Doce años después: el regreso de Julián
—¿Por qué volviste, Julián? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras mis manos apretaban el marco de la puerta como si fuera lo único que me mantenía en pie.
Él no respondió de inmediato. Sus ojos, antes tan vivos y llenos de arrogancia, ahora estaban hundidos y apagados. Tenía la barba crecida, la camisa arrugada y un olor a cigarro barato que me transportó de golpe a los peores días de nuestro matrimonio. Doce años habían pasado desde que se fue con esa mujer, Lucía, y sin embargo, ahí estaba: parado frente a mí como un fantasma del pasado.
No era amor lo que sentí. Era una mezcla de rabia, miedo y una compasión que me disgustaba. Porque en sus ojos vi algo que nunca había visto: terror. Un terror tan puro que me congeló la sangre.
—¿Puedo pasar? —susurró Julián, mirando hacia atrás como si esperara que alguien más apareciera en cualquier momento.
No sé por qué lo dejé entrar. Quizás fue la costumbre de tantos años juntos, o tal vez la necesidad de entender por qué el hombre que destruyó mi vida regresaba justo ahora. Cerré la puerta tras él y sentí cómo el peso del pasado caía sobre mis hombros.
Mi hija, Camila, salió de su cuarto al escuchar el ruido. Tenía apenas seis años cuando Julián se fue. Ahora, a sus dieciocho, era una mujer fuerte y decidida. Al verlo, se quedó paralizada.
—¿Qué haces aquí? —le espetó, con una dureza que me sorprendió.
Julián bajó la cabeza. —Necesito hablar con ustedes… con las dos.
Nos sentamos en la mesa del comedor, ese mismo lugar donde tantas veces discutimos por dinero, por su ausencia, por mis sospechas que luego se confirmaron. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
—Lucía me echó —dijo al fin—. Me quedé sin trabajo hace meses y… bueno… no tengo a dónde ir.
Sentí una punzada en el pecho. No era lástima; era indignación. ¿Después de todo lo que hizo, venía a pedirnos ayuda?
—¿Y crees que aquí te vamos a recibir con los brazos abiertos? —Camila se levantó de golpe—. ¿Después de todo lo que nos hiciste?
Julián no respondió. Se veía derrotado, como un perro apaleado. Pero había algo más: seguía mirando hacia la ventana, inquieto.
—¿Estás huyendo de alguien? —pregunté, recordando ese miedo en sus ojos.
Él tragó saliva. —Lucía… se metió en problemas con gente peligrosa. Yo… yo solo quiero protegerlas.
Me reí amargamente. —¿Ahora te acuerdas de nosotras? ¿Ahora quieres protegernos?
Camila salió dando un portazo. Yo me quedé mirándolo, sintiendo cómo la rabia y el dolor se mezclaban con una preocupación que no quería admitir.
—No tienes derecho a volver así —le dije—. Nos costó años salir adelante sin ti. ¿Sabes cuántas veces tuve que elegir entre pagar la renta o comprarle zapatos nuevos a Camila? ¿Cuántas veces lloró por las noches preguntando por qué su papá no la quería?
Julián agachó la cabeza. —Lo sé… No hay palabras para pedirles perdón.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Afuera, la ciudad seguía su curso: bocinas lejanas, vendedores ambulantes gritando sus ofertas, niños jugando en la calle polvorienta del barrio popular donde vivo desde que él se fue.
De pronto, un golpe fuerte en la puerta me sobresaltó. Julián se puso pálido.
—No abras —susurró—. Por favor, no abras.
El miedo se apoderó de mí. Recordé todas esas noches en las que temía por el futuro de mi hija, por mi propia seguridad en un país donde las mujeres solas somos blanco fácil para todo tipo de abusos.
La puerta volvió a sonar, más fuerte esta vez. Camila apareció en el pasillo con el celular en la mano.
—Ya llamé a la policía —dijo en voz baja—. Si es quien creo que es, no pienso dejar que te pase nada, mamá.
Julián me miró suplicante. —Solo necesito quedarme aquí esta noche… después me iré.
La policía llegó rápido, algo inusual en este barrio olvidado por todos menos por Dios y los narcos. Dos oficiales tocaron la puerta y preguntaron si todo estaba bien. Julián temblaba como un niño asustado.
Les expliqué lo poco que sabía: mi exmarido había regresado después de doce años y temía por su vida. Los oficiales nos miraron con desconfianza pero prometieron patrullar la zona esa noche.
Cuando se fueron, Julián rompió a llorar. Nunca lo había visto así: vulnerable, derrotado, humano.
—Perdí todo —sollozó—. El trabajo, el amor de Lucía… hasta mi dignidad. Solo me queda pedirles perdón.
Me senté frente a él y sentí cómo las lágrimas me quemaban los ojos. No por él, sino por mí misma: por todo lo que soporté, por todo lo que logré sola y porque, al final del día, seguía siendo capaz de sentir compasión por el hombre que más daño me hizo.
Esa noche no dormí. Pensé en todas las mujeres de mi barrio: vecinas abandonadas por sus maridos, madres solteras luchando cada día para sacar adelante a sus hijos en un país donde el machismo todavía pesa más que el concreto de las calles rotas.
Al amanecer, Julián ya no estaba. Dejó una nota: “Gracias por tu compasión. No merezco tu perdón.”
Miré a Camila dormir y sentí orgullo. Habíamos sobrevivido juntas a lo peor y ahora éramos más fuertes que nunca.
¿De verdad es posible perdonar a quien nos destruyó? ¿O solo aprendemos a vivir con las cicatrices? ¿Ustedes qué harían si el pasado tocara su puerta?