La abuela de todos, menos de mis hijos
—¿Por qué a ellos sí y a mis hijos no? —le pregunté a doña Carmen una tarde lluviosa, mientras el olor a café recién hecho se mezclaba con la humedad que se colaba por las rendijas de la ventana.
Ella ni siquiera me miró. Seguía envolviendo caramelos en papel celofán para los niños del barrio, esos mismos que la llamaban “abuelita” con una confianza que a mí me dolía. Mis hijos, Camila y Julián, jugaban en silencio en el rincón, lanzando miradas furtivas hacia su abuela, esperando una caricia, una palabra amable, algo que los hiciera sentir parte de su mundo.
No era la primera vez que sentía ese nudo en la garganta. Desde que me casé con Andrés, su hijo menor, supe que doña Carmen tenía un corazón grande… pero selectivo. Era generosa con todos menos con nosotros. En las fiestas del barrio, era la primera en organizar piñatas y rifas para los niños ajenos, pero cuando llegaba el cumpleaños de Camila o Julián, apenas si les daba un abrazo rápido y un regalo comprado a último minuto.
—Mamá, ¿por qué la abuela no quiere jugar conmigo? —me preguntó Camila una noche, con los ojos llenos de lágrimas.
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a una niña de seis años que el amor a veces se reparte de manera injusta?
Andrés intentaba justificarla. “Es su forma de ser”, decía. “Ella sufrió mucho cuando era joven. Tal vez no sabe cómo demostrar cariño”. Pero yo veía cómo se desvivía por los hijos de la vecina, cómo les preparaba natilla y les tejía bufandas en diciembre. ¿Por qué a mis hijos no?
La tensión crecía cada día. Yo trataba de mantener la paz por Andrés, pero el resentimiento me carcomía. Una tarde, después de ver a doña Carmen abrazando a Samuelito —el hijo de la señora Gloria— mientras ignoraba a Julián que le mostraba un dibujo, exploté.
—¿Qué te hemos hecho? —le solté sin poder contenerme—. ¿Por qué tratas mejor a los hijos de otros que a tus propios nietos?
Doña Carmen me miró por fin. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de rabia y tristeza.
—Ustedes no entienden nada —dijo en voz baja—. Yo ya crié a mis hijos sola. Ya cumplí mi deber. Ahora quiero ayudar a quienes no tienen a nadie.
—Pero tus nietos sí te necesitan —insistí—. ¿No ves cómo te miran? ¿No ves cómo esperan algo de ti?
Ella apretó los labios y siguió envolviendo caramelos. Sentí que una parte de mí se rompía para siempre.
Esa noche discutí con Andrés. Él defendía a su madre; yo defendía a mis hijos. Dormimos dándonos la espalda, cada uno aferrado a su propio dolor.
Los días pasaron y la situación empeoró. Camila empezó a tartamudear cuando veía a su abuela; Julián dejó de dibujar. Yo me sentía culpable por no poder protegerlos del rechazo.
Un domingo, durante el almuerzo familiar, Camila se armó de valor y le llevó un dibujo a doña Carmen: un corazón rojo con las palabras “Te quiero abuela”.
Doña Carmen lo miró apenas un segundo y lo dejó sobre la mesa sin decir nada. Camila se fue corriendo al baño a llorar. Andrés se levantó furioso y le reclamó a su madre:
—¿Por qué eres así? ¿Por qué no puedes quererlos como quieres a los demás?
Doña Carmen se levantó también, temblando.
—Porque me recuerdan todo lo que perdí —gritó—. Porque cuando los veo, recuerdo lo sola que estuve criando a sus tíos, lo mucho que sufrí… Y no quiero volver a sentir ese dolor.
El silencio cayó como una losa sobre la mesa. Nadie supo qué decir. Yo sentí compasión por ella por primera vez… pero también rabia porque sus heridas estaban marcando a mis hijos.
Esa noche hablé con Camila y Julián.
—La abuela tiene su propio dolor —les dije—. No es culpa de ustedes. Ustedes son maravillosos y merecen todo el amor del mundo.
Empezamos a alejarnos poco a poco. Ya no íbamos tanto a casa de doña Carmen. Busqué apoyo en mi mamá y en mis amigas del barrio. Les expliqué a mis hijos que hay personas incapaces de dar lo que no recibieron.
Un día, Samuelito vino llorando porque su mamá se había enfermado y doña Carmen no podía cuidarlo como antes. Vi en sus ojos el mismo vacío que veía en los ojos de mis hijos.
Me acerqué a él y lo abracé fuerte.
—Aquí tienes una tía —le dije—. Aquí siempre habrá alguien para ti.
Poco a poco entendí que el amor no siempre viene de donde uno espera, pero eso no significa que falte amor en el mundo. Aprendí a perdonar a doña Carmen, aunque nunca pudo ser la abuela que soñé para mis hijos.
Hoy Camila y Julián son adolescentes fuertes y sensibles. Hablan abiertamente de sus sentimientos y saben buscar cariño donde sí lo hay.
A veces me pregunto si hice bien alejándonos o si debí luchar más por esa relación rota desde el principio…
¿Ustedes qué harían? ¿Es mejor proteger el corazón de nuestros hijos o insistir hasta el final por una familia unida?