Atrapada entre el dolor y el deber: ¿Podría perdonar una traición así?

—¿Por qué no me contestas el móvil, Pedro? ¡Hace dos horas que deberías haber vuelto!—. Mi voz se quiebra, casi ahogada por la rabia y la preocupación. El reloj del salón marca las nueve y media, y la cena está ya fría sobre la mesa. Martina, nuestra hija, juega distraída con su peluche favorito, ajena al torbellino que me consume por dentro.

En ese instante, mi teléfono vibra sobre la encimera. Un número desconocido aparece en la pantalla. Siento un escalofrío y respondo casi sin voz. —¿Sí?

—¿Señora Ruiz? Le llamamos del Hospital Universitario de Salamanca. Su marido ha tenido un accidente de tráfico—. El mundo se me vuelve borroso y todo ruido se convierte en un pitido agudo. —¿Cómo? ¿Pedro?—

Las siguientes horas transcurren como una pesadilla. Dejo a Martina con mi madre y salgo corriendo al hospital, tachando semáforos rojos de la lista de pecados inevitables por el puro miedo en el cuerpo. Al llegar a Urgencias, casi tiro la puerta. Una enfermera joven, con acento gallego, me señala una sala de espera.

—Señora, Pedro está estable, pero necesita una pequeña intervención. Han tenido mucha suerte. Mire… cuando los bomberos los sacaron del coche, él iba acompañado. La otra mujer también está en la UCI.—

—¿Qué mujer?—. Siento un nudo helado subiéndome por la garganta. La enfermera baja la mirada y murmura: —No sé los detalles, disculpe…—, y se aleja deprisa dejando una estela de sospechas en el aire.

El corazón me late desbocado. ¿Pedro iba con…? No. No puede ser. Empiezo a temblar. Llamo a mi cuñado Alejandro, que aparece en media hora, nervioso, con los ojos rojos de haber llorado o de rabia, o ambas cosas. —¿Sabes algo de quién era la otra?—, susurro cuando al fin estamos solos. Alejandro aparta la mirada y no dice nada. Ese frío silencio me lo dice todo.

Después de horas interminables, permiten que vea a Pedro. Lo encuentro conectado a máquinas, con la cara ensangrentada y las manos llenas de cortes. Siento compasión y odio al mismo tiempo, algo que nunca creí posible. Sus ojos se abren y me mira. —Luna…—, me dice, titubeante. En ese momento lo entiendo. Luna.

Luna es la nueva encargada de la tienda de decoración. La veía saludándonos todos los fines de semana cuando íbamos a comprar las cortinas… La cara se me pone blanca, y todo mi cuerpo grita por escapar, por llorar, por destrozar todo. Pero pienso en Martina dormida, esperando a que su papá vuelva a leerle el cuento que tanto le gusta.

Una enfermera entra y me sugiere salir. Camino por el pasillo como una autómata, sin fuerzas siquiera para romper a llorar. De repente, me cae encima todo lo que he aguantado: las noches que Pedro llegaba tarde, las miradas distraídas, las excusas. En mi fuero interno siempre había negado lo evidente. «En España aún valoramos la familia por encima de todo», solía decir mi madre. ¿Pero a qué precio? ¿Tengo que poner la otra mejilla por el bien de mi hija?

Dos días después, Pedro se recupera lo suficiente como para hablar mejor. Me llama desde el hospital y me pide perdón, entre lágrimas y sollozos. —No quería hacerte daño… todo fue un error—. Me repite como un mantra infantil. —Martina no tiene la culpa de nada, te lo suplico, no rompas la familia—. Dice que en cuanto vio el coche dar vueltas solo pensó en nosotras, que se arrepiente de todo y que nunca imaginó el dolor que me causaría.

Pero su traición es como un puñal oxidado que no deja de doler. La rabia me consume, pero la imagen de Martina, con sus rizos rubios, dejando un dibujo en la puerta de la nevera que pone «Papá te quiero», me parte el alma.

Mis amigas me llaman, algunas enfurecidas: —¡Mándalo a paseo, Susana! En este país estamos cansadas de perdonar de más sólo por mantener las apariencias—. Mi hermana me abraza: —Piensa en tu felicidad, no solo en Martina…

Pasan los días. Pedro vuelve a casa, cojeando, con la mirada baja. Nos cruzamos por el pasillo y respira hondo: —¿Me dejarás intentarlo, Susana? Juro que he cambiado.

Esa noche no duermo. En el techo veo la sombra de todas las veces que quise huir, de todas las cenas fingidas entre silencios, de cada beso frío de los últimos meses. Me levanto, cojo el móvil y abro el álbum de fotos: Martina, Pedro y yo en la playa de Cádiz, riendo, corriendo tras gaviotas. ¿Era todo mentira, o simplemente éramos felices antes de que algo se rompiera para siempre?

Al día siguiente, me siento frente a Pedro. Él tiembla solo con verme, pero aguanta. —Mírame, Pedro. ¿De verdad lo sientes? ¿Por qué?—

Su voz sale cansada: —No lo sé, Susana. Supongo que me sentía vacío, perdido. Pero cuando te vi entrar en el hospital supe que todo lo demás no tenía sentido.

Las palabras me hieren pero también hay verdad en ellas. No sé si podré perdonar, no sé si podré olvidar. Pero sé que Martina no tiene que pagar por nuestros errores.

Dejo la decisión en suspenso. Empiezo terapia, sola. Pedro insiste en acompañarme, pero le digo que no, aún no.

A veces sentarse en el silencio es la única forma de escuchar lo que realmente dice el corazón. Y me pregunto: ¿cuántas veces una mujer en España ha tenido que elegir entre el amor propio y la apariencia familiar? ¿Es más valiente quien lo intenta de nuevo, o quien tiene el coraje de soltar?