviendo en el barrio. En realidad, nunca supe mucho de ella. Lo justo. Su nombre, que trabajaba en una asesoría cerca de la estación y que tenía un hijo pequeño. Lo suficiente para poner cara a alguien a quien había imaginado demasiadas veces sin querer.

Ella también me reconoció. Se le cayó la expresión de golpe. No dijo nada. Bajó la mirada hacia la cesta que llevaba y yo, de forma completamente absurda, pensé que tenía pan de molde, detergente y una caja de tiritas. Recuerdo eso mejor que muchas conversaciones importantes de aquellos años.

Mi marido, Pablo, me fue infiel hace casi seis años.

Entonces nuestra hija, Irene, tenía cuatro. Ahora tiene diez, está en quinto de Primaria y se enfada porque dice que la trato como a una niña pequeña cuando le recuerdo que se lave el pelo. La vida siguió. Eso es lo que más me desconcierta. Siguió incluso cuando yo sentía que me habían quitado el suelo.

Me enteré por una tontería. Pablo me dejó el móvil para que buscara una dirección porque el navegador del coche no cargaba. Entró un mensaje mientras yo lo tenía en la mano. No fue una foto ni algo explícito. Decía: “Ayer me costó muchísimo irme sin despertarte”.

No me preguntó quién era. Me lo dijo él solo cuando llegamos a casa. Primero dijo que no era lo que parecía. Luego que habían quedado unas cuantas veces. Después, cuando ya no pudo sostenerlo, reconoció que llevaba meses.

Yo no grité. Creo que eso le desconcertó más que si le hubiera tirado algo a la cabeza. Senté a Irene delante de unos dibujos, cerré la puerta del salón y le pregunté si estaba enamorado de ella.

Me respondió que no sabía.

Nunca he olvidado esa frase. No por lo dramática que era, sino por lo ridícula y cruel que me pareció. Yo llevaba toda la mañana pensando en comprarle unas zapatillas a la niña porque las otras le apretaban, había puesto una lavadora antes de ir a trabajar y tenía lentejas hechas de la noche anterior. Y él no sabía si estaba enamorado de otra mujer.

Los primeros meses fueron horribles. Pablo se fue a casa de su hermano dos semanas y volvió porque decía que no quería perder a Irene ni perderme a mí. Lucía, según él, terminó la relación antes de que él se lo confesara todo. Yo no llegué a hablar con ella. Ni quise.

Mi madre me decía que no podía decidir por mí, pero cada vez que venía a casa hacía comentarios sobre lo delgada que estaba o miraba a Pablo como si tuviera algo sucio en la cara. Mi padre, que normalmente habla poco, me soltó un día: “No te quedes por miedo”. Me molestó muchísimo, aunque en el fondo tenía razón en parte.

Me quedé por muchas cosas. Por Irene, sí. Por la hipoteca. Porque no quería que la niña fuera de casa en casa con una mochila. Porque todavía quería a Pablo y me daba vergüenza admitirlo. Porque me aterraba empezar de cero con treinta y ocho años. Porque algunas noches él lloraba de una forma que parecía sincera y yo quería creer que aquello significaba algo.

Fuimos a terapia de pareja durante casi un año. Al principio yo iba para poder decir delante de alguien todo lo que no conseguía decirle sin romperme. Luego empecé a ir porque, contra lo que esperaba, había días en que nos entendíamos un poco mejor.

Pablo dejó de poner el móvil boca abajo. Me decía dónde iba sin que yo se lo preguntara. Cambió de trabajo, en parte porque coincidía demasiado con ella por la zona. Empezó a recoger a Irene del cole más días. Hacía esfuerzos, y no quiero fingir que no los vi.

Pero yo me convertí en una persona que no reconocía del todo.

Miraba horarios. Me fijaba en si tardaba tres minutos más de lo normal en bajar a comprar pan. Si decía que tenía una reunión, imaginaba una cafetería, un hotel, una calle cualquiera. Algunas veces me despertaba a las cuatro de la mañana y lo observaba dormir. No pensaba en hacerle daño ni en irme. Solo quería saber cómo podía estar tan tranquilo.

Con el tiempo, esas cosas fueron bajando. No desaparecieron, pero se hicieron más silenciosas. Dejé de preguntarle cada detalle. Volvimos a viajar un fin de semana, fuimos a ver a Vetusta Morla con unos amigos, celebramos los cumpleaños de Irene en el salón lleno de globos y familiares. Desde fuera, supongo que parecíamos normales.

A veces hasta me sentía normal.

Por eso encontrarme a Lucía en la farmacia me dejó tan descolocada. Porque yo creía que lo tenía archivado. No perdonado del todo, pero colocado en un sitio donde no me hiciera daño cada día.

Cuando llegó su turno, ella pagó deprisa. Yo pensé que se iría sin más. Pero al pasar por mi lado se detuvo.

—Marta.

No contesté enseguida. Creo que asentí.

—Sé que no tienes por qué hablar conmigo —dijo—. Solo quería decirte que lo siento.

Me salió una risa fea, bajita. No porque tuviera gracia, sino porque era exactamente la frase que había imaginado muchas veces. En mis fantasías ella decía algo horrible o se justificaba, y yo le respondía algo brillante. En la vida real tenía una bolsa con ibuprofeno y la garganta cerrada.

—Han pasado muchos años —le dije.

Ella asintió, pero tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Ya. Pero no quería hacer como si no te hubiera visto.

Podría haberle dicho que agradecería que hubiera hecho precisamente eso. Podría haberle preguntado cuántas veces habían estado juntos, si se rieron de mí, si él le prometió cosas. No le pregunté nada. Me limité a decirle que tenía prisa, aunque no la tenía.

Esa tarde no conté nada en casa. Preparé merluza al horno, ayudé a Irene con unas fracciones que ninguna de las dos entendía muy bien y escuché a Pablo hablar de una avería en la oficina. Lo miraba y pensaba que él no había visto a Lucía, que para él ese día era martes y ya está.

Cuando Irene se durmió, se lo dije.

Pablo se quedó blanco. Lo primero que me preguntó fue si ella había intentado hablarme. Le contesté que sí, y entonces hizo ese gesto suyo de pasarse la mano por la nuca cuando está nervioso.

—Lo siento —dijo.

Me enfadé.

—No me pidas perdón otra vez como si fuera nuevo.

—No sé qué decirte, Marta.

—Pues nada. Igual por una vez no tienes que arreglarlo tú.

Se quedó callado. Yo también. Luego me fui al baño, me lavé los dientes y lloré sin hacer ruido, con una rabia antigua que me daba hasta vergüenza.

Han pasado tres semanas desde aquel encuentro. Pablo y yo apenas hemos discutido, que casi es peor. Él está pendiente de mí, demasiado pendiente, y yo noto que vuelve a medir cada palabra. Irene no sabe nada, claro. Ella solo ha notado que estoy más distraída y ayer me preguntó si me pasaba algo porque le puse el bocadillo de queso sin quitarle los bordes.

No sé si perdoné a Pablo o si aprendí a convivir con lo que hizo. Tampoco sé si hay diferencia.

El sábado vamos a llevar a Irene a casa de una amiga y él ha propuesto desayunar fuera, los dos solos. He dicho que sí, aunque no me apetece especialmente. Esta mañana, antes de salir, he visto el móvil de Pablo cargando en la encimera y no lo he cogido.

No ha sido una victoria. Solo he dejado el móvil donde estaba y me he ido a trabajar.