Mi hijastra me sacó dinero de la cuenta común para dárselo a un chico, y en casa ya no sabemos cómo mirarnos
Vi la transferencia en la app del banco mientras esperaba en la cola del Mercadona. Mil ochocientos euros. De la cuenta común de casa. Pensé que era un error o que mi marido había pagado algo sin decirme, pero cuando le llamé me dijo: “Yo no he tocado nada, ¿qué transferencia?”. Se me quedó un mal cuerpo horrible.
Llegué a casa directa a preguntar. Mi hijastra estaba en su cuarto y le dije que saliera un momento al salón. Mi marido también vino, ya con esa cara de saber que algo iba mal.
Le enseñé el móvil y le dije: “¿Tú sabes algo de esto?”. Ella se quedó blanca, miró a su padre y luego me dijo: “Lo iba a devolver”. Ahí ya me puse a temblar de rabia.
“¿Cómo que lo ibas a devolver? ¿Has cogido tú mil ochocientos euros de nuestra cuenta?”, le pregunté. Y dijo que sí, casi sin voz. Que tenía guardada la clave porque una vez me vio hacer una transferencia desde la tablet del salón y que luego entró desde el portátil.
Mi marido se sentó de golpe y le dijo: “Pero tú te has vuelto loca o qué”. Y ella empezó a llorar diciendo que era para ayudar a un chico.
Yo al principio pensé lo peor, que la estaban engañando por internet o algo así. Pero no. Era un chico de su instituto, mayor que ella por un año, que según contó tenía problemas en casa. Que la madre estaba en paro, que iban a cortarles la luz, que no tenían para una fianza de alquiler, una historia así a trozos, mal explicada. Ella decía: “Lo estaba pasando fatal, de verdad, no sabéis cómo está”.
Y yo salté: “¿Y tu solución es robarnos a nosotros?”. Sí, dije robarnos. Y sé que le dolió, pero es que para mí fue eso.
Mi marido me pidió que bajara el tono, pero él también estaba fatal. Le dijo: “Aunque quisieras ayudar, esto no se hace. Y menos cogiendo dinero sin permiso”.
La cosa es que aquí es donde yo también tengo parte de culpa, aunque me cueste reconocerlo. La cuenta común la usamos para la hipoteca, recibos, compra y gastos de casa, pero la mayor parte del dinero que había metido ese mes era mío, por una paga extra y porque llevaba tiempo ahorrando por si se estropeaba el coche. Yo siempre he llevado más el control de todo porque mi marido es más despistado con estas cosas. Y también porque, siendo sincera, nunca he terminado de confiar del todo en ella con temas de responsabilidad. Igual se ha notado demasiado.
Ella lleva viviendo con nosotros casi a tiempo completo desde hace dos años. Con su madre la relación está regular, va y viene, y al final aquí tiene más estabilidad. Yo he intentado estar, llevarla al médico, a tutorías, comprarle cosas, aguantar portazos y silencios de adolescente, todo eso. Pero nunca he sabido bien qué lugar tengo. Si pongo límites, soy “la mujer de su padre”. Si no digo nada, luego parece que paso de ella.
En la discusión soltó algo que me dejó helada: “Es que tú siempre dejas claro que esta no es mi casa del todo”. Yo le dije que eso no era verdad. Y ella respondió: “Claro que sí. Siempre dices ‘la cuenta de casa es para las cosas de casa’, ‘esto cuesta mucho’, ‘a ver si aprendemos a valorar el dinero’. Nunca soy nosotras, siempre sois vosotros”.
Me dio una rabia tremenda porque me parecía injusto, pero también me reconocí un poco. Yo sí he dicho muchas veces lo de “vuestra toalla”, “tu padre luego lo arregla”, “mi cuenta”, “mi coche”. No por hacer daño, sino porque me sale así. Y supongo que para una cría de quince años eso pesa.
Aun así, una cosa no quita la otra. Le dije: “Sentirte fuera no te da derecho a entrar en el banco y llevarte dinero”. Y me dijo que lo sabía, que ya lo sabía, que cada día pensaba en decirlo pero le daba miedo. Que el chico le insistía, que luego le pidió más, y ahí fue cuando se asustó de verdad. Eso ya me sonó peor.
Mi marido le pidió el móvil. Ella al principio dijo que no, que era su intimidad, la típica pelea. Al final lo enseñó. Había mensajes del chico dándole pena, luego metiéndole presión, luego enfadándose. No vi amenazas graves, pero sí mucha manipulación. En plan “si me quisieras de verdad me ayudarías”, “por tu culpa me echan”, “a ver si tú vas a vivir bien y yo en la calle”. Cosas así.
Yo dije que había que hablar con el instituto y con la madre del chico. Ella se puso histérica: “No, por favor, me vais a hundir”. Mi marido decía que lo primero era recuperar el dinero. Resulta que ella había hecho dos bizums pequeños antes, y luego la transferencia grande a una cuenta que él le pasó. Quedaban como cuatrocientos euros en su cuenta, lo demás según él ya se había gastado o lo tenía su madre. Vete tú a saber.
Tuvimos tres días de un ambiente horrible. Yo no podía ni mirarla igual. Me sentía traicionada, no solo por el dinero. Por haber entrado en algo tan íntimo como nuestra cuenta, por haber estado sentándose a cenar tan normal mientras yo hacía números para final de mes. Y a la vez me sentía fatal por pensar todo el rato “si fuera hija mía de sangre igual lo viviría distinto”. Eso me da mucha vergüenza decirlo, pero lo pensé.
También salieron reproches entre mi marido y yo. Él me dijo: “Llevas años queriendo que te vea como una madre cuando te conviene, pero luego marcas mucho territorio”. Y yo le contesté: “Y tú me dejas a mí ser la mala para no discutir con ella”. Las dos cosas eran verdad.
Al final nos sentamos los tres en la cocina, sin gritos. Ella pidió perdón, pero no de esa manera automática. Dijo: “No esperaba que me perdonarais ya. Solo quiero contar la verdad. Lo cogí porque sentía que si no ayudaba a alguien, era mala persona, y también porque pensé que aquí nunca me faltaba nada y ni lo ibais a notar al momento”. Eso último me sentó fatal, pero por lo menos era sincera.
Mi marido dejó claro que iba a haber consecuencias: sin móvil una temporada, control total de banca y dispositivos, y tendría que devolver el dinero poco a poco con lo que le dan sus abuelos, cumpleaños y algún trabajo de verano cuando pueda. Yo dije que además necesitaba que entendiera que la confianza no vuelve porque sí. Y ella me contestó: “Ya, pero si nunca ha estado del todo, tampoco sé cómo recuperarla”.
Eso me dejó callada.
Hemos hablado con la orientadora del instituto, no hemos denunciado porque de momento hemos preferido manejarlo así, y el padre del chico ha devuelto una parte después de una conversación bastante tensa. No todo. Seguimos con ello.
En casa ahora estamos raros, pero al menos ya no con gritos. Yo intento no tratarla como si fuera una delincuente, y ella está intentando no encerrarse en el cuarto cada vez que le digo algo. No sé si esto nos va a unir o si simplemente vamos a aprender a convivir con la herida.
Sigo pensando que hizo algo muy grave. Pero también veo que en esta casa hemos hablado mucho de normas y poco de pertenencia, y yo no he ayudado siempre.
No sé si se puede construir de verdad ese vínculo cuando no eres la madre y encima pasa algo así. ¿Vosotros podríais perdonar una traición así en casa o la confianza ya se rompe para siempre?