Marta se refugió en el piso de su abuela tras descubrir la traición de su marido, pero lo que encontró allí cambió su forma de volver a empezar

El primer día que dormí en el piso de mi abuela puse un colchón hinchable en el salón porque no me atrevía a subir al dormitorio.

No sé por qué. La cama de mi abuela llevaba cubierta con una sábana desde que murió, hacía casi cuatro años. Mi madre había dicho mil veces que había que vaciar el piso, ponerlo a la venta y dejar de pagar comunidad e IBI por “un sitio que no usa nadie”. Pero allí seguía todo: el aparador oscuro, el crucifijo torcido encima de la puerta, las cortinas color crema que olían a cerrado aunque las tuviera abiertas toda la tarde.

Yo llegué con dos maletas, una caja de libros, ropa de entretiempo y una bolsa llena de cables que todavía no he ordenado.

Mi marido, bueno, mi exmarido ahora, se llamaba Iván. Llevábamos once años juntos y ocho casados. No hubo una escena de película. No encontré un pintalabios ajeno ni una carta escondida. Vi un cargo repetido en la tarjeta que compartíamos, de un hotel cerca de Atocha. Me dijo que era una comida de empresa, cosa que me habría tragado si no hubiera aparecido tres veces, siempre los jueves, siempre por la tarde.

Luego miré su móvil. Sí, ya sé que no está bien. Pero a esas alturas algo dentro de mí ya estaba buscando permiso para dejar de hacerme la tonta.

Era una compañera suya. Lidia. La conocía de haber coincidido en una cena de Navidad. Me había parecido simpática. Tenía una niña pequeña y siempre hablaba de lo cansada que estaba. Habían empezado, según Iván, “sin querer”. Esa frase me dio más rabia que cualquier otra.

Sin querer se te cae un vaso. No reservas una habitación durante meses.

Los primeros días no lloré casi nada. Me limité a hacer cosas. Cambié la cerradura del piso de mi abuela porque la antigua se quedaba enganchada. Llamé a una empresa para que revisara la caldera. Limpié los azulejos de la cocina con un cepillo de dientes viejo que encontré debajo del fregadero. Por las noches, cuando ya no podía hacer ruido, me sentaba en el suelo con una manta y miraba la tele sin enterarme de nada.

Mi madre venía cada dos días sin avisar.

—Marta, hija, esto está hecho una pena.

—Ya.

—No digo por el piso. Bueno, también. Digo por todo.

Se ponía a ordenar mientras hablaba. Que si había que pensar las cosas con calma. Que Iván estaba arrepentido. Que todos cometemos errores. Que no sabía por qué tenía que enterarse la gente de nuestra vida.

Eso último me dejó helada.

—¿Qué gente, mamá?

—Pues la familia, los vecinos, tus tías. Ya sabes cómo son.

Mi madre había estado casada con mi padre treinta y cinco años hasta que él murió. Creo que confundía aguantar con querer. O quizá era una forma de defender su propia vida, no lo sé. Con ella nunca conseguía hablar de estas cosas sin acabar sintiéndome una adolescente egoísta.

Una tarde le dije que no quería volver con Iván.

No le dije “de momento”. No dije “ya veremos”. Lo dije así, aunque me temblara la voz.

Ella dejó un plato en el escurridor con demasiada fuerza.

—Pues no tomes decisiones definitivas desde el dolor.

—No es solo dolor. Es que no quiero estar con alguien que me ha mentido durante un año.

—Él dice que fue menos tiempo.

La miré. Fue horrible, porque entendí que había hablado con él a mis espaldas.

—¿Te ha llamado?

—Me llamó preocupado. Es normal, Marta. También es familia.

—No. Ya no.

Mi madre se quedó callada. Después se puso el abrigo y se fue sin darme el beso de despedida. Me sentí fatal en cuanto cerró la puerta. Aún me siento fatal algunas veces. No soy de esas personas que cortan relaciones y duermen tranquilas después.

Iván empezó a escribirme mensajes largos. Al principio los leía todos. Decía que se sentía vacío en casa, que Lidia no tenía nada que ver, que había terminado con ella. Me mandó una foto de nuestra planta del salón, una monstera medio mustia, preguntando qué fertilizante usaba yo. Era ridículo, pero lloré con esa foto más que con sus disculpas.

Luego apareció en el portal del piso de mi abuela.

No sé quién le dio la dirección. Seguramente mi madre, aunque nunca se lo pregunté directamente porque no quería oír la respuesta.

Yo bajaba a tirar la basura y lo vi junto a los buzones. Llevaba una bolsa con mandarinas y una chaqueta que le quedaba demasiado fina para el frío de noviembre.

—Solo quería verte cinco minutos —dijo.

Me quedé con la bolsa de basura en la mano. Pensé en lo absurdo que era que aquel momento, que yo había imaginado tantas veces desde que lo descubrí todo, oliera a basura y a ambientador barato del portal.

—No tienes que traerme fruta para hablar conmigo.

—Marta, por favor.

Tenía los ojos rojos. Y yo le quise durante tantos años que una parte de mí casi se movió hacia él por costumbre. Casi.

—No sé qué esperas que haga —le dije—. No sé qué quieres que arregle yo.

—Quiero volver a casa.

—Esa era nuestra casa. Tú decidiste salir de ella mucho antes de que yo me fuera.

No grité. Eso fue lo raro. Él bajó la mirada y dejó las mandarinas en el suelo. Me pidió perdón otra vez. Yo asentí, porque sí, porque ya le había oído, pero no le dije que le perdonaba. Tampoco le dije que no. Simplemente subí las escaleras sin mirar atrás.

En el tercero vive una mujer que se llama Nuria y tiene un perro pequeño, Rufi, que ladra como si fuera enorme. La conocí porque un día se me rompió una persiana y ella escuchó mis golpes desde el patio interior. Se presentó con una caja de herramientas y me arregló lo que pudo.

—Tu abuela me dejaba subir a por sal cuando mi madre se olvidaba de comprar —me contó—. Era muy suya, pero tenía buen fondo.

Me hizo gracia que alguien describiera así a mi abuela. En mi familia siempre la llamaban difícil. Yo la recordaba haciendo croquetas los domingos y guardando monedas de peseta en una caja de galletas. Nunca pensé que también pudiera haber sido una mujer “muy suya”.

Nuria empezó a tomar café conmigo algunos sábados. No hablamos siempre de Iván. De hecho, agradecía que no lo hiciéramos. Hablábamos del barrio, de que habían cerrado la mercería, de su hija que estudiaba fuera, de una fuga de agua del quinto. Cosas normales. Cosas que, por algún motivo, me ayudaban a volver a estar dentro del mundo.

Hace dos semanas fui con mi madre a comer a casa de mi tía Pilar. Iván no estaba, pero estaba en cada silencio. Mi tía me preguntó si seguía “en el piso de la yaya” y luego dijo que era una pena tener un matrimonio tan bonito y tirarlo todo por un error.

Yo estaba partiendo pan. Me quedé con la miga pegada en los dedos.

Esta vez no discutí. Le dije que entendía que desde fuera pudiera parecer un error. Que desde dentro había sido una sucesión de mentiras, de silencios y de días en los que él llegaba tarde y yo me convencía de que no pasaba nada porque me daba miedo preguntar.

Mi madre no dijo nada. Pero al irnos, en el rellano, me acomodó el cuello del abrigo como hacía cuando era niña.

—El piso necesita una mano de pintura —me dijo.

—Sí.

—Si quieres, el sábado puedo ayudarte.

No era una disculpa. Mi madre no sabe mucho de disculpas. Pero entendí lo que podía darme en ese momento.

He elegido un verde muy claro para el salón. Nuria dice que es demasiado atrevido y que dentro de un año me cansaré. Puede que tenga razón. También puede que no.

Iván sigue escribiendo de vez en cuando. Ya no todos los días. Yo aún no he iniciado el divorcio, aunque tengo cita con una abogada la semana que viene. Me cuesta llamar a las cosas por su nombre. A veces echo de menos hasta sus zapatillas atravesadas en el pasillo.

Pero ayer subí por fin al dormitorio de mi abuela, quité la sábana de la cama y abrí las ventanas de par en par. Había polvo, claro. Mucho. Me pasé la tarde limpiando y, cuando terminó de anochecer, pedí una pizza y cené allí sentada, con las piernas cruzadas sobre la colcha.

No sentí paz, exactamente.

Sentí que ese cuarto ya no estaba esperando a nadie.