Cuando eché a mi hijo y su esposa de mi casa: el precio de poner límites

—¡Ya basta, Emiliano! ¡No puedo más! —grité, con la voz quebrada y las manos temblorosas, mientras veía a mi hijo y a su esposa, Camila, parados en medio de la sala, rodeados de cajas y mirándome como si fuera una extraña.

Nunca imaginé que llegaría este día. Yo, Teresa Ramírez, la madre que siempre puso la otra mejilla, la que se tragó las lágrimas para no preocupar a nadie, ahora estaba echando a su propio hijo de la casa. ¿En qué momento mi hogar se convirtió en un campo de batalla?

Todo empezó hace dos años, cuando Emiliano perdió su trabajo en la fábrica textil del barrio. Camila estaba embarazada y no tenían adónde ir. «Mamá, es solo por un tiempo», me dijo él, con esa voz dulce que usaba desde niño cuando quería algo. Yo no lo dudé. Les abrí la puerta de mi pequeño departamento en el centro de Puebla, convencida de que era lo correcto.

Al principio, todo era armonía. Yo cocinaba para todos, les cuidaba al bebé cuando nació —mi nieto Mateo— y hasta les prestaba dinero para los pañales. Pero los meses pasaron y la situación no mejoraba. Emiliano se sumió en una tristeza silenciosa; Camila empezó a mirarme con desdén, como si yo fuera responsable de sus desgracias.

Una noche, mientras lavaba los platos, escuché susurros en el cuarto. «Tu mamá es una metiche», decía Camila. «Siempre está encima de nosotros». Sentí una punzada en el pecho. ¿En qué momento me convertí en una carga?

Los días se volvieron grises. Camila se adueñó de la cocina y criticaba mi sazón: «Así no se hace el arroz, Teresa». Emiliano apenas salía del cuarto; cuando lo hacía, solo era para pedirme dinero o quejarse del gobierno. Yo seguía trabajando como secretaria en una oficina de abogados, pero el sueldo apenas alcanzaba.

Una tarde, llegué cansada del trabajo y encontré la sala llena de ropa sucia y juguetes tirados. Camila estaba viendo novelas y Emiliano dormía. «¿Pueden ayudarme un poco?», pregunté con voz suave. Camila ni me miró. «Estamos cansados, Teresa. No es fácil criar a un niño».

Esa noche lloré en silencio. Recordé a mi madre, doña Lupita, que siempre decía: «El amor de madre no tiene límites». Pero yo sentía que el mío se estaba agotando.

Pasaron los meses y la tensión creció. Un día, Camila me gritó frente a Mateo: «¡Esta casa es un asco! ¡No sé cómo puedes vivir así!». Emiliano no dijo nada. Solo bajó la cabeza.

Esa noche soñé con mi infancia en Veracruz, con el olor a café y pan dulce en la casa de mis padres. Me desperté con una decisión clavada en el pecho: tenía que recuperar mi vida.

Al día siguiente, mientras desayunábamos, respiré hondo y solté:
—Emiliano, Camila… quiero que busquen otro lugar para vivir.

El silencio fue brutal. Emiliano me miró como si lo hubiera traicionado.
—¿Nos estás echando?
—No puedo más —dije—. Los quiero, pero necesito mi espacio. Necesito paz.

Camila bufó: «Sabía que esto iba a pasar. Siempre te creíste mejor que nosotros».

Emiliano se levantó furioso: «¡Nunca fuiste una buena madre! Siempre me hiciste sentir menos».

Sentí que el mundo se me venía encima. ¿Era cierto? ¿Había sido tan mala madre? Recordé todas las veces que me culpé por trabajar tanto, por no poder darle más cosas a Emiliano cuando era niño, por no haberle dado un padre presente.

Pero también recordé las noches sin dormir cuidándolo cuando tenía fiebre, los cumpleaños con pastel casero aunque no hubiera dinero, las veces que vendí tamales para pagarle los útiles escolares.

—Tal vez no fui perfecta —dije con lágrimas— pero siempre hice lo mejor que pude.

Se fueron esa misma semana. La casa quedó en silencio; el eco de los gritos y reproches flotaba en el aire como un fantasma.

Los primeros días fueron terribles. Me sentía vacía, como si me hubieran arrancado una parte del alma. Las vecinas murmuraban: «¿Cómo pudo echar a su propio hijo?» Mi hermana Rosa me llamó llorando: «Teresa, ¿qué hiciste? La familia es lo más sagrado».

Pero poco a poco empecé a respirar mejor. Volví a leer mis novelas favoritas; planté flores en el balcón; hasta me animé a tomar clases de baile en el centro comunitario. Por primera vez en años sentí que vivía para mí.

Emiliano me llamó semanas después:
—Mamá… perdón por todo lo que te dije.
—Yo también te quiero, hijo —respondí— pero necesito que entiendas mis límites.

No sé si algún día volveremos a ser una familia unida como antes. Pero aprendí que el amor no significa dejarse pisotear ni cargar culpas ajenas.

A veces me pregunto: ¿cuántas madres viven presas de la culpa? ¿Cuántas veces permitimos que nos usen solo por miedo a estar solas? ¿Y tú… hasta dónde dejarías que llegaran tus hijos?