Cuando soltar duele: La historia de Tomás y su hijo Julián
—Papá, ¿me puedes prestar dinero otra vez?—. La voz de Julián retumbó en la cocina como un trueno en plena sequía. Yo estaba sentado frente a la mesa, con el mate ya frío entre las manos, mirando por la ventana el cielo plomizo de Córdoba. Mi esposa, Marta, ni siquiera levantó la vista del sartén; ya conocía esa escena de memoria.
No era la primera vez. Ni la segunda. Ni siquiera la décima. Julián tenía treinta y dos años y seguía viviendo con nosotros, saltando de trabajo en trabajo, siempre con una excusa nueva: que el jefe era un explotador, que el país no daba oportunidades, que la vida era injusta. Y yo, Tomás, siempre estaba ahí para rescatarlo. ¿Cómo no hacerlo? Si desde chico había sido un niño sensible, el más pequeño de mis tres hijos, el que lloraba cuando se caía y buscaba mis brazos para consuelo.
Pero ahora, cada vez que le daba dinero o le resolvía un problema, sentía una punzada en el pecho. ¿Estaba ayudándolo o hundiéndolo más? Marta me lo decía sin rodeos:
—Tomás, así nunca va a aprender. Lo estás malcriando.
Pero yo no podía soportar verlo sufrir. Recordaba mi propia infancia en el campo, cuando mi padre me enseñó a golpes que los hombres no lloran y que uno debe arreglárselas solo. Yo quise ser diferente con mis hijos. Quise darles todo lo que a mí me faltó: cariño, comprensión, una red donde caer.
Esa tarde, después de darle el dinero a Julián —otra vez—, salí al patio y me senté bajo el limonero. Sentí una mezcla de rabia y tristeza. Mi hija mayor, Lucía, me llamó por teléfono esa noche:
—Papá, ¿otra vez le diste plata a Julián?—
—No empieces, Lucía…
—Es que mamá está cansada. Y yo también. Vos también tenés derecho a descansar.
Colgué sin responderle. Me sentí solo, incomprendido. ¿Acaso no era mi deber como padre?
Los días pasaron y Julián volvió a lo mismo: llegaba tarde, gastaba el dinero en salidas con amigos y volvía con historias cada vez más inverosímiles. Una noche lo escuché discutir con Marta:
—¡No podés seguir viviendo así!— gritó ella.
—¡Ustedes no entienden nada! ¡Nadie me apoya!— respondió él.
Me encerré en mi cuarto. Sentí que la familia se me desmoronaba entre los dedos como arena seca. Recordé las palabras de mi madre antes de morir: «A veces hay que dejar ir para que vuelvan mejores».
Un domingo, mientras almorzábamos en silencio —el ruido de los cubiertos era lo único que llenaba el aire— Julián anunció:
—Me echaron otra vez.
Marta dejó caer el tenedor.
—¿Y ahora qué pensás hacer?— pregunté yo, tratando de sonar firme.
Julián me miró con ojos suplicantes:
—Necesito tu ayuda una vez más…
Ahí sentí que algo dentro mío se rompía. Me levanté despacio y salí al patio. Marta vino detrás de mí.
—Tomás, basta. Si seguís así lo vas a perder para siempre… o te vas a perder vos.
Esa noche no dormí. Pensé en los años dedicados a trabajar en la fábrica, en los sueños postergados por darle todo a mis hijos. Pensé en las veces que Julián prometió cambiar y nunca cumplió. Pensé en Lucía y en mi otro hijo, Ernesto, que hacía años se había ido a vivir a Mendoza para cortar el cordón umbilical.
Al día siguiente llamé a Julián al patio.
—Hijo, tenemos que hablar.
Él vino arrastrando los pies, con la mirada baja.
—Esta vez no puedo ayudarte más —le dije con voz temblorosa—. Tenés que buscar tu propio camino. Te amo, pero no puedo seguir rescatándote.
Julián se quedó mudo. Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Me estás echando?
—No te estoy echando —respondí—. Te estoy dando la oportunidad de crecer.
Se fue dando un portazo. Marta me abrazó fuerte y lloramos juntos. Esa noche sentí culpa, miedo y alivio al mismo tiempo.
Pasaron semanas sin saber nada de él. Lucía me llamaba todos los días para saber cómo estaba yo. Ernesto me mandó un mensaje: «Viejo, hiciste lo correcto».
Una tarde cualquiera, mientras regaba las plantas del patio, escuché pasos en la entrada. Era Julián. Venía flaco, ojeroso, pero con una mirada distinta.
—Papá… —dijo apenas cruzó la puerta— Gracias por soltarme. Conseguí trabajo en una panadería. No es mucho, pero es mío.
Nos abrazamos largo rato bajo el limonero. Sentí que algo sanaba dentro mío.
Hoy Julián vive solo y viene a visitarnos los domingos. A veces hablamos del pasado y nos reímos entre lágrimas. Yo sigo luchando con la culpa y el miedo de haber sido demasiado duro… o demasiado blando.
¿Hasta dónde debe llegar el amor de un padre? ¿Cuándo ayudar deja de ser amor y se convierte en obstáculo? Ojalá alguien tenga una respuesta mejor que la mía.