Fui a buscar a la mujer que me dejó en un centro de menores y salí de allí sin saber si había ganado algo o si estaba traicionando a mi madre de verdad

«Si vas a verla, no me pidas luego que haga como si no me afectara». Eso me dijo mi madre, la de verdad para mí, la que me ha criado, cuando le conté que había localizado a la mujer que me parió.

Y yo le contesté fatal. Le dije: «No todo gira alrededor de ti». En cuanto lo solté me arrepentí, pero ya estaba dicho. Mi madre se quedó callada, recogió los platos de la cena y me dijo: «Pues ve, pero no me mientas. Lo que no quiero es enterarme por otra persona».

Tengo 31 años y nací con una enfermedad genética rara. No voy a dar detalles porque en mi barrio al final todo se sabe y tampoco quiero exponerme más de la cuenta. Tengo limitaciones físicas, camino mal desde pequeño, me canso antes que otros y he pasado media vida entre revisiones en el hospital, papeles de discapacidad y temporadas de rehabilitación. De bebé me dejaron en un centro de acogida. Eso lo supe con 12 años, cuando en el instituto un chaval me dijo, en una discusión, que bastante habían hecho por mí «recogiéndome». Llegué a casa llorando y mi madre ya no pudo seguir aplazándolo.

Me lo contó como pudo. Primero estuve en un centro de menores y luego entré en acogimiento con ella y con su marido. Al principio era temporal, pero al final me quedé. Su marido murió hace años. Ella siguió tirando de todo: citas en la Seguridad Social, colegio, fisio, peleas con la burocracia, noches sin dormir cuando yo tenía dolores. Nunca me faltó de nada, dentro de lo que había. No éramos una familia perfecta ni mucho menos. Yo he sido muy complicado de llevar. De adolescente le gritaba que no era mi madre, justo lo peor que se le puede decir a alguien que te ha sostenido la vida entera. Y aun así ahí seguía.

Con los años dejé de preguntar mucho por mis orígenes, más que nada porque notaba que el tema le dolía. O eso pensaba yo. La realidad es que también me daba miedo. Me acomodé. Trabajo media jornada en administración en una gestoría y vivo con mi madre porque con mi sueldo y como está el alquiler, pues no me da. Aporto en casa, claro, pero la dependencia que tengo de ella en algunas cosas me pesa. Y supongo que por eso empecé otra vez con la idea de buscar.

Todo arrancó porque para una consulta en el hospital de referencia me pidieron más información familiar por el tema genético. La trabajadora social me dijo que, si quería, podía intentar acceder a parte del expediente. Tardé meses, entre papeles, citas y echarme atrás. Al final salió un nombre y una dirección antigua de un pueblo de Castilla-La Mancha. Luego, tirando de una conocida de una conocida, di con ella.

No se lo conté a mi madre hasta que ya tenía hablado el encuentro. Ese fue mi error. Yo me justificaba pensando que si no, me iba a influir o me iba a poner pegas. Pero la verdad es que lo oculté porque sabía que le iba a doler.

Fui en tren. Me recibió en un bar cerca de la estación de autobuses. Cuando la vi, me impresionó parecerme tanto a alguien que no conocía de nada. Las manos, la forma de mirar. Ella estaba nerviosa. Yo también, pero fui directo.

Le dije: «Solo quiero que me digas por qué».

Y ella me respondió: «Porque no pude».

Así, tal cual. Me sentó fatal. Le dije: «No pudiste o no quisiste». Ella bajó la cabeza y me dijo: «Las dos cosas, seguramente».

No era la escena que yo me había montado. Ni lágrimas grandes ni abrazo ni perdón de película. Una mujer cansada, con un bolso viejo, pidiéndose un café que casi no tocó.

Me contó que me tuvo siendo muy joven, que mi padre biológico desapareció en cuanto le dijeron lo de la enfermedad, y que en su casa no la apoyaron. Su madre quería esconder el tema, su padre decía que bastante desgracia tenían ya. Según ella, le metieron miedo con que yo iba a necesitar cuidados toda la vida y que ella no iba a poder trabajar ni rehacer su vida. Dijo que firmó «sin entender nada» y que luego intentó preguntar por mí un par de veces, pero que ya no la dejaron acceder a más información.

Yo ahí ya no sabía si creerla o no. Le pregunté: «¿Y en 30 años no has podido buscarme mejor?». Y me soltó una frase que me dejó seco: «Tú crees que una hace su vida, pero no la hace. Lo coloca todo en un cajón y finge».

Me enfadé todavía más, porque me sonó a excusa. Le dije: «Pues yo el cajón lo he sido yo». Se puso a llorar, pero sin montar numerito, de una manera muy contenida, y me dijo: «Tienes derecho a odiarme».

Y entonces me dijo otra cosa que yo no esperaba. Que había recibido una carta hace años de mi madre acogedora. No una carta agresiva. Una carta diciendo que yo estaba bien, que tenía una familia, y que por favor, si alguna vez quería aparecer, lo hiciera pensando en mi estabilidad y no en su culpa.

Yo no tenía ni idea.

Salí de allí con un enfado distinto. Ya no solo con ella. También con mi madre. Porque pensé: ¿quién era ella para decidir ese contacto? ¿Por qué nunca me lo contó? En el tren de vuelta venía temblando, entre rabia y vergüenza, porque también entendía que seguramente lo hizo para protegerme.

Cuando llegué a casa, mi madre estaba viendo la tele como si nada. Le dije: «¿Le escribiste?». Me miró y supe que era verdad antes de que hablara.

Me dijo: «Sí. Tenías siete años y empezabas a preguntar. Ella había llamado al centro y luego nos localizaron. Yo me asusté».

Le pregunté por qué me lo había ocultado todos estos años y me respondió: «Porque pensé que si te decía que existía esa puerta, ibas a vivir mirando a esa puerta».

Discutimos bastante. Yo le eché en cara que había decidido por mí. Ella me dijo algo que me dolió pero también era verdad: «Y tú ahora has decidido por mí y me has ocultado que ibas a verla».

Ahí me callé, porque tenía razón.

Llevamos semanas raros. Yo sigo yendo a trabajar, sigo con mis revisiones, sigo viviendo aquí, pero hay un silencio incómodo. Mi madre no me ha prohibido nada, ni me ha hecho elegir. Solo está más distante. La mujer que me parió me ha mandado un mensaje diciendo que entiende si no quiero volver a verla, pero que responderá a lo que necesite saber de mi historial familiar.

Y estoy en ese punto. Yo fui buscando una respuesta limpia, casi administrativa, un porqué y ya. Pero al final me he encontrado con dos mujeres que hicieron lo que pudieron y también lo que no debían. Una me dejó. La otra me quiso tanto que a veces me apretó demasiado. Y yo, por no hacer daño o por no afrontar las cosas a tiempo, también he ido escondiendo lo que sentía hasta que explotó.

Sigo teniendo claro quién me ha criado y quién ha estado en cada operación, en cada informe y en cada noche mala. Pero también necesito entender de dónde vengo sin sentir que estoy traicionando a nadie.

No sé si he abierto una puerta necesaria o si he removido algo que estaba mejor quieto. ¿Vosotros habríais ido a buscarla? ¿Y os parece peor que me dejara al nacer o que mi madre acogedora me ocultara durante años que había habido contacto?