Cada mes ayudaba a mi hijo con el alquiler en Madrid, hasta que empecé a sentir que mi pensión pagaba una vida que ya no entendía
La transferencia la hacía siempre el día 3, cuando me ingresaban la pensión.
No tenía una orden automática ni nada de eso. Entraba en la aplicación del banco, ponía la cantidad, revisaba tres veces el número de cuenta de Dani y le daba a enviar. Luego esperaba el mensaje suyo: “Gracias, mamá ❤️”. A veces añadía que ese mes iban justos. A veces ni siquiera explicaba nada.
Empecé dándoles 250 euros. Después fueron 300, porque les subieron el alquiler del piso en Carabanchel y, según mi hijo, el casero les avisó con muy poco margen. Yo vivo sola en Fuenlabrada, en el piso que terminé de pagar con mi marido antes de que muriera. No me sobra el dinero, tampoco voy a decir que me falte para comer. Cobro 1.270 euros de pensión, más o menos. Pago comunidad, luz, gas, el seguro de casa, mis pastillas para la tensión, la compra. Y desde hace unos años miro más los precios, como todo el mundo.
Dani tiene treinta y dos. Trabaja en una empresa de logística en Coslada. Su mujer, Laura, hasta hace unos meses estaba en una agencia de marketing, aunque lo de “estaba” todavía me cuesta decirlo. Llevaban casados poco tiempo y alquilados en Madrid desde antes de la boda. No tienen hijos.
Al principio yo veía la ayuda como una cosa temporal. Madrid está imposible, eso lo sabe cualquiera. Ellos querían independizarse, y a mí me parecía bien. De hecho, fui yo quien le dijo a Dani que no tenía sentido que se quedara conmigo hasta los cuarenta solo por ahorrar. Él me contestó que tampoco quería pedirme dinero. Y era verdad que le daba apuro.
Pero luego pasaron los meses.
Una tarde, mirando Instagram, me salió una foto que Laura había subido: los dos en un restaurante con unas hamburguesas enormes, patatas, cócteles de colores. No sé ni por qué me fijé. Seguramente era una cena normal, una vez al mes, qué sé yo. Pero yo acababa de volver de comprar y había dejado los filetes de pollo porque estaban a casi nueve euros el kilo.
Me sentí fea por pensarlo. Enseguida cerré la aplicación. Pero el malestar se quedó ahí.
Después vinieron otras cosas pequeñas. Dani me contaba que se habían comprado una cafetera “buena”, que Laura había ido a un festival con sus amigas, que habían pedido sushi porque ninguno tenía ganas de cocinar. Tonterías, si se miran una por una. Yo también he tenido mis caprichos. No pretendía que vivieran encerrados ni comiendo arroz blanco por recibir ayuda mía.
Aun así, cada vez que hacía la transferencia, me entraba una especie de rabia. No contra ellos exactamente. Contra la situación. Contra mí por haberme metido. Contra Dani por no haber buscado algo más barato, aunque sé que encontrar algo más barato en Madrid no es decirlo y ya está. Y contra Laura, muchas veces, aunque me da vergüenza reconocerlo, porque parecía que era más fácil enfadarse con ella que con mi propio hijo.
Una vez se lo solté a Dani por teléfono.
—No sé, hijo, igual podríais apretar un poco con las cenas y esas cosas.
Hubo un silencio raro.
—Mamá, no sabes lo que gastamos ni lo que dejamos de gastar.
—Hombre, alguna cosa veo.
—¿Por Instagram? No me fastidies.
Me puse a la defensiva. Le dije que si yo ayudaba era normal que quisiera saber en qué se iba el dinero. Él me respondió que los 300 euros no eran “mi dinero” desde el momento en que se los enviaba, y eso me sentó fatal. Le dije que muy bien, que entonces el mes siguiente no mandaba nada y arreglado.
No lo hice. Claro que no.
Cuando Laura se quedó en paro, me enteré por Dani, no por ella. La agencia había perdido una cuenta importante y despidieron a varias personas. Laura tenía derecho a prestación, pero no le llegaba ni de lejos para lo que cobraba antes. Dani me llamó un domingo por la noche. Se le notaba intentando hablar como si no pasara nada.
—Mamá, este mes vamos a necesitar un poco más, si puedes.
Me quedé mirando la mesa de la cocina. Tenía el táper con lentejas de dos días y una bolsa de mandarinas.
—¿Cuánto es “un poco más”?
—No sé. Cuatrocientos, quizá.
Le dije que lo pensaría. No porque no pudiera sacar los cien euros más, sino porque ya estaba cansada de que todo se resolviera con una llamada y con mi cuenta bancaria.
Durante dos días no hablé con ninguno. Luego Laura me escribió. Me dijo que entendía si no podía ayudar más, que no quería que yo pensara que se aprovechaban de mí. El mensaje era correcto, incluso cariñoso, pero me irritó. Le contesté demasiado seca: “No es cuestión de pensar, Laura. Es cuestión de números”.
Ella no respondió.
El sábado siguiente fui a Madrid. Dani me había pedido que comiéramos juntos y acepté, aunque iba con la idea de decir cosas que llevaba guardándome demasiado tiempo. Su piso era pequeño pero agradable, eso también me molestaba un poco. Tenían plantas en el balcón, una lámpara que parecía de diseño y una estantería llena de libros. Laura estaba más delgada. Me di cuenta al abrazarla. No llevaba maquillaje y tenía una cara de no haber dormido que me dio pena al instante.
Comimos pasta con tomate. Nada especial. Dani estaba nervioso y hablaba demasiado del trabajo, de un compañero que se había ido, de no sé qué ruta nueva de reparto. Laura casi no intervenía.
Después de recoger, fui yo la que empezó.
—No puedo seguir así indefinidamente.
Dani dejó el vaso en la encimera con más fuerza de la necesaria.
—No te hemos pedido que lo hagas indefinidamente.
—Pues lleváis casi dos años.
Laura se quedó mirando el suelo. Yo continué, porque cuando una empieza ya no sabe frenar.
—Yo no os digo que no salgáis nunca. Pero me duele ver ciertas cosas cuando yo estoy poniendo dinero todos los meses. Y ahora todavía más.
Dani se puso rojo. Me dijo que no tenía derecho a revisarles la vida por una ayuda que yo ofrecí. Yo le contesté que ofrecí ayudarles a pasar una mala época, no a sostener un nivel de vida.
Laura levantó la cabeza entonces.
—Lo entiendo —dijo—. Pero también te digo una cosa: no sabes cuál es nuestro nivel de vida. La cafetera fue un regalo de boda. El festival me lo pagó mi hermana. Y las cenas que has visto… algunas eran por trabajo, otras las pagamos con tarjetas regalo. No digo que seamos perfectos, porque no lo somos. Pero no estamos tirando tu dinero en cócteles.
Me quedé callada. Me habría gustado decir que no era eso exactamente, pero sí era bastante eso.
Dani sacó el móvil y abrió una nota. Habían hecho cuentas. Alquiler, suministros, abono transporte, préstamo pequeño que pidieron para la fianza, comida, cuota de autónoma de Laura hasta que la dieran de baja —eso yo ni lo sabía—. Él estaba dispuesto a coger turnos extra durante unos meses. Laura tenía una entrevista la semana siguiente y había empezado a buscar trabajos aunque fueran fuera de su sector.
—No queremos pedirte cuatrocientos cada mes —me dijo ella—. Queremos saber si podrías ayudarnos durante tres meses, con una cantidad fija. Y a cambio no habrá llamadas de última hora ni cosas vagas. Te enseñamos las cuentas si quieres, pero no para que nos apruebes cada gasto. Para que sepas dónde estamos.
Eso último me removió. “No para que nos apruebes cada gasto”. Era exactamente lo que yo estaba haciendo, aunque me dijera que solo me preocupaba por ellos.
Al final acordamos 350 euros durante tres meses. Ni uno más salvo una urgencia de verdad, y si había una urgencia se hablaba antes, no después. Ellos revisarían si podían renegociar algo del alquiler al renovar o buscar otro piso, aunque eso no fuera inmediato. Laura aceptó que le ayudara con el currículum, porque yo había trabajado muchos años en administración y se me dan bien esas cosas. Dani, por su parte, dejó de hacer como si el tema del dinero no existiera hasta que necesitaba llamarme.
Yo les dije que no quería ver sus extractos bancarios cada semana. Me salió casi con esfuerzo. Les pedí, eso sí, que no me contaran alegremente lo que se gastaban en tonterías cuando luego iban justos, porque a mí me afectaba más de lo que ellos pensaban.
Laura encontró un trabajo a media jornada al cabo de un mes. No era en marketing y cobraba bastante menos, pero le permitía respirar. El segundo mes me devolvieron 50 euros de una factura que al final les habían cobrado de menos. No hacía falta, pero insistieron.
Sigo ayudándoles, aunque ya no todos los meses. A veces les mando algo si sé que han tenido un gasto concreto, como cuando se les estropeó la lavadora. Otras veces no. Y he dejado de mirar sus historias con la lupa con la que las miraba antes.
No es que de repente me parezca bien todo. Hay días en que veo que han ido a tomar algo y todavía noto ese pellizco absurdo. Entonces cierro el móvil y me pongo con otra cosa. Hace poco Dani me mandó una foto de Laura en su nuevo despacho, pequeño y compartido, el primer día de un contrato mejor.
Le contesté: “Me alegro mucho por ella”.
Y era verdad, aunque tardé un poco en escribirlo.