—¿Has visto cómo va vestida otra vez? —susurró una voz tras la ventana mientras yo apretaba la mano de mi hijo, fingiendo que no escuchaba. El eco de los cuchicheos recorría las calles estrechas de nuestro pueblo, donde cada paso que daba parecía ser observado y juzgado. No era fácil ser madre soltera aquí, donde las tradiciones pesan más que las palabras y la familia es el centro de todo. Las miradas, los comentarios a media voz, las puertas que se cerraban cuando pasábamos… Todo eso era mi día a día.
Pero lo que nadie sabía era el precio que pagaba cada noche, cuando el silencio de la casa se llenaba de dudas y miedos. ¿Sería suficiente para mi hijo? ¿Podría protegerlo de la crueldad de quienes no entienden? Cada día era una batalla, no solo contra los demás, sino también contra mis propios fantasmas.
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