Miguel fue a comer a casa de sus padres un domingo y salió de allí sintiendo que ya no sabía cuál era su lugar en la familia

Todavía tengo en casa el táper con croquetas que compramos aquella mañana. Lo dejé en la nevera al volver y se me olvidó por completo hasta el martes. Cuando lo vi, ya olía raro y lo tiré sin abrirlo.

Me dio una rabia absurda. No por las croquetas, claro. Por haber ido con ellas como si de verdad hiciera falta llevar algo para pasar una comida agradable con mis padres.

Tengo cuarenta y dos años y vivo con Eva en Alcalá de Henares desde hace tres. Ella es enfermera, yo trabajo en una empresa de mantenimiento de ascensores. No tenemos hijos. No es un tema del que me guste hablar demasiado porque, aunque la gente pregunta con buena intención, al final se te queda dentro como si debieras una explicación. Mis padres sí lo sacan a veces. O lo sacaban. Últimamente ni eso.

La comida era un domingo de enero. Mi madre había dicho por teléfono que hiciéramos el favor de ir, que mi padre quería vernos. Lo dijo así, un poco seco, pero yo interpreté que estaba mayor, cansada, lo de siempre. Mi padre tiene setenta y uno y desde que se jubiló parece que se le han ido encogiendo las ganas de todo. Antes era de salir a pescar, de hacer chapuzas a los vecinos, de contar el mismo chiste hasta que alguien se reía por agotamiento. Ahora se pasa media tarde viendo vídeos en el móvil con el volumen alto.

Eva no quería ir. No porque le caigan mal, exactamente. Es peor cuando no hay una pelea clara que señalar. Simplemente decía que cada vez se sentía más como una visita molesta.

—Voy por ti —me dijo mientras se ponía los pendientes en el coche—. Pero no me pidas luego que finja que no pasa nada.

Le dije que no le iba a pedir nada. Y ya ahí empecé a ponerme a la defensiva, aunque no sabía contra quién.

Cuando llegamos al piso, mi madre tardó en abrir. Escuchamos sus zapatillas arrastrándose por el pasillo y el cerrojo. Nos abrió con un delantal puesto, pero no olía a comida. Detrás de ella estaba todo medio a oscuras, con la tele encendida en el salón.

—Ah, ya estáis aquí —dijo.

Ni beso, ni “qué tal el viaje”, nada. Eva se inclinó para darle dos besos y mi madre giró la cara tarde, como sorprendida. Me pareció feo, pero pensé que quizá estaba enfadada por alguna tontería. A mi madre le dan temporadas así. Una vez estuvo dos semanas distante porque, según ella, yo había contestado mal a una prima en Navidad. Yo ni me acordaba de haber hablado con esa prima.

Mi padre apareció desde el salón sin levantarse del todo del sillón.

—Buenas.

Eso fue todo.

Le llevamos las croquetas y una botella de vermú que había elegido Eva, porque mi padre siempre tomaba un poco los domingos. Mi madre las dejó sobre la encimera sin mirarlas.

—No hacía falta traer nada. He hecho poca cosa.

Resultó que la comida era pollo asado de supermercado, una bolsa de ensalada y pan del día anterior. No lo digo para criticar el menú. Me daba igual comer un bocadillo de tortilla. Lo que me descolocó fue que solo había tres platos en la mesa.

Mi madre sacó uno más al vernos mirar.

—Ay, es verdad. Espera.

Eva me miró de reojo. Esa mirada breve que conoces cuando llevas años con alguien: no quiere montar nada, pero tampoco puede fingir que no ha visto lo que ha visto.

Durante la comida, mi padre apenas habló. Le pregunté por la revisión del coche y dijo que bien. Le pregunté por su hermano, mi tío Julián, y respondió que no sabía nada. Mi madre hablaba de la vecina del cuarto, de que la comunidad quería cambiar el telefonillo, de que todo estaba carísimo. Cuando Eva intentaba entrar en la conversación, ella respondía con un “ya” o directamente seguía por otro lado.

Hubo un momento especialmente incómodo. Eva contó que una compañera suya había pedido reducción de jornada porque su madre estaba delicada. No lo contó buscando atención, solo salió porque hablábamos de hospitales.

Mi madre dejó el tenedor y dijo:

—Bueno, cada uno tiene sus prioridades. Hay gente que sabe estar pendiente de los suyos y gente que está a otras cosas.

No miró a nadie, pero no hacía falta.

Yo noté que se me subía el calor a la cara. Podría haber preguntado qué quería decir. Podría haberlo parado ahí. En vez de eso, dije algo ridículo sobre que la gente tiene vidas complicadas. Mi padre siguió cortando el pollo, sin levantar la vista.

Eva no dijo nada hasta que mi madre se levantó a por café. Entonces me susurró:

—¿Ves? Esto es lo que te decía.

Le hice un gesto para que bajara la voz. En mi propia casa de niño. Como si todavía tuviera dieciséis años y temiera que mis padres me oyeran hablar de ellos.

El café fue peor. Mi madre puso dos tazas en la mesa y se quedó con la tercera en la mano. Luego dijo que ella no tenía ganas y la dejó en el fregadero. Mi padre se tomó el suyo mirando la televisión desde el comedor. Ni siquiera apagaron el sonido. Un concurso de esos de los domingos sonaba de fondo mientras nosotros estábamos allí sentados.

Cuando nos levantamos, Eva fue al baño y mi padre aprovechó para decirme:

—Tu madre está sensible. Ya sabes cómo es. No le deis importancia.

Eso me dolió más de lo que esperaba. Porque no era una explicación. Era una orden: no preguntes, no incomodes, sigue viniendo y acepta que te traten como si sobraras.

Le pregunté si pasaba algo conmigo.

—No empieces, Miguel.

—No estoy empezando nada. Llevo meses llamando y no me cogéis. Venimos y parece que os hemos fastidiado el día.

Mi padre suspiró, cansado. Me dijo que desde que estaba con Eva yo había cambiado, que ya no aparecía “cuando hacía falta”. Le recordé que les ayudé con la mudanza del trastero, que fui al hospital con mi madre cuando la operaron de la muñeca, que les llamaba todos los miércoles hasta que dejaron de devolverme las llamadas. Me contestó que esas cosas no se cuentan.

Y en eso tenía parte de razón. Las cosas que haces por tus padres no se deberían contar. Pero tampoco deberían borrarse como si jamás hubieran existido.

Eva salió del baño con el abrigo puesto. Ni siquiera me pidió explicaciones; debió de verme la cara.

Mi madre nos acompañó hasta la puerta. Antes de cerrar, dijo:

—A ver si no tardáis tanto la próxima vez.

Me quedé mirándola. Quise decirle que habíamos estado yendo casi todos los meses, que el mes anterior cancelaron ellos porque preferían ir a comer a casa de mi hermana. Quise preguntarle por qué parecía castigarme por una distancia que también habían creado ellos.

Pero solo dije “sí, mamá”.

En el coche, Eva aguantó unos minutos. Luego empezó a llorar, sin hacer ruido. Me dijo que no soportaba verme pedir cariño donde claramente no me lo querían dar. Me enfadé con ella. Le dije que eran mis padres, que no podía cortarles de un día para otro por una comida desagradable.

Ella asintió y miró por la ventanilla.

—No te estoy pidiendo que cortes. Solo que dejes de llamarlo comida desagradable.

Desde entonces he hablado con mi madre dos veces. Conversaciones cortas, sobre el tiempo y una cita médica de mi padre. Ella actúa como si aquel domingo no hubiera existido. Mi padre me mandó hace poco un vídeo de un gato que se cae de una mesa. Le respondí con un emoji y ahí quedó todo.

Este domingo era el cumpleaños de mi madre. Estuve a punto de llamar para preguntar si querían que fuéramos. Al final le envié un mensaje temprano: “Felicidades, mamá. Espero que pases buen día”.

Me contestó por la noche: “Gracias, hijo”.

Nada más.

Eva estaba en el sofá viendo una serie. Le enseñé el móvil y me preguntó si quería cenar algo. Dije que no tenía hambre. Luego calenté una sopa de sobre y nos la tomamos cada uno con su manta, sin hablar mucho. Me sentí culpable por estar tranquilo. También me sentí triste. Las dos cosas a la vez, que es lo que peor llevo.