Mi padre volvió a pedir perdón cuando ya no sabía si quedaba algo que salvar

«¿Ahora sí? ¿Ahora te acuerdas de que tienes hija?»

Eso fue lo primero que le dije a mi padre cuando me llamó después de casi nueve años sin vernos. Ni hola, ni qué tal. Me salió así. Y él, después de unos segundos en silencio, me dijo: «Te lo mereces. Si me cuelgas, también».

No le colgué, y todavía no sé si hice bien.

Para que se entienda, mi padre no desapareció de un día para otro. Fue peor, porque fue poco a poco. Primero dejó de venir algunos fines de semana. Luego empezó con las excusas: que si trabajo, que si no le llegaba para gasolina, que si ya iría la semana siguiente. Después ya ni llamaba. Mi madre siempre decía: «No esperes nada y no te llevarás el disgusto». Yo me enfadaba con ella, porque me parecía muy fácil decirlo cuando no eras tú la que se quedaba mirando el móvil.

Con los años, pasé de esperar a hacer como que me daba igual. Estudié un grado medio, empecé a trabajar en una tienda de ropa en un centro comercial, me fui de alquiler con mi pareja, luego lo dejamos, volví a casa de mi madre una temporada, y así. La vida normal, vaya. Mi padre mientras tanto aparecía de vez en cuando con un mensaje por Navidad, un «a ver si hablamos», y poco más. La última vez que me pidió quedar, hace tres años, me dejó tirada en una cafetería cerca de Atocha. Le esperé cuarenta minutos. Luego me mandó: «Perdona, me ha surgido una cosa grave». Nunca explicó cuál.

Por eso cuando llamó la semana pasada, pensé que sería otra de esas.

Me dijo que estaba ingresado en el hospital y que antes de que yo me enterara por otro lado, prefería decírmelo él. Le pregunté qué le pasaba y contestó: «Estoy bien dentro de lo que cabe, pero necesito hablar contigo». Esa frase me puso de los nervios. Le dije: «Hablar conmigo o que te saque yo del lío de turno». Y me respondió: «Las dos cosas pueden ser verdad».

Fui. Y sé que aquí mucha gente ya me diría que no tenía que haber ido, pero fui.

Cuando entré en la habitación, me dio una impresión rara. Más mayor, más pequeño incluso. Estaba mi hermana por parte de él, que sí ha tenido relación estos años porque vivía más cerca. Ella me saludó como si nos hubiéramos visto la semana pasada y no en una comunión hace mil años. Tampoco tuve energía para eso.

Mi padre me pidió que me sentara. Empezó a decir que había hecho las cosas fatal, que había sido un cobarde, que cuando rehízo su vida se dejó llevar, que pensó que ya me acercaría yo cuando fuera mayor. Yo le corté: «No, perdona. Los hijos no tienen que perseguir a los padres». Y me dijo bajito: «Ya lo sé. Lo he entendido tarde».

Luego soltó lo que de verdad quería. Había avalado a mi hermano pequeño, el hijo que tuvo después, para montar un negocio de reparto con una furgoneta. Salió mal. Debían dinero, y como él llevaba meses de baja y luego ya no volvió a trabajar, no podía asumirlo. Estaba pendiente de vender el piso donde vive con su mujer para irse a uno más pequeño de alquiler, pero había líos porque el piso también respondía de parte de la deuda. Y quería pedirme una cosa: que firmara un papel renunciando a una reclamación antigua de pensión atrasada que mi madre inició en su día y que nunca se cerró del todo.

Me quedé helada.

Le dije: «O sea, me llamas después de años porque necesitas que te quite un problema». Y él me contestó que no solo era por eso, que también quería pedirme perdón de verdad. Mi hermana intervino y dijo: «Es que si no se arregla esto, lo pierden todo». Y yo salté: «¿Y cuando yo lo pasé fatal con mi madre haciendo cuentas para pagar el alquiler y los libros de FP, quién lo arregló?».

Ahí mi padre se puso a llorar. Y no lo digo en plan escena de película, de verdad lloró, tapándose la cara. Me dio rabia y pena a la vez, y eso casi fue lo peor.

Pero hay otra parte en la que yo tampoco quedo bien. Hace dos años, una abogada de oficio me explicó que esa reclamación seguramente ya no iba a llevarme a ningún sitio práctico, entre plazos, papeles que faltaban y lo mal que estaba todo tramitado. Yo no se lo dije a mi madre porque ella seguía diciendo que «por dignidad no se perdona». Y yo misma mantuve el tema vivo más por rencor que por otra cosa. Nunca quise cerrarlo del todo. Supongo que me gustaba pensar que algún día tendría que responder por algo.

Así que cuando me pidió la firma, no solo sentí que me estaba usando. También sentí que me quitaba la única especie de deuda pendiente que yo tenía colocada en mi cabeza desde hace años.

Le dije que no iba a decidir nada allí. Mi hermana se enfadó y soltó: «Siempre llegas tarde para todo, pero para remover sí vienes». Le contesté mal, claro. Le dije que ella había tenido padre y yo una versión de fines de semana y ni eso. Luego me arrepentí, porque ella tampoco tiene culpa de cómo lo hizo él.

Al salir llamé a mi madre. Se puso hecha una furia: «Ni se te ocurra firmar nada». Mi pareja actual, en cambio, me dijo algo distinto: «Si legalmente eso ya no te devuelve nada, igual estás sosteniendo una guerra por puro dolor». Y creo que tiene razón, pero me molestó oírlo.

Ayer volví al hospital yo sola. Mi padre estaba más tranquilo. Me dijo: «No te pido que me perdones hoy. Solo que no me odies el tiempo que me quede». Le respondí: «Es que no sé si te odio o si me fastidia que todavía me importes». Se quedó callado.

No he firmado todavía. Parte de mí piensa que si firmo, le estoy regalando una salida a alguien que no estuvo cuando tocaba. Otra parte piensa que seguir apretando no arregla a la niña que fui ni me devuelve nada. Y en medio de todo eso está el miedo a volver a caer en lo mismo: darle una oportunidad, ablandarme, y que al final vuelva a desaparecer cuando pase el susto.

Estoy cansada, la verdad. Pensaba que a estas alturas lo tenía superado, y resulta que no. A veces no sé si quiero cerrar una herida o asegurarme de que siga doliendo para no olvidar.

¿Vosotros firmaríais y pasaríais página, o creeríais que hay cosas que, aunque llegue el perdón, no se pueden dejar así?