No soy la empleada de la familia: el día que dije basta

—¡Mamá, por favor, apúrate!— gritó Mariana desde la cocina, mientras yo intentaba calmar a mi nieto que lloraba desconsolado en mis brazos. El arroz se estaba quemando y el teléfono no paraba de sonar. Sentí el sudor frío recorrerme la espalda. ¿En qué momento mi vida se había convertido en esto?

Me llamo Rosa. Nací en un pequeño pueblo de Jalisco, México, donde la familia lo es todo. Crecí escuchando que una madre nunca descansa, que los hijos siempre son primero. Cuando mi hijo mayor, Luis, se casó con Mariana, pensé que mi familia se agrandaba, que tendría más amor y compañía. Pero nunca imaginé que ese amor se transformaría en una carga tan pesada.

Todo comenzó poco a poco. Mariana me pedía que cuidara a Emiliano “solo por unas horas” mientras ella iba al trabajo. Luego, esas horas se convirtieron en días completos. Después me pedía que cocinara porque llegaba cansada, que lavara la ropa porque “nadie lo hace como tú, suegra”. Al principio lo hacía con gusto; después, con resignación.

Un día, mientras doblaba la ropa de toda la familia, escuché a Mariana hablando por teléfono en la sala:

—Sí, mi suegra está aquí. Ella hace todo, ni te preocupes. Es como tener una empleada gratis.

Sentí un nudo en el estómago. ¿Eso era para ella? ¿Una empleada gratis? Me mordí los labios para no llorar y seguí doblando las camisas de Luis y los pantalones de Emiliano.

Esa noche no pude dormir. Recordé a mi madre, a mis tías, todas mujeres entregadas a los demás, siempre cansadas y calladas. ¿Era ese mi destino? ¿Ser invisible?

Al día siguiente, Mariana llegó tarde del trabajo y dejó caer su bolso sobre la mesa.

—Rosa, ¿puedes bañar a Emiliano? Estoy agotada.

—Mariana— le dije con voz temblorosa—, creo que necesito descansar un poco. Hoy me siento mal.

Ella me miró con fastidio.

—¿Descansar? Rosa, tú no trabajas. ¿De qué te cansas?

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Quise gritarle todo lo que sentía, pero solo atiné a decir:

—No soy tu empleada. Soy tu suegra y la abuela de Emiliano. Yo también tengo derecho a descansar.

Luis entró justo en ese momento y sintió la tensión en el aire.

—¿Qué pasa aquí?

Mariana bufó y se fue al cuarto sin decir nada más. Luis me miró confundido.

—Mamá, ¿qué hiciste?

—Nada, hijo. Solo pedí un poco de respeto.

Esa noche lloré en silencio. Me sentía culpable por haber alzado la voz, pero también sentía una pequeña chispa de alivio. Por primera vez en años, había dicho lo que pensaba.

Los días siguientes fueron fríos y tensos. Mariana apenas me hablaba y Luis parecía molesto conmigo. Emiliano me buscaba para jugar y yo me derretía por dentro, pero sabía que tenía que mantenerme firme.

Una tarde, mientras preparaba café para mí sola —por primera vez en mucho tiempo— Mariana se acercó.

—Rosa… perdón si te hice sentir mal. No me di cuenta de todo lo que haces por nosotros.

La miré a los ojos y vi a una mujer tan cansada como yo.

—Mariana, yo te quiero como a una hija. Pero también necesito tiempo para mí. Si seguimos así, nos vamos a lastimar todos.

Ella asintió y se sentó a mi lado. Por primera vez hablamos como dos mujeres agotadas por las expectativas de los demás.

Desde ese día las cosas cambiaron poco a poco. Aprendí a decir “no puedo” sin sentirme mala persona. Mariana empezó a buscar ayuda fuera de casa y Luis entendió que su madre también necesitaba vivir su propia vida.

A veces me pregunto cuántas mujeres en Latinoamérica viven así: entregadas hasta el cansancio, invisibles para sus propias familias. ¿Cuándo fue la última vez que pensaste en ti misma antes que en los demás? ¿Cuándo fue la última vez que dijiste basta?