Me dejaron fuera del ascenso, contrataron a otra de fuera… y ahora en casa me dicen que quizá el problema no es la empresa
“Al final han fichado a una de fuera, pero contamos contigo igual, incluso más que antes”. Esa frase me la soltó mi jefe el martes, en una sala de reuniones de la oficina, con una sonrisa de esas de “no te enfades demasiado”. Yo me quedé mirándole como si no hubiera entendido bien. Llevaba meses haciendo entrevistas internas, preparando informes, cubriendo funciones que no me correspondían y quedándome más horas de las que pone mi contrato. Pensaba de verdad que el puesto de dirección iba a ser para mí.
Y no. Han traído a una mujer de otra empresa, con su puesto, su sueldo y su título. A mí me ofrecen “seguir siendo clave”, “acompañarla en la transición” y asumir parte del equipo porque, claro, “nadie conoce la casa como yo”. O sea, más trabajo, más responsabilidad y el mismo cargo de siempre.
No monté un numerito, la verdad. Dije: “Necesito pensarlo”. Pero llevaba una rabia por dentro que casi no podía ni conducir al volver.
Cuando llegué a casa, mi marido me vio la cara y me dijo: “¿Qué ha pasado ahora?”. Y ese “ahora” ya me sentó mal.
Se lo conté todo de golpe, esperando que me dijera que era injusto, que menudos impresentables, que yo valgo mucho. Me dijo algo de eso, sí, pero luego añadió: “Ya… pero también te digo una cosa, no sé si de verdad quieres ese puesto o lo que quieres es seguir enganchada a la oficina”.
Me puse hecha una fiera. “Perdona, ¿enganchada? Estoy trabajando”.
Y él: “Sí, trabajando. A las ocho de la tarde, a las diez con el portátil abierto, los domingos contestando correos. Y luego dices que es temporal y nunca lo es”.
En ese momento salió mi hija de su cuarto y dijo: “Mamá, tiene razón”.
Eso sí que me dolió. Mucho más que lo del ascenso.
Mi hija tiene 16 años y llevamos meses regular. Yo pensaba que era la edad, las contestaciones, que ya no quiere estar con nosotros. Pero me soltó: “Te sabes el nombre de la nueva directora, pero el día de mi exposición en el instituto llegaste tarde. Y el otro día me dijiste que me acompañabas a mirar lo del bachillerato y se te olvidó”.
Yo le dije que no se me olvidó, que me salió una reunión urgente. Y me contestó: “Pues eso”.
La conversación acabó fatal. Mi marido diciendo que en esta casa todo gira alrededor de mi trabajo, yo diciéndole que gracias a mi sueldo hemos podido aguantar la hipoteca cuando a él le bajaron las horas en la empresa hace dos años, y mi hija encerrándose en su cuarto.
Y sí, ahí también fui injusta. Porque saqué lo de la hipoteca como si les estuviera pasando una factura. Pero es que no es mentira: cuando a mi marido le hicieron la reducción de jornada, fui yo la que apretó más todavía. Empecé a aceptar proyectos, viajes cortos a Madrid, llamadas a cualquier hora. Al principio era por necesidad. Luego también por costumbre, y supongo que por orgullo.
La cosa es que en la empresa yo me fui dejando querer por ese “ya te tocará”, “estás en la terna”, “confían mucho en ti”. Nunca me prometieron el puesto de forma clara, eso también lo tengo que reconocer. Fui yo la que dio por hecho que tanto esfuerzo iba a tener recompensa. Y mientras tanto en casa me fui borrando de muchas cosas pequeñas, que al final no eran tan pequeñas.
Mi marido tampoco ha sido un santo. Muchas veces, en vez de decirme las cosas de frente, ha preferido soltar indirectas. Si yo llegaba tarde, él estaba con cara larga pero no decía nada hasta que explotábamos por cualquier tontería. Y con mi hija ha hecho de mediador silencioso, como si él fuera el bueno y yo la que siempre falla. Eso me revienta.
Aun así, desde el martes no puedo quitarme de la cabeza una conversación que tuve ayer con la nueva directora. Vino a presentarse, muy correcta, y me dijo: “Me han hablado muy bien de ti. Sé que esta situación es delicada y espero contar contigo”. Me salió preguntarle si ella sabía que yo optaba al puesto. Me dijo: “Sí, y si te sirve de algo, yo casi no acepto. En mi empresa anterior estaba igual, con un cargo muy bonito y una vida imposible”.
Me quedé fría, porque no era la enemiga que yo me había montado en la cabeza. Era una tía normal, cansada, con dos móviles y una ojeras como las mías.
Desde entonces estoy peor, porque ya no puedo simplificarlo en “la empresa me ha traicionado y punto”. La empresa ha hecho lo típico: cubrirse, venderme reconocimiento sin dármelo de verdad y aprovechar que yo siempre digo que sí. Pero en mi casa tampoco me están pidiendo ninguna locura. Mi marido me dijo anoche: “No te estoy diciendo que dejes de trabajar. Te estoy diciendo que así no”.
Y yo no sé qué hacer. Si me quedo, seguramente me van a cargar más funciones “por confianza”, con la promesa de revisar mi situación en unos meses. Y me conozco: voy a querer demostrar otra vez que puedo. Pero también llevo dos noches viendo a mi hija pasar de mí de una forma que no había visto nunca, y eso me está afectando más de lo que esperaba.
He empezado a mirar ofertas, sobre todo en empresas más pequeñas o puestos menos vistosos, incluso en la administración no sé si por probar alguna oposición o bolsa, algo con horarios más claros. Pero me da una rabia terrible sentir que para recuperar mi vida tengo que renunciar justo ahora, después de todo lo que he currado.
No sé si estoy defendiendo mi carrera o mi ego. Ni si en casa me lo están diciendo tarde o me lo llevan diciendo años y yo no he querido oírlo.
Ahora mismo solo sé que me siento poco valorada en la oficina y bastante cuestionada en mi propia casa, y no tengo claro dónde estoy fallando más.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar: aguantar e intentar pelear el puesto, o salir de ahí y buscar algo que me deje vivir un poco mejor con mi familia?