Fui madre sola por inseminación y, cuando nacieron mis gemelos, empecé a recibir notas en el carrito: ahora vivo con miedo por mis hijos
La primera nota apareció doblada dentro de la capota del carrito. Decía: “No deberías haberlos tenido tú sola”. Así, sin firma ni nada. Al principio pensé que era una broma de mal gusto de alguien del barrio, de esos comentarios que alguna vez ya había escuchado por encima desde que me quedé embarazada por inseminación con donante. Pero cuando encontré la segunda, ya no me hizo ninguna gracia: “Te observo. Sé a qué hora sales con los niños”.
Me temblaron las piernas. Llamé a mi madre y le dije: “No subas hoy, bajo yo con los niños al portal cuando llegues”. No quería que nadie me viera sola, aunque en realidad ya me habían visto mil veces.
Yo tengo 39 años, vivo en un barrio de toda la vida en una ciudad mediana, y llevaba mucho tiempo queriendo ser madre. No tengo pareja. Lo había intentado encajar de mil maneras en mi cabeza, esperando a conocer a alguien, esperando tener más estabilidad, esperando sentir que era el momento perfecto. Al final entendí que perfecto no iba a ser nunca. Lo hablé con mi madre, con mi hermana y con una amiga muy cercana, pedí un préstamo personal porque entre la clínica, las pruebas y luego preparar la casa se me fue un dineral, y seguí adelante.
No fue un impulso. Estuve años dándole vueltas. Cuando me dijeron que venían dos, casi me da algo. Me alegré y me asusté a la vez. Y sí, también fui un poco ingenua, porque yo pensaba que con organización y ayuda tiraría bien. La realidad es que los primeros meses fueron durísimos. Dormía fatal, iba con ojeras a todas partes, seguía pagando la hipoteca, la guardería todavía ni me la planteaba porque eran muy pequeños, y dependía bastante de mi madre para ducharme tranquila o hacer una compra en Mercadona sin ir corriendo.
Además, yo ya venía de un ambiente en el que alguna gente opinaba demasiado. Una vecina me soltó una vez en el ascensor: “Bueno, por lo menos hoy en día ya hacen hijos de todo”. Me quedé helada. Otra me dijo: “Dos de golpe, hija, te has metido en un buen lío”. Y sí, en parte tenía razón.
El caso es que después de la segunda nota empecé a fijarme. Siempre veía al mismo hombre al otro lado de la plaza, cerca del estanco o del banco donde me sentaba a darles el biberón cuando se dormían. No hacía nada concreto. Solo estaba. Una vez, al girarme, apartó la cara como si mirara el escaparate de la farmacia.
Se lo conté a mi hermana y me dijo: “Ve a la Policía Nacional, aunque sea para dejar constancia”. Yo dudé porque me daba vergüenza parecer exagerada. Fui tarde, mal y arrastrando el carrito doble. El agente fue correcto, pero claro, me dijo que con unas notas sin firma y una sospecha poco podían hacer, que si volvía a pasar, guardara todo y avisara.
Y volvió a pasar.
Una tarde, al llegar al portal, encontré otro papel pegado con celo en el videoportero: “Los niños merecen saber quién se preocupa de verdad por ellos”. Ahí ya me entró una angustia tremenda. Cambié la rutina, dejé de ir siempre a la misma panadería, empecé a pedir más por internet, y cuando podía bajaba acompañada. Mi madre me decía que me fuera unos días a su casa. Yo no quería, entre otras cosas porque también soy muy cabezona y me daba rabia sentir que me echaban de mi vida.
Hay una parte en la que yo también me equivoqué, y lo sé. No lo conté todo desde el principio. Años antes, cuando aún vivía en otro piso de alquiler en el mismo barrio, tenía un vecino que a veces me ayudaba con tonterías: subir una caja, mirar una persiana, cosas así. Era amable, un poco pesado, pero no le di importancia. Un día me dijo para tomar algo y yo le dije que no. Luego insistió por WhatsApp y lo bloqueé. Nunca pasó nada grave, pero sí recuerdo que se molestó bastante y me soltó algo como: “Luego no digas que nadie está para ti”. Yo lo dejé pasar, me mudé al cabo de unos meses por otras razones y ni me acordaba de él.
No se lo dije ni a mi madre ni a mi hermana porque pensé que no tenía relación, y también porque me daba apuro reconocer que había compartido mi número con alguien del barrio sin conocerlo realmente. Igual si lo hubiera contado antes, habríamos atado cabos.
Todo explotó hace tres semanas. Yo venía del centro de salud con los niños para una revisión y un hombre mayor que conocía de vista de mi antiguo bloque me paró en la calle. Me dijo: “Oye, no te asustes, pero creo que el que anda preguntando por ti es el de tu portal de antes”. Yo me quedé blanca. Me contó que ese hombre había dicho más de una vez en el bar que yo me había equivocado de vida, que él habría estado “ahí” y que ahora tenía que “vigilar” porque con dos bebés una mujer sola no puede.
No era una amenaza directa, pero a mí se me cayó el mundo encima. Fui otra vez a comisaría, enseñé las notas, di su nombre completo y expliqué lo del pasado. También hablé con una vecina de mi edificio actual, porque ya estaba convencida de que alguien me seguía hasta casa alguna vez. Ella me confesó que lo había visto un par de veces rondando el portal y pensó que sería familia. Casi me da algo.
Desde entonces no he vuelto a estar tranquila. La Policía me dijo que, si vuelve a acercarse o deja algo, llame en el momento. He pedido una mirilla con cámara y estoy mirando cambiar el bombín. Mi madre dice que me vaya a su casa una temporada con los niños. Mi hermana cree que debería pedir una orden de alejamiento si consiguen mover algo. Yo mientras sigo trabajando a medias como puedo desde casa, sin descansar bien y con la sensación de estar siempre mirando por encima del hombro.
Y lo peor es que a veces me siento culpable por haber querido hacerlo todo sola, como si por decidir ser madre así hubiera puesto a mis hijos en una situación rara. Luego me enfado conmigo misma por pensar eso, porque el problema no es cómo han venido mis hijos al mundo, sino que hay alguien que ha cruzado todos los límites. Pero una cosa es pensarlo y otra poder relajarte cuando bajas el carrito al portal.
No sé si me tendría que haber ido antes, si tendría que haber denunciado en cuanto vi la primera nota o si estoy dejando que el miedo me controle demasiado. Solo sé que ahora mismo vivo en alerta y eso con dos bebés es insoportable.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar: me iríais una temporada de casa, seguiríais hasta el final por la vía legal o intentaríais no cambiar toda vuestra vida por culpa de una persona así?