“Cuando me casé, por fin dejaron de mirarme como si me faltara algo… y eso es lo que no consigo perdonarme”

“Pues al final ya te ha llegado la hora, ¿no?” Eso me dijo mi tía en la comida del domingo, riéndose, con la mano en mi brazo, como si fuera una broma de toda la vida. Y yo me reí también, pero llegué a casa y me puse a llorar en la cocina.

Lo peor es que estoy casada desde hace ocho meses. No era una comida para anunciar nada ni para dar explicaciones. Se suponía que ya había pasado esa etapa. Pero esa frase me dejó clara una cosa que me lleva removiendo por dentro desde la boda: no sé si me he casado por amor, por ganas de formar una vida con mi marido, o también por el descanso de dejar de ser “la que se había quedado sola”.

Tengo 39 años, trabajo en una gestoría en Valladolid y durante mucho tiempo fui, dentro de mi familia, la hija sobre la que siempre flotaba la misma pregunta. No lo decían igual, pero era eso. “¿Y tú qué?”, “¿No te gustaría sentar cabeza?”, “A este paso te vas a acostumbrar demasiado a vivir a tu aire”. Mi madre no era la peor, de hecho muchas veces me defendía, pero luego a solas me soltaba: “Yo te veo bien, hija, pero me da pena que no tengas a nadie cuando seas mayor”.

Y claro, una acaba oyendo tanto lo mismo que al final se le mete dentro. Yo decía que estaba bien sola, y en parte era verdad. Me había comprado un piso pequeño con hipoteca, salía con amigas, veía a mi hermana, me organizaba mis puentes, mis cosas. Pero también es verdad que cada Navidad, cada boda, cada comunión, acababa sintiéndome como si estuviera suspendiendo una asignatura que el resto ya había aprobado.

Cuando empecé con mi marido fue un alivio que me da hasta vergüenza reconocer. No solo porque me gustara, que me gustaba. Es buen hombre, trabajador, tranquilo, de los que no montan numeritos. Sino por todo lo que se calló de golpe a mi alrededor. Nadie me preguntó más si estaba sola. Nadie volvió a decir lo de “se te va a pasar el arroz”, que sí, me lo han dicho tal cual. En cuanto apareció una relación seria, yo pasé a ser normal. Y eso me dio una paz tremenda.

El problema es que esa paz venía mezclada con rabia.

Me acuerdo perfectamente de una tarde, poco antes de casarnos, que se lo dije a mi marido en el coche, volviendo de Ikea después de mirar un armario. Le dije: “No sé si estoy contenta o humillada”. Y él me miró raro. “¿Humillada por qué?”

“Porque ahora todo el mundo me trata mejor. Como si antes valiera menos.”

Él se quedó callado un momento y luego dijo: “También puede ser que estés más receptiva a lo bueno y menos a la defensiva”.

Y me sentó fatal. Le respondí mal. “Claro, ahora la culpa es mía por haberlo interpretado todo mal”.

No era eso lo que quería decir, creo. Pero yo ya iba cargada.

La boda fue sencilla, en el ayuntamiento y luego una comida en un restaurante a las afueras. Nada grande. La pagamos entre los dos, apretándonos bastante, porque entre mi hipoteca, su préstamo del coche y lo que sube todo, no estábamos para tirar cohetes. Aun así, ese día escuché varias veces cosas como “menos mal”, “ya tocaba”, “mira qué bien, al final todo llega”. Y yo sonreía para la foto, pero por dentro pensaba: ¿menos mal qué?

Aquí viene la parte en la que yo tampoco quedo muy bien. Porque no dije nada. Ni ese día ni antes. Fui tragando. Me dejé felicitar por cosas que en realidad me dolían. Me beneficié del cambio. De repente me invitaban más, me preguntaban por la casa, por planes, por “cuando vengan los niños”, que esa es otra. Incluso en el trabajo noté un trato distinto. Una compañera que antes siempre me hablaba como con pena empezó a decirme: “Se te ve asentada”. Y yo, en vez de poner límites, sonreía y seguía.

Supongo que porque era agradable dejar de sentirme cuestionada.

Hace tres semanas exploté con mi madre. Estábamos en su casa, ayudándola a ordenar unos papeles del seguro y unas cartas del banco, porque mi padre anda peor de la tensión y se agobia con cualquier gestión. Me dijo, sin mala intención, lo sé: “Ahora por lo menos me quedo tranquila contigo”.

Y le contesté: “¿Tranquila por qué? ¿Porque ya tengo un marido al lado?”

Se quedó blanca. “No me refiero a eso.”

“Pues suena a eso.”

Mi madre se sentó y me dijo algo que no me esperaba: “Me quedo tranquila porque antes te veía muy sola y muy cerrada. Y porque tú tampoco nos contabas la verdad.”

Ahí me callé.

Porque tenía razón en una parte. Hubo un par de años muy malos que yo escondí bastante. Me quedé sin trabajo en plena pandemia, tiré de paro y luego de un contrato temporal horrible en una asesoría donde me pagaban tarde. Lo pasé fatal con la hipoteca, pedí ayuda puntual a mi hermano y no se lo dije a casi nadie. Salía menos, evitaba planes y, cuando mi familia preguntaba, yo soltaba que estaba fenomenal, que no necesitaba a nadie, que me sobraba con mi independencia. Igual ellos veían orgullo donde en realidad había mucha angustia.

Mi madre me dijo: “No era solo que no tuvieras pareja. Era que no dejabas que nadie se acercara.”

Y me fastidió porque volvía a no ser blanco o negro. Porque sí, me juzgaron muchas veces desde esa idea de que una mujer sola está incompleta. Pero también es verdad que yo me puse una coraza tremenda y convertí cualquier comentario, incluso alguno torpe pero bienintencionado, en una prueba más de que no me aceptaban.

Desde entonces estoy rara. Con mi madre hablo, pero con una distancia que antes no tenía. Con mi marido también he tenido enganchadas, porque él dice que igual necesito asumir que me he sentido validada por cosas externas, como nos pasa a todos, y dejar de pelearme con eso. Y a mí esa frase me pone de los nervios, porque me parece injusto que el alivio haya llegado justo cuando cumplí el guion.

A la vez, si soy sincera, yo ahora estoy bien con él. Me gusta volver a casa y que esté. Me gusta hacer compra juntos en Mercadona, discutir por una tontería del lavavajillas, hablar de si este verano nos da para unos días en Cádiz o no. No siento que mi matrimonio sea mentira. Pero me duele muchísimo darme cuenta de cuánto ha cambiado la mirada de los demás, y de lo mucho que eso me ha calmado.

Y esa parte de mí no sé cómo encajarla. Porque quería pensar que me daba igual, y no me da igual. Y porque no sé si estoy más enfadada con mi familia, con la sociedad o conmigo misma por haber necesitado tanto ese reconocimiento.

No sé, igual estoy haciendo una montaña, pero de verdad que lo siento así. ¿A alguien más le ha pasado algo parecido, que al conseguir algo “bien visto” por los demás le haya dado alivio y rabia a la vez? ¿Creéis que se puede estar en paz con una misma sin necesitar esa aprobación, o al final todos dependemos un poco de ella?