Sentimientos invisibles: La lucha de Marta tras el parto

—¿Otra vez llorando, Marta? —La voz de Javier, seca y sin apenas levantar la vista del móvil, rebota en las paredes del pequeño salón, donde el silencio y el cansancio casi se pueden tocar.

—Estoy… no puedo, Javi, la niña no para de llorar y siento que se me viene el mundo encima… —Mi voz tiembla. Marina, mi pequeña, de apenas tres meses, vuelve a reclamar pecho y mis brazos. Siento que apenas puedo moverme, que mi cuerpo es un saco flojo y mi cabeza, un torbellino sin rumbo.

Javier suspira. “Lo exageras todo, Marta. Otras lo hacen sola y no montan semejante drama. No sé, busca distraerte. Sal con tu madre, como hacen todas. Esto no es para tanto.”

Le miro. Siento una punzada de tristeza y rabia que escala, silenciosa, por mi pecho. ¿No lo ve? ¿Nadie lo ve? Recuerdo cuando éramos novios y soñábamos con la casa perfecta en Carabanchel, los fines de semana desayunando a la luz del sol de Madrid. Ahora desayuno lágrimas y dudas. Mi madre vive a media hora en metro, pero desde la cuarentena apenas nos vemos. Siento su ausencia como una sombra fría.

Marina no para. Colico tras colico, pañales, el pecho agrietado, la sensación de que la casa se me viene encima. Los mensajes del grupo de madres de WhatsApp no ayudan: “¡Disfruta, que crecen rápido!”, “¡Qué suerte la tuya, siempre con la niña en brazos!” Nadie parece atreverse a decir que esto es duro, que te roba el alma un poco cada noche sin dormir.

—No llames a mi madre —dice Javier, molesto. —Deja de quejarte con todo el mundo. Acabas de parir, ya se te pasará. Yo no puedo con estos dramas todos los días, vengo destrozado del curro.

Me encojo sobre el sofá. El sueño me agarra la nuca. Lloro bajito, como si el llanto fuera un idioma que sólo yo entienden. ¿Siempre fue así? Recuerdo los veranos en el pueblo, a las madres charlando en las plazas y a las abuelas ayudándolas. Aquí, en nuestro piso lleno de luz de Madrid, la soledad pesa más que el ruido de los coches en la calle.

Marina duerme por fin un rato en mi pecho, mientras yo observo la televisión sin interés. Veo a las madres en las series: perfectas, sonrientes, alegres. ¿Dónde están sus ojeras, sus manos temblorosas, la angustia que siento cada vez que el bebé llora y no sé qué hacer?

Vuelvo a recordar. La última vez que fui al centro de salud, la enfermera me preguntó si me sentía bien, y contesté “sí” por costumbre, porque no quería que me mirara raro. Pero, ¿y si no lo estoy?

Un mensaje en mi móvil. Ana. “¿Cómo estás, guapa? ¿Te apetece que pase a tomar un café en casa? Llevo churros, tú sólo pon el café.”

Me tiembla la voz de la emoción. Ana siempre fue de las que dicen las cosas claras, sin adornar. Un torbellino de energía que no pregunta, se planta y te rescata sin pedir permiso. En media hora, está tocando el timbre, con esa sonrisa limpia que parece restarle gravedad a los problemas ajenos.

—¿Cómo vas, Martita? —Me mira y, sin esperar a que responda, deja la caja de churros y me abraza. En ese abrazo, mi cuerpo de pronto cede. Rompo a llorar, desconsolada, como una niña pequeña que se cae por primera vez en la plaza. Ana espera en silencio, como si supiera que eso era justo lo que necesitaba.

—¿Sabes? No estoy bien. No me reconozco, Ana. Me levanto y ya quiero volver a dormir. No soy buena madre. Javier dice que exagero, que sólo quiero llamar la atención. Pero siento que… —La voz se me quiebra, pero Ana me aprieta la mano, fuerte.

—A ver, Marta, deja que te diga una cosa. Esto no es cosa de locas. Esto le ha pasado a muchas. A mi prima, a una compañera del curro… No tienes por qué hacerlo sola. ¿Has pensado en hablar con alguien? Un psicólogo, el médico, yo qué sé. No eres una máquina, ¡ni falta que hace! —Me da otro apretón. —Y Javier… bueno, ya se enterará cuando vea que su chulería no arregla pañales.

Entre las risas y las lágrimas, siento un respiro. Por primera vez en semanas, puedo respirar sin sentir que me ahogo en culpa. Esa noche, mientras Marina duerme, busco en internet ayuda para depresión postparto. Veo nombres, teléfonos, foros llenos de mujeres que también lo han sentido. De pronto, mi soledad no es sólo mía.

Días después, con la fuerza prestada de Ana y esa luz que me deja, llamo al centro de salud y pido cita. Me tiembla la voz, pero lo digo: “Creo que necesito ayuda. No estoy bien.” Al otro lado, la doctora me escucha. No me pregunta si exagero. Ni falta hace. Sólo dice: “Esto también es ser madre, Marta. Y vamos a buscar soluciones. No estás sola.”

Javier no entiende al principio. Se enfada, protesta, dice que no quiere que la familia se entere, que esas cosas se lavan en casa. Pero Ana viene más y más, Marina me sonríe y algunos días hasta consigo salir cinco minutos a la plaza y sentirme un poco viva. Empiezo terapia; lento, pero es un movimiento. El peso se reparte, y mis brazos, aunque cansados, ya no tiemblan igual.

Quizás no tengo la familia de las series ni el marido perfecto. Pero sí tengo a quien, cuando más lo necesitas, te rescata del pozo con una caja de churros y un abrazo. ¿Cuánto cuesta pedir ayuda? ¿Cuánto pesa lo que no se ve? Tal vez, sólo hace falta que alguien mire y te diga: “No estás sola.” ¿Y tú? ¿Alguna vez sentiste que te ahogabas en la rutina y alguien te tendió la mano justo a tiempo?