La llamada que nunca esperé: el regreso de mi padre
—¿Y si no vuelve a funcionar? —me preguntó la señora Marta, cruzando los brazos mientras yo cerraba la puerta de su vieja nevera.
—Entonces me llama y vengo mañana mismo, doña Marta. Pero le apuesto que esta vez sí enfría —le respondí, forzando una sonrisa. El sudor me corría por la frente; hacía calor en esa casa de barrio en las afueras de Medellín. Me limpié las manos en la franela que siempre llevo en el bolsillo trasero del pantalón.
—¿Me presta una vasija plástica? Llene de agua y métala al congelador. Si esta noche está congelada, todo bien. Si no, me llama —le expliqué, mientras guardaba mis herramientas.
No había terminado de decirlo cuando sonó mi celular. El tono era el mismo de siempre, pero algo en mi pecho se apretó. Miré la pantalla: número desconocido. Dudé un segundo antes de contestar.
—¿Aló?
—¿Juan Camilo? —La voz era grave, temblorosa, como si viniera de muy lejos, o de otro tiempo.
Sentí que el mundo se detenía. Nadie me llamaba así, excepto mi mamá cuando estaba furiosa o…
—¿Quién habla? —pregunté, aunque ya lo sabía. Era imposible no reconocer esa voz, aunque hubieran pasado veinte años.
—Soy yo… tu papá.
El destornillador se me resbaló de la mano y cayó al suelo con un estrépito. Doña Marta me miró preocupada, pero yo ya no estaba ahí. Estaba en la sala de mi casa, hace dos décadas, viendo a ese hombre cerrar la puerta tras de sí sin mirar atrás.
—¿Papá? —La palabra me salió como un susurro incrédulo.
—Sí, hijo… sé que ha pasado mucho tiempo. Pero necesito verte. Por favor.
No supe qué decir. Colgué sin despedirme y salí tambaleando de la casa de doña Marta. El sol me pegó en la cara y sentí ganas de vomitar. Caminé sin rumbo por las calles polvorientas del barrio hasta que llegué a la tienda de don Álvaro. Pedí una gaseosa y me senté en la acera, tratando de entender lo que acababa de pasar.
Mi papá se había ido cuando yo tenía ocho años. Una noche cualquiera, después de una pelea con mi mamá por plata, por celos, por todo y por nada. Nunca volvió. Mi mamá se partió el lomo para sacarnos adelante a mí y a mi hermana menor, Valentina. Yo aprendí a ser hombre sin ejemplo, a punta de errores y golpes.
Esa noche no pude dormir. El teléfono volvió a sonar varias veces, pero no contesté. ¿Qué quería ese hombre ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? ¿Qué derecho tenía?
Al día siguiente, mientras desayunábamos arepa con queso y chocolate caliente, le conté a mi mamá y a Valentina.
—¿Y qué quiere ese desgraciado ahora? —espetó mi mamá, apretando los labios hasta que se le pusieron blancos.
Valentina bajó la mirada. Ella apenas lo recordaba; para ella era un fantasma más que un padre.
—No sé… dice que quiere verme —respondí, sintiendo una mezcla de rabia y curiosidad.
—Pues que se quede con las ganas —dijo mi mamá, levantándose bruscamente de la mesa—. Aquí no hace falta.
Pero yo no podía dejar de pensar en él. ¿Estaría enfermo? ¿Solo? ¿Arrepentido? ¿O simplemente necesitaba algo?
Esa tarde me llamó otra vez. Esta vez contesté.
—Juan Camilo… hijo… perdón por insistir. Solo quiero verte una vez. Hablar contigo. No te pido nada más.
Su voz sonaba rota, como si estuviera llorando.
—¿Por qué ahora? —le pregunté con rabia contenida—. ¿Por qué después de veinte años?
—Porque estoy viejo… porque he cometido muchos errores… porque no quiero morirme sin pedirte perdón.
Guardé silencio largo rato. Al final le dije que lo pensaría y colgué.
Pasaron los días y la noticia corrió como pólvora entre los vecinos y familiares. Todos tenían una opinión:
—No seas bobo, Juancho, esa gente no cambia —me decía mi tío Rubén en la tienda.
—Tal vez deberías escucharlo —me aconsejaba doña Marta cuando fui a revisar la nevera—. El rencor solo enferma el alma.
Mi mamá dejó de hablarme por dos días enteros cuando le dije que quería verlo. Valentina me apoyó en silencio; creo que ella también necesitaba respuestas.
Finalmente acepté encontrarme con él en un café del centro. Llegué media hora antes y pedí un tinto doble para calmar los nervios. Cuando entró, lo reconocí al instante: más canoso, más encorvado, pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Se sentó frente a mí sin atreverse a mirarme directo a los ojos.
—Gracias por venir —dijo en voz baja.
No respondí. Esperé.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada… pero quería decirte que lo siento. Que fui un cobarde. Que nunca debí irme así…
Me contó su versión: que se sintió ahogado por las deudas, por los problemas con mi mamá, por su propia incapacidad para ser padre. Que intentó rehacer su vida en otra ciudad pero nunca pudo olvidar lo que dejó atrás.
—No espero que me perdones —dijo al final—. Solo quería mirarte a los ojos y decirte que te amo… aunque no lo merezca.
Sentí un nudo en la garganta. Quise gritarle todo el dolor acumulado durante años: las navidades sin él, los partidos de fútbol donde nadie me animaba desde la tribuna, las veces que tuve que ser fuerte para Valentina cuando ella lloraba por las noches preguntando por su papá.
Pero lo único que salió fue una lágrima silenciosa.
Nos quedamos así un rato largo, sin hablar. Al final le dije:
—No sé si puedo perdonarte todavía… pero gracias por buscarme.
Nos despedimos con un abrazo torpe y frío, pero algo dentro de mí empezó a sanar esa tarde.
Volví a casa y le conté todo a mi mamá y a Valentina. Mi mamá lloró en silencio; Valentina me abrazó fuerte.
Han pasado meses desde aquel encuentro. No somos una familia feliz ni perfecta; hay heridas que tardan en cerrar. Pero ahora sé que el perdón no es para él: es para mí mismo, para poder vivir sin ese peso en el pecho.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias viven rotas por el orgullo o el miedo? ¿Cuántos padres e hijos se pierden para siempre por no atreverse a dar el primer paso?
¿Y ustedes? ¿Se atreverían a perdonar?